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DESDE ULTRAMAR

20 de julio: centenario del asesinato de Pancho Villa

Marcos Marín Amezcua
jueves 20 de julio de 2023, 18:30h

Transcurre 2023, decretado en México “Año de Francisco Villa, el revolucionario del pueblo” por el H. Congreso de la Unión, como parte de las muchas conmemoraciones que corren de 2008 a 2024 en el calendario cívico nacional. Y el 20 de julio es la fecha marcada como el centenario del asesinato de Francisco Villa (emboscado) acaecido en Parral. Es uno de los caudillos más emblemáticos de la Revolución Mexicana, de los más polémicos, transitando de forajido a bandolero, luego a justiciero, asesino y estratega. Un torbellino, el más difuso de los revolucionarios en sus intenciones y objetivos y de los más conocidos en la cultura popular, con sus cananas encarnando al pueblo bronco que se alza contra los estamentos, mutando de pendenciero a robavacas. Al que procuraban evitar todos los bandos, que sabíanlo imprescindible para con él alcanzar la victoria militar. Fiel a sí mismo, guerreó contra los más, en la lucha de todos contra todos, “la Revoluca”.

Pancho Villa es mito, icono, divisa. Enterró a Doroteo Arango, su verdadero nombre. Su figura está muy trillada, sujeta a replanteamientos y reinterpretaciones en años recientes. Pieza clave derrotando al ejército porfiriano en Ciudad Juárez, precipitando así la caída del dictador Porfirio Díaz y su exilio –quien continúa sepultado en París y ni para cuándo retornar– el nacido en La Coyotada no pudo contra Obregón, pero le cantó las 40; mantuvo a raya a Orozco, puso en jaque al dictador Huerta, facilitando su huida, y sobrevivió a Carranza, aceptando el retiro a cambio de una hacienda. Mas su cabeza valía mucho, vivo o muerto, y sucedió.

Su vertiginoso ascenso militar, prodigándose unos a otros títulos militares sin facultades para ello, hizo de mi general Villa, un referente. Engrosó clichés. Del “¡Vámonos con Pancho Villa!” a su clásico distintivo “El Centauro del Norte” comandando con sus “Dorados” la célebre División del Norte. Y aún desacralizado y degradado del altar patrio, pues es más cuestionado –y, hogaño, biógrafos modernos oscilan entre humanizarlo y defenestrarlo– su estampa no cesa de generar atracción. Acaso, simpatía, pese a que cada vez más, sus crímenes condenándolo se resaltan más que su figura idílica. A mi juicio, careciendo él de una clara conciencia de proyecto de país, de ideario, representa la reivindicación de la justicia social, tantas veces traducida en justicia por propia mano, reencausando el estallido colectivo, el reclamo violento, el hartazgo por un orden explotador como lo fue, nos guste o no, el Porfiriato. Encarna al pueblo carraspeño, mas le giraba el coco a este abstemio que fue lúcido como gobernador de Chihuahua, donde imprimió su efigie en billetes. Fue paradójico su proceder implacable y asesino con su sentido de desarrollo colectivo mirando por los más desvalidos, como los niños.

Me ataca que en Durango capital, su magnífico museo refiera al duranguense en una cartela como “nuestro caudillo”. ¿Se lo escrituraron? ¡Ja! en Guanajuato nadie habla del Padre de la Patria, Miguel Hidalgo, como “nuestro” (su) con un deje de propiedad inusual. Antes, dígase que conserva el “Don”. Es curiosa la forma en que, a veces, se redacta la Historia. Por eso, me agrada desmontarla. Independientemente de su genio militar, fue el único mexicano en haber atacado Estados Unidos para forzar a Carranza a doblegarse –merced a una invasión yanqui– sin conseguir ambas cosas; mas sin capturarlo la ilegal expedición punitiva desencadenada en su contra, conducida por el yanqui Pershing –héroe de tantas desgraciadeces yanquis previas, masacrando centroamericanos y caribeños en la época del Gran Garrote– que fracasó en México estruendosamente, para luego premiarlo para articular el traslado de tropas yanquis a Europa en la Gran Guerra.

