www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

LA BÁMBOLA

Fernando Alba, sombra y accidente

Diego Medrano
x
diegomedranotelefonicanet /12/12/23
lunes 12 de junio de 2023, 20:57h

Es una coleta corta, de torero, que recoge su melena de calvo, y embrida unas gafotas duras de una abuela que hubiera ido a la Bauhaus, bajo dorada y estilizada delgadez de santo, de místico de la cosa, como un Cristino de Vera que hubiera conocido el amor libre, follar al raso, amar lo natural y no odiar a nadie. Fernando Alba (79 años) es brujo de la tribu, escultor de la racionalidad, poeta de la madera y el hierro, artista de la lentitud, filósofo y caracol, mago y lechuzo.

Alba recogió el Premio Nacional de Escultura sin despeinarse (1971) y el Ateneo de Madrid (1974) sin pestañear y la Medalla de Plata de Barcelona entre bostezos. Quiso, por el contrario, ser lírico de los árboles, alma de la hierba húmeda y suspirante, óxido del metal más sabio. En su tierra presenta Sombra y accidente, Museo de Bellas Artes de Asturias, que lo tiene todo de mordisco, muesca y despedida. Todo él refulge en inestabilidad y azar –subraya Jovino Martínez Sierra- pero donde el sedimento del misterio perfecciona la vida, perfecciona a los suyos.

Fernando Alba es una mochila de piel artesanal que cuelga y una manzana que no tiene donde los labios silencian el viento primero de la mañana. Supo meterle movimiento, velocidad, lírica, a todo academicismo, y así sus piezas circulares de hierro y madera son mandalas de una religión secreta, talismanes blancos y complejos, la ceguera entera de los sensatos. Es un artista francés, siendo muy español, que siempre ha trabajado con el caos y la poética del objeto encontrado, sintiéndose cazador, vigía, recolector.

Azar y accidente, doble discurso, pregunta a las sombras, transparencias y yuxtaposiciones allá donde el color es linde, alimento todo para alucinados. Los troncos de árboles de Alba, a mitad entre la intervención y el hallazgo, crecen por abajo, y sacan raíces subterráneas a quien llega seco de todo, ahíto de ternura y respuesta. Lo llaman “povera” por rendir tributo a los materiales baratos, pero también flamenco y druida, hijo del jazz y las faltas de ortografía, artista de discurso coral y técnica híbrida, un indio en mitad de tanto pensamiento formal, una interrogación sin el punto, una coleta que no llega al cuello y se mueve sola como si fuera la mejor araña de la sombra.

Lo dijo ya Duchamp y muchos más, el arte es la brecha, solo se puede comprender a Alba desde el corte, desde la ruptura premeditada en todo lo suyo, ese tajo de espacio que es gesto y pulsión. Lo suyo es la herida diagonal –dice Jovino- pero también la precisión del delirio, materialización en el plano frontal, pero deconstrucción tras el parpadeo debido. No hay contradicción sin inestabilidad y por eso sus piezas son líquidas, equilibrio por un lado y desorden por el otro, orden frente a paradoja, naturaleza expandida frente a poza aquí y ahora. Doble trama, ya está dicho, la doble trama articula todo lo suyo, bello y espectral, diáfano y confuso, extraño y congelado.

Cuando Alba bajó del árbol quiso para siempre volver a él a través del metal, del hierro, de toda la civilización huérfana en el aire, perdida por los pies. Al disolver los límites provoca significados –sigue Jovino- porque el único reto de un escultor es el espacio. El diálogo es el eco interior, lo que separa a un montón de chatarra de una respuesta crucial para seguir vivo, lo que convierte la intuición en juego. Los troncos de árboles de Alba, los metales agujereados de Alba como queso sin ratones, las instalaciones circulares de Alba como cebollas sin capas o capas sin aparente posición, llevan al baile de los locos, a ese arte como locura necesaria para seguir cuerdo, que él canta mudo.

El infinito empieza en el pulgar, dijo Borges, y Alba lo soluciona en lonchas, diversos planos de madera sucesivos: “El escultor opera con disecciones o cortes con múltiples fragmentos en una pulsión pictórica donde maneja la gestualidad apoyada en la materia para acortar el espacio”. El disparo es el color –“El color aparece como una variable de la celebración que enfatiza la cualidad objetual del soporte”- y la búsqueda, sí, la levedad imposible, eterno conflicto entre gravedad y materia, sensibilidad y optimismo, ese existencialismo mágico de quienes no se matan.

Sombra y accidente es lo racional expresado a través de lo siempre subjetivo. Chapas de acero galvanizado entre la oxidación y el desgaste donde el pasado vuelve a ser lo que no sabemos. Planchas de acero que dialogan hasta deformarse donde el ser se licua. El árbol dual que es tránsito y madera que pide fuego u ojos abiertos. Alba une materialidad y abstracción lo que lo pinta de moderno, original, nuevo, diestro. Sus esculturas son gajos de una naranja eterna escondida entre el musgo, arborescente y primitiva, naranja que es balón viejo para los niños y noria de la que no se bajan los pensadores. En la geometría –está bien explicado- vuelve a unir clasicismo y abstracción como la otra mitad imprescindible del juego negro.

Fernando Alba es un Jesucristo liberado de la cruz, sin cadenas y a quien las heridas hablan en rojo. Quiso ser un escultor de la sombra –frente a los de la luz, he ahí la metáfora- e incorporar siempre el accidente como azar, inestabilidad, transcurso machadiano del tiempo, ajeno a formalismo y coherencia, incertidumbre peluda y testaruda. Fernando Alba: épica desde el otro lado del espejo, relámpago y escalofrío, materia frente a tanta enfermedad virtual desmaterializada. Un esqueleto o raspa de pez sobre el mar en llamas.

Diego Medrano

Escritor

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (2)    No(2)

+
0 comentarios