Gasta unos ojos diminutos, huraños, ratoniles, protegidos por unas gafitas de varilla limpia y racional. Gasta una delgadez romántica y sentimental. Usa camisas de flores, pantalones cortos y playeros de saltar charcos y hogueras imprevistas. Hizo sus carreras de piano, junto a otros instrumentos clásicos, como la flauta travesera a la hora de educar a las ratas de peluche. Hoy es el máximo responsable de que en España suene Yamandú Costa, Toquinho, las Morente y un largo etcétera étnico, racial, maravilloso, de las dos Españas unidas con todos sus afluentes brasileños, portugueses y afines.
Desde Teguise, el pueblo que regala tatuajes en el culo, Tenerife nublado, envía sus bengalas de socorro y mensajes en la botellas vacías a medio mundo. El mestizaje es la auténtica seña identitaria en Incós Management, como en los libros Lationoamérica con Boom o sin él supo poner la música al texto, el ritmo a la vida tan quieta, no solo sal y pimienta sino también albaca, cardamomo, cilantro, comino, azafrán, canela, chile y clavo. Incós Domínguez estudia la música negra mucho antes de afeitarse, y conoce bien el mapa tentacular entre blues, jazz, flamenco, rumba, cumbia y el mapa entero afroamericano, que desde los años 20/30 del pasado siglo enseñó al mundo la más bonita forma de supervivencia, el canto racial repleto de swing, bebop, funky, soul, smooth y flamenco auténtico con faltas de ortografía, nervioso y salido de la cueva entre vapores, quejidos, palmas que echan mucho humo.
La España bostezante, dormilona y soporífera, no se ha enterado del amanecer que con un teléfono y un correo electrónico viejo pinta Incós Domínguez por esta tierra de conejos. Su reconquista, como la del Rey Pelayo, va del norte frío con los principales teatros llenos en Santander, Bilbao, Oviedo y Santiago, hasta el sur mismo que al aire libre y bajo carpas como cielos enteros congrega a la tribu entre los golpes de madera barata y metal inteligente (el viento ya lo llevan ellos en tobillos, caderas, muñecas, y los pulmones con pensamiento, hermético, hacia dentro). La cabeza bicéfala del monstruo es una guitarra brasileña de siete cuerdas en un tío de poco más de cuarenta años (Yamandú Costa) junto a un veterano del mismo palo que frisa los ochenta (Toquinho). Bossa-nova, tropicalismo, samba y música brasileña son ecuaciones negras que pintaron en el aire Chico Buarque, Vinicius de Moraes, Maria Creuza, Zimbo y Tom Jobim.
Incós Domínguez leía el Quijote con una mano mientras ganaba siempre al ajedrez en garitos donde sobrevivir era un poco llevar la contraria a todo el mundo y pensar la vida real como otro sitio distinto a ese. Siguió tocando la guitarra con la cabeza, mientras los dedos sobaban páginas amarillas y marfil caro, para entender que Brasil, Argentina y Uruguay no usan paraguas ni saben lo que habitualmente comportan las soledades de los mismos. Para despojar el choro, la milonga y el chamamé de cualquier etiqueta con borde dorado.
Radamés Gnattali, Raphael Rabello, Tom Jobim y Baden Powell de Aquino son también un perfecto amor de esquina, callejón y sótano españoles en cualquiera de esas calles madrileñas que suben en pendiente y serpentean por el alma como unas cosquillas para siempre. Forjado en el underground supo que el mainstream no consiste en gritar más fuerte. Solo una música de frontera, una literatura fronteriza, podía prender nuevas ascuas y luciérnagas en el aburrimiento general. La mezcla, nacida de la muda, es cuanto permanece y dura, siempre fugitiva. Incós Dominguez, el Quijote en la faltriquera, los alfiles blancos por los bolsillos, fue en busca de los gitanos rusos que llevaron la guitarra solista a Brasil, sí, hasta hacerse dueña de América Latina.
No hay flamenco ni jazz sin calle al natural: el suelo abajo, el cielo arriba, una cerveza fría entre los dedos morenos, una barba cada vez más blanca, un repollo o lechuga en la cabeza por la calvicie. Incós Domínguez, muy cuco, va en busca de los virtuosos con una lupa de aumento, para luego recoger con un cazamariposas o calcetín la última onda expansiva de los mismos en los más jóvenes (nueva mezcla, nueva túrmix, nuevo lío). El folclorismo popular de Algacir Costa y Lúcio Yanel, ese palo del choro, la bossa-nova y la samba, cuando muda a gaucho es milonga, tango o zamba, sin perder la enfermedad contagio ni calidad.
Incós Domínguez, nombre bíblico y casi judío, es el que abre las aguas, como Yamandú quiere decir el precursor de las mismas. Abrir las aguas como un melón o sandía de Teguise, donde abundan las pechugas rojas con aforismos, merece una novela cuyo desafío nos derrota. Mucho en la producción musical, en la industria editorial, en el incógnito arte contemporáneo, fue y es la conocida fórmula: “más de lo mismo”. Por la cuchara empieza la tapa, sigue la ración, continua la paella o el asado, y llega un momento que a otra cosa mariposa, porque el personal hastiado acaba vomitando el género. Morente, el grande, el lorquiano, entendió a Cohen y Lorca junto a un chato blanco mientras veía la Alhambra despejarse. Pepe de la Matrona y Enrique Chacón sabían bien que la tradición tiene que moverse. Juan Talega, Fosforito, Antonio Mairena y Manolo Caracol nunca creyeron en la polilla y el alcanfor. Vino nuevo en odres viejos. El de Incós Domínguez y las voces colorás en plena encrucijada racial.