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TRIBUNA

Adoración electoral

sábado 27 de mayo de 2023, 19:56h

La pureza moral de la izquierda de bien, junto a la eficiente racionalidad de la derecha ilustrada, hacen de España un país idílico donde si uno miente, roba o compra votantes será porque haya sufrido un golpe de calor, efecto del cambio climático.

Supongamos que mañana desaparece esta España actual de la faz de la tierra: ¿qué habría perdido el mundo? ¿Acaso una industria turística envidiable? Suponiendo, claro, que se conservara la España histórica, cuya pérdida sería verdaderamente irreemplazable. Aunque bien pensado son tan pocos los que hoy pueden estimar esa pérdida que podemos concluir que la España histórica está, de hecho, perdida.

Queda esta ruina flotante, esta ballena varada, esta península absurda poblada cada día más densamente de golfos y maleantes, sin la gracia de entonces. Okupas soberbios, burguesitos elegantes mientras guarden silencio, señoronas televisivas, borrachos sempiternos que pueblan las madrugadas y vomitan en las esquinas de nuestras tristes ciudades, propietarios sin blanca, estudiantes sin corazón, empresarios sin vocación, señoritos parlantes y compradores del voto… una fauna acojonante liderada por los hombres hechos a sí mismos y los electos triunfantes.

Si a unos pocos se les ocurre trabajar a pecho descubierto, acometer su tarea diaria con la seriedad y dedicación que el trabajo exigió siempre, si alguno pretende educar a sus hijos en la realidad, esforzarse en el logro de un valor reconocido, afirmar durante años una voluntad de saber, si alguno pretende prolongar la agónica existencia de un régimen histórico, entonces serán desmenuzados por las ruedas dentadas de la fuerza social, por el garrote mecánico de la propaganda actualizada, será revisado, omitido o cancelado según los principios del nuevo orden espabilado o despierto. Y saldrán en las pantallitas verificadoras los rostros de los señoritos o señoritas del bien que ponen la banderita morada en la solapa del reo condenado a fusilamiento. Dirán palabras altisonantes que santifican al que las mienta, aunque tenga cara de vestiglo o de sombra: invisibilidad, patriarcalismo, dominación, inclusividad...

Y ahora nos dirán de votar, como si el papelito sacrosanto, que levemente cae en la urna sagrada por el orificio de la gran purificación, tuviera algún peso mayor que sus pocos gramos. Iré a hacer de depositante si hace soleado. Un sol agradable, el sol del bienestar bajo el que nos calentamos. Entonces iré a dejar en la caja el sobre lacrado, cerrado con sangre de mi sangre, hermético e insobornable. Un sobre relleno del aire que respiramos y no de esas listas cerradas que nos dan para mantener en pie el folletín, el drama, el juego de la libertad.

En la noche electoral siempre lamento que haya un vencedor, me consuelan los rostros compungidos de los perdedores, pero me repugna la victoria de la facción, una o la otra, el gesto de satisfacción de una u otra de estas banderías demoledoras. Votaría a favor de la gran derrota, de la dimisión en masa, de la extinción tranquila de la clase opaca, de la muchedumbre de abarraganados, de la clausura del gran Estado.

Como no será lo que yo votaría, me consuelo tomando una cerveza mientras contemplo la cúpula de estrellas bajo la que crece la hierba lentamente, el murmullo del viento en las ramas de un árbol, el correr de las nubes iluminado por la luna de siempre. La verdad sin mediación de las pantallas por las que se nos presentan los aparecidos, sombra de otra sombra y hombres sombríos.

Por el contrario, la noche tiene un brillo milagroso, como si nada supiera de la intolerable agitación de los tiempos. ¿O será que en la realidad nada ha cambiado y es pura faramalla todo este alboroto? Bebamos unidos, brindando por nuestra salud común, mientras grita la horda de los facinerosos que se juegan nuestra vida en las próximas elecciones.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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