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TRIBUNA

La envidia

José María Méndez
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axiologiatelefonicanet/9/9/20
jueves 06 de julio de 2023, 20:11h

En su novela Abel Sánchez, Unamuno reconstruye la tragedia de Caín y Abel. Bautiza al envidioso como “ Joaquín”. El envidiado es obviamente Abel Sánchez. Traigo a colación esta novela porque es quizá la mejor descripción que jamás se haya hecho en la literatura universal sobre el proceso de realimentación entre las pasiones y las cesiones de la voluntad, aludido en mi artículo anterior “Valor ético de Autodominio”

Abel y Joaquín son amigos desde niños. Joaquín escribe un diario, que titula Confesiones. Muerto Joaquín, el diario cae en manos del autor de la novela y le sirve de pauta. Veamos algunos pasajes, con eventuales citas intercaladas del imaginario diario.

Todo empieza cuando Abel y Joaquín tenían unos diez años. Surge el primer impulso pasional de Joaquín, su primer brote de envidia. Eso de momento no es ni malo ni bueno. Simplemente pone a prueba la voluntad de Joaquín.

Bueno, ya veis que Abel no quiere que vayamos al pinar”, dijo Joaquín. - ¿Yo?, exclamó Abel. Pues ¡cómo no he de quererlo! Como tu quieras. -”No, como yo quiera no. Eso no vale. ¡O con él o conmigo!” Y todos se fueron con Abel, dejándome solo. Al comentar Joaquín este suceso de su infancia en sus Confesiones, escribió: Ya desde entonces Abel era el simpático, no sabía por qué, y yo el antipático, sin que se me alcanzara la causa de ello. Y me dejaron solo. Desde niño me aislaron mis amigos. (Cita del diario)

Unamuno señala que Joaquín no sabía por qué razón Abel resultaba más simpático que él a los demás niños. En efecto, no se pueden encontrar razones a los impulsos pasionales. El brote de envidia aparece de pronto, inesperadamente, como un sentimiento de agravio comparativo, real o imaginario, da igual. Para el envidioso el agravio es siempre real. Y no hay razones. No cabe preguntar ¿por qué? Todo ocurre en un terreno en que nuestra voluntad no tiene control alguno, especialmente cuando sucede por primera vez.

Este primer brote de envidia no es todavía antivalioso, moralmente negativo. Simplemente es una pasión, un instinto que empuja a algo censurable. El mal aparece en la reacción de la voluntad. En vez de reconocer que no tiene motivo alguno para odiar a Abel, se siente humillado por lo ocurrido, y como todo resentido trata de vengarse, humillar a Abel, colocarse en algo por encima de él y devolverle así la imaginaria ofensa. Esto es ceder a la tentación de la envidia. Y esta cesión aumentará o atizará enseguida la intensidad de la pasión. Sigue la novela.

“Joaquín es mucho más aplicado, pero Abel es más listo. Si se pusiera a estudiar, fácilmente le ganaría Y este juicio común de los compañeros, sabido por Joaquín, no hacía sino envenenarle el corazón. Sintió la tentación de descuidar el estudio y vencer a Abel en otro campo. Pero por más que procuraba aventajar a Abel en ingenio y donosura, no lo conseguía. Sus chistes no eran reídos, y pasaba por muy serio y sin gracia.”

Joaquín era el primero de la clase. Pero eso no le bastaba para vengarse. Lo era sólo porque Abel no le disputaba el puesto. Había que vencerlo en otro terreno, y eso es tanto como dejarse llevar por la envidia, que le empuja a desquitarse de las supuestas ofensas de Abel, ofensas que sólo están en la cabeza del envidioso.

Han terminado el bachillerato. Abel estudia pintura en lo que entonces se llamaba Bellas Artes. Joaquín inicia la carrera de Medicina, más difícil y de mayor prestigio. Tiene ambiciones. Querría hacer algún descubrimiento que aliviase los dolores de la humanidad, como él decía. En cambio Abel es más modesto. Tiene buena mano para pintar y aspira a poder vivir de ello. De nuevo la novela.

-Me gusta verte tan idealista, dice Abel a Joaquín. -”Pues qué, ¿crees que sólo vosotros, los artistas, soñáis con la gloria?” -Hombre, nadie te ha dicho que yo sueñe con tal cosa. -”¡Que no! ¿Por qué, si no, te has dedicado a pintar?” pregunta Joaquín. -Porque si se acierta, del oficio se puede vivir. -¡”A otro perro con ese hueso, Abel! Te conozco desde que nacimos. A mí no me la das.”

Aquí se ve cómo ha crecido la envidia. No puede reconocer que Abel es en efecto modesto. La envidia lleva a tomar los valores de la persona envidiada como falsos. El envidioso no puede reconocer los méritos objetivos del envidiado y está convencido de que los demás nunca reconocen los suyos. Piensa que Abel miente, y presume además de conocerle bien. La envidia es como una enfermedad del ojo axiológico, que ya no ve la realidad como es. No ve los valores que hay. Y ve antivalores donde no los hay. La modestia efectiva de Abel le parece a Joaquín vanidad disimulada.

