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TRIBUNA

Tembló mi corazón como un sauce

domingo 11 de junio de 2023, 18:09h

Son preguntas que difícilmente se ignoran cuando vienen de frente. Su complicación reside en cómo podemos responderlas sin parecer que nunca habíamos reparado en su presencia. Nuestra condición humana, nuestra condición artística si la hubiere, nuestra personalidad, ¿de dónde provienen? ¿Cuáles han sido las fuentes localizables? ¿Cuáles los hechos más azarosos que las han conformado? ¿Nosotros las hemos aceptado sin cuestión alguna? Sometidos por su curso, la vida transcurre a su parejo hasta que hacemos el esfuerzo de entender, o un accidente externo hace que la venda se desanude y se pierda y nosotros momentáneamente, si no para siempre.

Al escritor griego Theodor Kallifatides le sucedió de camino a su estudio, una mañana de lluvia sueca, es decir, autocomplacida con su llover, en el que un transeúnte comenzó a increparle con insultos xenófobos. No se llegó a las manos, no debió durar mucho, pero Kallifatides sí alcanzó un estado de duda que le sumió en espiradas divagaciones acerca de su condición de inmigrante en el país donde lleva décadas viviendo, familia y estatus literario asentados inclusive. ‘Lo fundamental es hacerte invisible. Y yo, en este punto fracasé. Me hice visible, incluso en exceso, diría. Escribí libros, artículos, impartí conferencias, concedí entrevistas, tuve una opinión sobre las cosas, recibí premios y diplomas de honor, medallas y distinciones. Me convertí en el extranjero de éxito y no podía salir de ese papel por más que lo intentara’, dice al inicio de Un nuevo país al otro lado de mi ventana.

Lo que en otras manos podría haberse convertido en un breve tratado de miradme lo fabuloso que soy para el mundo y la literatura ―misma intención que la lluvia sueca, pero no dejando más que papel mojado―, con Kallifatides se vuelve una amena reflexión acerca del instante en que aceptamos, o dejamos ir, una parte de nuestra alma para saber incorporar esos nuevos fragmentos que puedan germinar otros temblores en la condición ganada o asumida. En su caso, la decisión de exiliarse al país nórdico huyendo de la dictadura griega. Cuando empezó a ser sueco, aprendiendo la lengua y sus costumbres, pese al empeño por pasar a ser otro ciudadano, para los suecos no dejaba de ser otro griego. Un inmigrante más de los muchos que vendrían. En este libro, en diálogo constante con su célebre Otra vida por vivir, en el que recoge temas similares, el autor se ocupa de las diferencias que se generarían en nuestra vida si atendiéramos al canto de sirena de la incertidumbre identitaria. ¿Actuaríamos distinto si supiésemos quiénes somos realmente? ¿Viviríamos de forma distinta? Se debe comprender que sí se cambia, aunque pensemos que no. Es cosa difícil, ‘por eso aparentamos que todos los cambios son inexistentes, que nosotros seguimos siendo los que somos y que los otros siguen siendo los que son. Un punto de vista bastante cómodo, sólo le falta ser más correcto. No entendemos la vida que vivimos porque intentamos entender una vida que no vivimos.’

Tirar de ese hilo, sobre todo mediante el telar literario, hace que Kallifatides busque en sus recuerdos, en los que le fueron narrados y en los viajes realizados, con su mujer o en solitario, por su país natal y de acogida. La infancia y la adolescencia y la primera juventud, tres lumbres a las que se pide asilo en el desconcierto de la vida adulta. Distintos paisajes y personajes le sirven de muleta para explicarse cómo puede uno enamorarse en griego o en sueco, cómo las lecciones familiares se nos enredan como sarmientos de por vida, cuánto aporta una visión que debería enriquecernos más que dividirnos.

El molde que más nos cuesta admitir y aprender a utilizar es, posiblemente, la bondad. En su escritura late, y en la persona lectora, espero, debería germinar también, como un sauce desde dentro, donde la lentitud reporta igual placer contemplativo. Sin caer en vacuidades, no obstante. Apunta al respecto Kallifatides: ‘Si hacías lo que debías hacer para seguir siendo un ser humano entre los seres humanos, la felicidad no contaba. Hoy, sin embargo, la felicidad es el epicentro de nuestros empeños y de nuestros mitos. Para mi abuela lo sustancial estaba en otro lado. La tumba del hombre bueno huele bien, decía. ¿Alguien sabe cómo huele la tumba del hombre feliz?’

Uno, debido a cierto abrume, todavía no se ha atrevido a contestar. Pero sigue a mi lado la pregunta, la miro deslizarse, igual que la lluvia, como si viviera.

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