Esta columna está de manteles largos. Apreciados lectores en ambas orillas del Atlántico…y del Pacífico, en esta ocasión evoco dos aniversarios importantes y significativos. Uno del 1 de julio, corresponde al trigésimo de mi Universidad de Huelva, institución en la que he cursado estudios y me enorgullece su desarrollo y despliegue, sostenido bajo las firmes directrices de su distinguida rectora, la Dra. María Antonia Peña Guerrero, profesora y amiga que en su segundo mandato ve cristalizadas proezas importantes y significativas; metas alcanzadas por la institución toda, a su digno cargo y, claro, afrontando desafíos recurrentes, no menores, propios de esa gestoría. Mi enhorabuena por la Universidad de Huelva, por su rectora, por todos quienes en ella laboran haciéndola posible y a quienes estudian allí, engrandeciéndola, conformando un destacado referente puntual del sistema educativo español y con nexos entablados con Europa y, desde allí mismo, con América. La UHU reposiciona a la capital onubense y a su provincia. Es un valor añadido. En este video su máxima autoridad detalla los pormenores de una destacada gestión y los retos que día con día afronta la UHU.
Cruzo el Charco. El siguiente aniversario redondo lo marca el zoológico situado en el bosque de Chapultepec, en la Ciudad de México. En el bosque urbano más antiguo de América, tal recinto cumple un siglo este 6 de julio. Un emplazamiento de 17 hectáreas que cuenta con una extensa tradición albergando especies animales diversas, exóticas, silvestres, salvajes. Chapultepec refrenda su regusto inmemorial como lugar de acogida y se lo reconocemos. Desde los tiempos del emperador Moctezuma con su casa de fieras, después durante el periodo virreinal español con estancias de animales para regusto y solaz esparcimiento de los virreyes de la Nueva España y ya en los albores del siglo XX, con la consolidación del zoológico actual fundado justo en 1923. Chapultepec tiene el plus de no hacer sentirse extraño a nadie, incluido su zoo con los seres que acoge y protege.
Este tradicional y querido parque zoológico rodeado de una exuberante floresta al que coloquialmente referimos los capitalinos como zoológico de Chapultepec, lleva el nombre del ilustre biólogo mexicano Alfonso L. Herrera, su fundador.
Alcanza, pues, 100 años de vivencias, alertándonos de un discurso que ya de tiempo atrás clamorea por eliminar los zoológicos, sin aportar una respuesta idónea a qué hacer con sus especies –a riesgo de conducirlas a la muerte al devolverlas al hábitat original de cada cual y como ya sucedió con los circos de animales– y ante tal, el de Chapultepec ha remontado ese fracaso y no ha sido cualquier zoológico. Su singularidad resiste las críticas al concepto mismo y los postureos ecologistas más facetos y feraces. Y no resulta gratuito que lo alcance. No ha bastado con ser un espacio de recreo a la plácida sombra de su nutrida sotafronda, pues fue pionero mundial, un verdadero hito, en el nacimiento de osos panda gigantes en cautiverio y, después, ha visto nacer muchas otras especies incrementando el número de ejemplares gracias al cautiverio, trocándolo en insigne cunero digno de potenciarse. Cuenta con un centro dedicado a impulsar esa posibilidad.
El zoológico de Chapultepec después de sus remodelaciones de 1982 y 1994, reordenó la distribución de sus huéspedes por bioclimas, ecosistemas, dotándolos de escenarios más adecuados, con flora y fauna adyacente más acorde y apropiada a sus necesidades y orígenes. Así, obtuvo instalaciones más modernas que se alejaban de simples jaulas o espacios bastante artificiales. Por ejemplo, de antes recuerdo a los osos polares junto al león, en una gran extensión blanca simulando hielo polar. Nada qué ver con lo que cuenta hoy su sitio. Se optimizó la estancia dotando a muchos ejemplares de más libertad en su deambular, logrando rincones más acondicionados y propicios a una idea de imitar su hábitat y el fomento de su reproducción. Ha sido acertado, a juzgar por lo conseguido. El zoo actual es educativo y creador de conciencia ecológica, no un simple exhibidor.
Recuerdo dos cosas de antaño, hogaño desaparecidas. Al suprimirse el trenecito con su clásico trinqueteo al marchar (tac, ta-tac incesante) que circulaba por el recinto, se incrementó la tranquilidad de los animales. Muchos lo echamos de menos al convoy, pero comprendemos que si cancelarlo favoreció a los moradores, así es preferible. Su estación, estilo art dèco, sobrevive como sala de exhibición de piezas muy interesantes. También echo en falta la estatua de una morsa prominente situada en un rincón del establecimiento, mirando al Paseo de la Reforma a la vera del estaque con cisnes. Sus colmillos destacados nos recordaban que ese zoo jamás contó con un peculiar ejemplar de ellas. Yo la hubiera preservado, removiéndola a otro punto, pues estaba muy bien lograda. Es que el lugar despertaba y despierta ilusión.
¿Críticas? Sí, por supuesto. La gestión de especímenes, por ejemplo. Echo en falta el oso polar –murieron los existentes y no se renovaron– mientras sabemos de su precariedad en el Polo Norte y, acaso, podrían salvarse en cautiverio. Los osos panda, el gran atractivo, no pudieron reproducirse en la siguiente generación, pese a los intentos y hoy queda una hembra en sus últimos años. China ya no regala pandas. Hoy, se rumora, eso de los pandas es un vil negocio y no está en la mira este zoológico, dejándose perder una infraestructura ad hoc y que, sin embargo, sigue explotando lo que da el recuerdito; la ausencia reemplazada con fotos y suvenires de una especie que fue y no es. Buque insignia del afamado zoológico.
Lo recorrí hace dos semanas bajo un sol de justicia, para constatar su estado, sorteando rumores que lo demeritaban. Sí, hay algunas jaulas vacías. Más no exageren. La tercera ola de calor reciente en México, mostró cómo los animales provenientes de climas desérticos y cálidos estaban rebozantes; los que no, aturdidos. Pobres. Las nuevas instalaciones del mariposario y el herpetario me parecen acertadas, mas siendo gratuito el acceso al zoológico, suena a negocio privado en espacio público sendos cobros a esos depósitos. Ahora por doquier en sus nuevos humedales campea el ajolote. Tan feo. Lo miro sobrevaluado. Hay aves más llamativas como el águila real, el caracara o los cóndores andino y de California.
Y no confundamos jaulas o espacios vacíos, que sí hay, desafortunadamente, con animales que se evaden a la luz del día. Distingamos. Me quedo con la majestuosidad imponente del tigre de Bengala y la cornamenta del borrego cimarrón de la Baja California, con la raza del panda rojo, la belleza de la guacamaya amarilla y la prominencia de los osos pardo. Los pingüinos siempre son simpáticos y mi favorita, la jirafa, nunca decepciona. Me encanta. ¡Ahhhh! sin olvidarme del leopardo de las nieves y el papión sagrado. Me gusta más su nombre que su aspecto, dicho sea. Los canguros me dan un poco de fiaca y de los pandas que, otrora, fueran el plato estrella, como ahora solo resta uno y verlo ya resulta cuasi imposible, lo dejo como un bonito recuerdo del lejano pasado.
Por último, los elefantes deberían de retornarlos. Un zoo sin ellos resulta incompleto. Están en el otro gran zoológico capitalino, San Juan de Aragón. No veo la razón de peso por la cual Chapultepec debiera prescindir de ellos.
Cierro con este bonito fox-trot que evoca cien años atrás, aquel mitificado e idealizado vergel llamado Chapultepec.