Sigue la novela. Ante los brotes sucesivamente crecientes de envidia, Joaquín vuelve a ceder una y otra vez a la tentación. Esta es cada vez mayor, y la voluntad para resistirla es en consecuencia cada vez más débil. Joaquín se enamora de su guapa prima Elena, y para presumir y humillar a Abel se la presenta. Abel ofrece hacer un retrato a Elena, admirado de su belleza. Y ésta acaba prometiéndose con Abel. Cuando se entera Joaquín escribe en su diario.

“Pasé una noche horrible, volviéndome de un lado a otro en la cama, mordiendo la almohada. A ratos me amodorraba en sueños acerbos. Pensaba en vengarme y matarles. Me parecía que Elena había querido afrentarme y nada más. Fué una tempestad de malos deseos, de cóleras, de apetitos sucios, de rabia.”

En estas palabras del diario se ve cómo la envidia se extiende de Abel a Elena. Esta no se había comprometido antes con Joaquín. En vez de aceptar que simplemente prefiera a Abel, Joaquín cree que Elena busca humillarle. También ve en ella antivalores inexistentes. Pero más interesante es el rayo de luz que tiene Joaquín. Se da cuenta de que dentro de él hay una tempestad de malos deseos, de apetitos sucios. Tiene por tanto la gran oportunidad de reconocer la verdad sobre sí mismo, de darse cuenta de que está envenenado por la envidia. Ahora su voluntad podría cortar o romper el proceso de retroalimentación. Pero va a desaprovechar esta ocasión de oro. Volverá a ceder a la tentación.

“Cuando por fin llegó el día, después de aquella horrible noche, el cansancio de tanto sufrir me devolvió a la reflexión. Comprendí que no tenía derecho alguno sobre ella. Entonces empecé a odiar a Abel con toda mi alma y a proponerme a la vez ocultar ese odio, abonarlo, criarlo, cuidarlo en lo recóndito de mis entrañas. Aquella

noche nací al infierno de mi vida.”

Si comprendió que no tenía derecho sobre ella, lo lógico hubiera sido aceptar la situación y no darle más vueltas al asunto. Pero hace lo contrario. La decisión es completamente negativa, perversa. Se propone dejarse llevar por la envidia, que cada vez será más poderosa.

Sigue la novela. Omito muchos detalles en que se vuelve a reproducir la retroalimentación. Ambos se casan. Abel con Elena y Joaquín con otra, cuyo nombre se omite. Aparentemente son amigos y las familias también. Pasan los años y llega otra vez la ocasión de oro para que Joaquín venza su envidia y rompa el diabólico proceso. Pero vuelve a fallar. Abel tiene un infarto y Joaquín le atiende como médico. Siente la tentación de dejarle morir. Pero la rechaza. No porque tenga compasión de Abel, sino porque es ya un médico afamado y peligraría su futuro profesional. Y sobre todo porque así se coloca por encima de Abel.

De nuevo su diario. “Fueron días atroces aquellos de la enfermedad de Abel. Unos días de tortura increíble. Estaba en mi mano dejarle morir, sin levantar sospechas. Luché entonces como no he luchado nunca con ese hediondo dragón que ha envenenado mi vida. Estaba allí comprometido mi honor de médico. Salvé a Abel de la muerte y me sentí feliz.

Joaquín se asusta de la tentación de dejar morir a Abel. Y la rechaza. Pero no rechaza otra tentación más sutil. Salvar la vida a Abel es vencerle por fin, ponerle en situación de inferioridad, hacer que Abel le deba nada menos que la vida. Si se siente feliz, como él dice, no es tanto porque Abel siga vivo, sino porque ha quedado ante los demás por encima de él. Se venga de cuando los amigos de la niñez y Elena prefirieron a Abel. Por tanto, la envidia no disminuirá por haber salvado a Abel, como podría esperarse, sino al contrario, seguirá aumentando.

Para complicar todavía más las cosas el hijo de Abel y Elena se casa con la hija de Joaquín. Nace un niño de este matrimonio, que es nieto a la vez de Abel y Joaquín. Y la envidia se encona aún más. L”lega a la exasperación.

“-El niño te quiere a tí más que a mí, eso es claro. Yo no sé qué haces con él. Le haces esos dibujos, esos malditos dibujos, le entretienes con las artes perversas de tu maldito arte. -¡Ah! pero eso también es malo. Tu deliras, Joaquín.

La envidia de Joaquín es ya tan fuerte, que no la puede ocultar, como se prometió hacerlo. Hasta ese punto su voluntad es ya incapaz de controlar la pasión. El final se ve venir. Joaquín acaba matando a Abel. La explosión definitiva de este diabólico proceso llega cuando Abel comprende por fin que Joaquín le odia sin ningún motivo, y entonces se lo dice. Que su envidia y su odio sean descubiertos por Abel es el detonante del desenlace de la trágica novela.

-Joaquín, si el niño no te quiere como tu quieres ser querido es...porque te tiene miedo. -“Miedo ¿de qué? ¿de qué tiene miedo el niño?” -Del contagio de tu mala sangre, Joaquín.

La novela termina. “Levantose entonces Joaquín, lívido, y se fue hacia Abel. Le puso las dos manos en el cuello, como dos garras, gritando “¡Bandido!” Abel dio un grito, llevándose las manos al cuello y suspiró !Me muero¡ Joaquín se dijo, es la angina de pecho. Ya no hay remedio. Se acabó.

José María Méndez

Presidente de la Asociación Estudios de Axiología

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