Pancho Villa era amigo de los yanquis, pese a todo. El cine lo retrata como a nadie, la comedia lo aludió en la caracterización de Agallón Mafafas “el zorro del Desierto de los Leones” (menuda mofa), interpretado por Eduardo Manzano, El Polivoz. De Villa, de quien en una expo reciente nos informan que tuvo 7 esposas, 26 hijos regados pero que “casó” ¡70 veces! (el entrecomillado es mío) conduce a decir: mira que darse su tiempo en medio de la refriega, ya ni Clinton con la Lewinsky, pues, con agenda a tope, se presume. 3 viudas estuvieron en su inhumación. Lo persigue sus fusilamientos, su encarnizada rivalidad con sus adversarios y enemigos, el fraseo atribuido. Del “¡mátalos en caliente!” al “primero lo matas y luego viriguas (averiguas)”. O ¡hijos de Villa! como reproche, evocando al que se sentó en la silla presidencial ufano e irreverente, como lo es la frase “Ahí viene (tal) como Pancho Villa, con sus dos viejas a la orilla”. Pancho Villa va ligado a piezas musicales como La Marcha de Zacatecas, no compuesta para él, que acompaña la leyenda urbana de ser una bomba en los oídos yanquis, algo tampoco claro, pues con tal se recibió a la delegación mexicana en los JJ.OO. de Los Ángeles’84.

Apreciados lectores en el Viejo y el Nuevo Mundo, me llama poderosamente la atención el nexo de Villa con la tecnología, cosa poco referida, pero crucial por resultarle llamativa a juzgar por su proceder, empleándola con singular destreza, distinguiéndose así de otros caudillos revolucionarios. Murió asesinado montado en un automóvil, cosa no menor. Su fijación la tradujo en utilizar las armas más modernas, eficaces, por ende, mortíferas y útiles. Empleó la ametralladora y un escuadrón aéreo. Se hizo filmar por la Mutual Film Corp. de Nueva York, dirigiendo él mismo sus escenas. Aparte de montar en auto, le fascinaron las motocicletas, como testimonia una foto. Amén de la fotografía y el teléfono, echó mano del ferrocarril hasta entonces poco empleado como parte de la estrategia militar–después de todo, la Revolución Mexicana se hizo montada en aquel– y usaba el telégrafo para insultar a Carranza. Más la consabida emisión de dinero valedero solo ahí donde imponía su ley, siendo el único mexicano vivo estampado en aquel. Era muy suyo, mi general. Y de su última morada… su cabeza…mírela bien, porque fue cercenada tras profanarse su tumba para cobrar la recompensa. Y al final se perdió. Sobrepuesta una mujer para proteger su féretro, es a quien condujeron por error a inhumar en el monumento a la Revolución (1976) para honrar al caudillo del norte. Solo en México. ¿Se imagina eso sucedido a Franco?

Agradezco las palabras de mi amigo José Manuel Arruñada Douglas, quien cuenta su visión familiar sobre el asesinato del personaje: “Mi padre vivía en Parral, justo en la calle principal que atravesaba el pueblo. Enfrente estaba la plaza y el mercado y, precisamente, por allí debía pasar el coche que manejaba Pancho Villa. Ese 20 de julio de 1923, los que prepararon la emboscada empezaron a urgir a las señoras del mercado para que se apuraran a hacer sus compras, diciéndoles que habría un acto público y que tenían que despejar él área para montar el escenario. No eran 15, eran más de 25 los que participaron y se fueron apostando en las partes altas de las casas y construcciones que rodeaban la plaza. Estaban dirigidos por Jesús Salas Barraza, uno de apellido Durán, los hermanos Lozoya y varios más perfectamente aleccionados. A las familias que vivían en ese entorno les recomendaron que se guardarán y que no salieran hasta que se les indicara. Cuando Villa arribó al entronque con la plaza, empezaron las detonaciones que, según mi padre, duraron por lo menos tres minutos, que a él se le hicieron eternos. Después de la balacera, mi padre salió hacia dónde estaba el coche y vio a Trillo atravesado en la parte delantera a un lado de Villa; en eso llegó Melitón Lozoya y le vació en el pecho una carga completa en el área del corazón. El cuerpo de Villa fue trasladado al hotel Hidalgo, donde prepararon el cuerpo para los trámites y el funeral. En la foto de su cadáver se puede apreciar cómo se le están saliendo las vísceras, consecuencia de lo ocurrido y la cantidad de disparos que recibió. Ya después se hicieron muchas versiones, pero mi padre fue testigo presencial. Años antes del crimen, él y mi abuela con mi tío de año y medio, y una sirvienta, fueron secuestrados y llevados a Ciudad Juárez, adónde se les trató bien y mi papá lo conocía perfectamente. Mi abuelo los rescató con la ayuda de Maclovio Herrera en Juárez. Cuando se le inquirió a Villa de la razón para llevárselos, sólo dijo: "tenía ganas de conocer a estos gachupincitos", pero los trató bien y les daba de comer o lo que quisieran por medio de sus ayudantes. Nunca dormía con su tropa, se iba al monte y allí pernoctaba; era muy desconfiado.”. Lo dicho, Villa es contradicción.

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