La guerra ha empantanado la ciudad de Jersón. El corónimo de Jersón viene del vocablo griego “chersónêsos”, vocablo de género femenino, que quiere decir península, y los rusos pusieron ese nombre recordando la Chersonesus Táurica de los griegos, que a la sazón es la península de Crimea. Toda esa zona era un rosario de colonias griegas, Theodosia, Panticapeum, Phanagoria, Naubarum, Carcine, Olbia, Tyras, Odessus, Marcianópolis, Apollonia, Salmydesus, Calchedon, Heraclea Póntica, Amastria, Sínope, Amisus, Cotyara, Cerasus, Trapezus, Phasis y Dioscurias; y Atenas siempre se aseguró, hasta el rey Filipo II, tener expeditos los pasos marinos que llevan al Mar Negro ( Ponto Euxino o Mar Hospitalario ), a través de la Propóntide, entre el Bosporus y el Hellespontus, para llevar allí su preciosa cerámica – los museos rusos tienen cerámica ática de esa zona – y volver a Atenas con trigo y otros productos de alimentación, que tan bien se dan en las regiones del Dniéper y el Don, y que eran vitales para Atenas. También traían de ese sur de Rusia escitas, que formaba la policía ( los “toxótai” ) de la gran democracia ateniense, del mismo modo que hoy los irlandeses son la etnia fundante y mayoritaria en la policía de Nueva York. Los atenienses no consideraban digno que un ciudadano libre pudiese apresar a otro ciudadano, y para esta labor “no delicada” usaban a extranjeros. Cosas de delicadeza política que nuestras “democracias” de todo a cien no entenderían. También servían los toxótai para hacer bajar de la tribuna ( apò toû bêmatos ) de la Pnix, en donde se celebraban las Asambleas, a los oradores o ciudadanos que habiendo tomado la palabra comenzaban a desbarrar, tal como nos cuenta Jenofonte en sus Recuerdos de Sócrates. Pues bien, en 1856, un empresario alemán llamado Fiedrich Faltstein, creó en la zona de Nueva Ascania, propiedad del duque de Ascania, un noble alemán cuyo título se remonta al siglo XIII y que no sabemos si se llamaría Eneas, una granja experimental de animales, que tenía distintas finalidades, como la aclimatación de animales que venían de zonas calientes o la consecución de especies nuevas a través de constantes experimentos de hibridación. Tras la Revolución de Octubre, parece que los bolcheviques vieron seres monstruosos, horripilantemente teratológicos, en aquella gran finca, que también contaba con un gran parque zoológico ( el paradeísos griego ) abierto para todos los públicos. Y la familia Faltsfein prefirió huir a Alemania que ser sometida a juicio, y quizás fusilada. Mientras Jersón perteneció a la URSS Nueva Ascania se convirtió en un gran Parque Nacional, en el que se hallaba el Instituto Nacional de Investigación Científica de hibridación y aclimatación de animales, y que llevaba el nombre del ilustre académico M. F. Ivanov, colega del gran Oparín. Por lo que sabemos el Instituto Ivanov reconvirtió las antiguas aberraciones de la familia Faltsfein en acciones más acordes con el sentido común y la ciencia. Ahora que Jersón está en las manos – provisionales – de Ucrania y la Administración de Zelenski, no sabemos si aquella Nueva Ascania ha vuelto a las andadas, y hoy es una Isla del Doctor Moreau o campo de experimentación del Doctor Mengele. Lo malo es que tras el desbordamiento del Dniéper, o aquel lejano Borysthenes que cita el inmortal Propercio, el poeta de Asís ( “gloria ad hibernos lata Borysthenidas”), por el atentado que el terrorismo ucraniano infligió a la presa rusa de Nova Kajovka, puede que monstruos peligrosos con aletas merodeen por esos lugares, y como el hombre de Liérganes, que tanto asustaba a Feijóo ( el clásico, no el otro ), crucen los mares, se metan en las desembocaduras de los ríos, lleguen al río Jabalón, y salten las tapias de mi casa, como los ocupas subvencionados por el gobierno. Bien es verdad que además de lascivos papiones, Nueva Ascania y su tenebroso mundo pueden aportar donosuras a los ojos. Aunque me extraña. La guerra, aunque parece una forma de resolver conflictos propia de todos los seres vivos, no creó seres teratológicos hasta la Edad Contemporánea y los experimentos propios de la falta de ética que nos domina, y quizás estén ahora chapoteando algunos en las aguas del Dniéper, el clásico Danapris Borysthenes. A veces el terremoto de las guerras puede destapar o abrir nichos de horrores escondidos, látebras de una inmunda paz. Si la guerra engendra los peores males, y al decir de Heraclito reparte todos los papeles o roles sociales, la paz, sin embargo, cuando no se basa en la justicia, también puede fabricar horrores. Mientras a los soldados ucranianos les levantan el ánimo sus jefes con el nalewka polaco, sin el cual no saldrían de sus trincheras, los sodados rusos beben vino de Kajetia, quizás el padre de todos los vinos del mundo. Georgia fue la cuna de la vid. Rusia siempre ha tenido vocación de griega, lo mismo que Alejandro Magno quería tener un corazón griego cuando puso un ejemplar de la Ilíada sobre el inmenso tesoro del rey Darío III, que encontró su general Parmenión en Damasco, hoy aliada de Rusia. Pero a Alejandro y a Rusia no les da miedo el infinito, del que huían los griegos. Hay un personaje de La Cloaca, de Kuprin, el mavado rufián Gorizont, que sostiene que él podría convencer de cualquier cosa a cualquier habitante de Nueva Ascania. Y es que tiene que existir una lengua común para todos los seres vivos, anterior a la Torre de Babel. Nueva Ascania está en la antigua tierra que los griegos llamaron Callípidas, quizás porque sus hermosas mujeres calzaban bellas sandalias. Ni rusos ni ucranianos han encontrado el igúmene que imponga la paz entre estos dos pueblos eslavos. Y es que es difícil, porque con la misma lengua se dicen cosas distintas, pues la palabra que en ucraniano quiere decir “gato”, en ruso quiere decir “ballena”. No hay con ello dignidad igumenesca ni de archimandrita que valga. Pero Dostoyévski afirmaba que “el amo de la tierra rusa es el ruso, y eso de gran ruso y pequeño ruso y ruso blanco viene a ser lo mismo”. ¿Por quién se decidirá el porvenir de las tierras eslavas? ¿Acaso por los no eslavos? Yo espero que los eslavos resuelvan sus problemas sin destruir la perenne y grandiosa civilización eslava.