En menos de un mes, ha habido sendas quemas públicas del Coránen Estocolmo (Suecia) y en Copenhague (Dinamarca). En Estocolmo se anunció otra, pero no se llegó a perpetrar. El autor deuna quema y el anuncio de otra en Suecia ha sido Salwan Momika, un refugiado iraquí de 37 años que se declara ateo de origen cristiano y pretende presentarse a las elecciones en el país escandinavo. La profanación perpetrada el pasado 28 de junio fue junto a la Mezquita Central de Estocolmo durante la fiesta de Aid al-Adha. Colocó una tira de beicon sobre el libro, arrancó páginas, lo pisoteó y le prendió fuego. Todo se realizó con permiso de la policía sueca, que la consideró una protesta. Mominka anunció que el Corán el 20 de juliorepetiría la acción. Llegada la fecha, no lo quemó, pero sí lo tiró al suelo y lo pisó en público. Ese mismo día, en Copenhague, el grupo Patriotas Daneses dio a las llamas un ejemplar del libro sagrado del islam frente a la embajada de Irak.
Las quemas del Corán son recurrentes en Europa. A comienzos de 2023, sin ir más lejos, de nuevo en Estocolmo, Rasmus Paludan, político y periodista de 41 años con doble nacionalidad sueca y danesa, prendió fuego a un Corán cerca de la embajada de Turquía. Paludan ya había hecho lo mismo en la ciudad sueca de Malmö en agosto de 2020. Los disturbios que desató con su acción convirtieron las calles en un campo de batalla con más de trescientos jóvenes musulmanes arrojando piedras a la policía, blandiendo barras de metal y rompiendo mobiliario urbano.El partido de Paludan, por cierto, carece de representación parlamentaria.
Las quemas del Corán de estas semanas suponen bastante más que el peligro -ya en sí muy elevado- de estallidos de violencia urbana en los dos países escandinavos como los que hubo en Suecia en 2020 y en 2022. Por lo pronto, Irak ha amenazado con la ruptura de relaciones diplomáticas con Suecia, ha retirado a su embajador y ha expulsado del país a la embajadora. Una turba asaltó la embajada sueca en Bagdad. Recep Tayyip Erdoğan,presidente de la República de Turquía, declaró que “enseñaremos al arrogante pueblo occidental que insultar los valores sagrados de los musulmanes no es libertad de expresión”. Marruecos directamente ha llamado a consultas a su embajador en Suecia por tiempo indefinido. La República Islámica de Irán, a través del portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores, ha considerado lo sucedido en Suecia una “provocación malintencionada e inaceptable”. El ministerio homólogo en Arabia Saudí ha declarado que “estos actos odiosos y reiterados no pueden aceptarse bajo ningún concepto”. El gobierno egipcio ha considerado la quema del Corán en Suecia “vergonzosa”. El Reino Hachemita de Jordania convocó al embajador de Suecia para trasladarle la protesta del gobierno. El Ministerio de Asuntos Exteriores de Kuwait declaró que la quema era “una peligrosa provocación que enciende los sentimientos de los musulmanes de todo el mundo”. Condenas en términos similares emitieron los gobiernos del Yemen, de Siria, de los Emiratos Árabes Unidos, de Catar y de Indonesia, así como la Autoridad Palestina. El Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas aprobó una resolución acerca del odio a la religión impulsada por Pakistán en nombre de los 57 Estados de la Organización de Cooperación Islámica. No es habitual que a países como Suecia y Dinamarca les saquen los colores en las instituciones de derechos humanos.
Dinamarca también ha tenido problemas. El Ministerio de Asuntos Exteriores de Irán convocó al embajador de Dinamarca para protestar contra la profanación del Corán en Copenhague. En Irak, unos mil manifestantes trataron de irrumpir en la Zona Verde, donde se encuentran varias de las embajadas y la sede del gobierno iraquí. Sólo la intervención de las fuerzas de seguridad iraquíes impidió que llegasen a la embajada de Dinamarca. En Basora, un grupo de manifestantes quemó tres caravanas del Consejo Danés de Refugiados sin causar víctimas.
Si alguien quisiera desestabilizar a los dos países escandinavos, no podría haber encontrado un modo más efectivo. Con el acto de una sola persona o de un pequeño grupo, han creado incidentes diplomáticos, han avergonzado a dos de los Estados que más se jactan de defender y promocionar los derechos humanos con una resolución a la que sólo se opusieron los socios de la Unión Europea y Costa Rica y han creado el caldo de cultivo para que los disturbios de comienzos de 2020 y 2022 se repitan.
Por otro lado, es legítimo plantear el concepto y los límites de la protesta. En nada contribuye a la formación de una opinión pública plural y libre la ofensa gratuita a los fieles de una religión. Nada aporta quemar el Corán al debate sobre la inmigración, los derechos de la mujer, la identidad sexual y de género y otras tantas materias que suelen esgrimirse en relación con el islam. Es difícil no ver aquí, en la selección del lugar, del tiempo y del objeto profanado, un deseo de ofender a los creyentes más que la expresión de un mensaje en pro de cualesquiera de aquellas causas.
Se dirá que no debe haber límites a la “protesta”, pero entonces habrá que aceptar el mismo criterio cuando se profanan lugares y fiestas de otras religiones; por ejemplo, los católicos. En España, donde ha habido profanaciones escandalosas, esta cuestión debería importar. Se replicará que se trata de una minoría religiosa y que la situación de los católicos es diferente porque son mayoría, pero entonces tendrán que aceptarse las reservas, por lo menos, cuando se profana una sinagoga o un cementerio judío en cualquier país europeo.
En el fondo, de todas formas, la cuestión es algo capciosa porque aquí, ya digo, no hay una protesta sino una provocación gratuita. De entre todos los modos que había para manifestarse, la elección fue entregar a las llamas el Corán, que para los musulmanes es mucho más que un libro. De todos los lugares que había para alzar la voz, se escogieron embajadas de países islámicos y la Mezquita Central de Estocolmo. De todos los días, se eligió una fecha sagrada para los musulmanes. Me parece que la conclusión se impone.
Por supuesto, esto no significa que no deben plantearse esos debates y otros; por ejemplo, los límites a lo que un pretendido refugiado puede hacer o no en el país que lo acoge y hasta qué punto puede contribuir a desestabilizar su sociedad o dañar sus intereses nacionales. Sin duda, es preciso examinar cómo décadas de políticas irresponsables y acomplejadas han creado gravísimos problemas sociales, económicos y de seguridad pública en Europa. Es inevitable hablar de cómo se ha ido deteriorando la cohesión social a fuerza de pretender que las identidades y las culturas nacionales no existían. Recuerdo una campaña de 2020 de la línea aérea escandinava SAS que se preguntaba “¿qué es verdaderamente escandinavo?” para concluir, como impone la doctrina “woke”, que nada lo era, sino que todo era tomado de otras culturas. La salida a la crisis identitaria no va a venir por quemar el Corán, sino por volver a las verdaderas raíces de Europa, que son irremisiblemente cristianas, y no hay nada de cristiano en ofender a los musulmanes quemando un Corán a la puerta de una mezquita o pisoteándolo con una loncha de beicon encima.