Según algunas elucubraciones, tal vez poco confiables, se especula que hubo un tiempo en que el tiempo no existía; o acaso existía como un acto de fe. Algo casi imposible de imaginar desde cualquier punto de vista. En lo concreto nadie sabe qué es el tiempo y “acaso si lo supiéramos, lo sabríamos todo”, según conjeturaba Borges. Lo cierto es que poesía y tiempo son entidades inseparables desde Homero, Hesíodo y Píndaro; pasando luego por Virgilio y su “Sed fugit interea, fugit irreparabile tempus” (huye entre tanto, huye irreparablemente el tiempo), que con su habitual erudición don Francisco de Quevedo traduce en su famoso soneto: “En fuga irrevocable huye la hora”...
Ahora bien, en lo personal, con las limitadas herramientas que tengo y como confeso profano, cuando quiero referirme al tiempo busco amparo en la poesía, y sigo con Quevedo, que lo califica en sus “Sueños” como “un enemigo que mata huyendo”; lo cual es indiscutiblemente cierto porque el tiempo es sucesivo, indetenible e implacable. Y dice nuestro padre de poetas en otro famoso soneto no menos dramático:
¡Ah de la vida!”… ¿Nadie me responde?
¡Aquí de los antaños1 que he vivido!
La Fortuna mis tiempos ha mordido;
las Horas mi locura las esconde.
¡Que sin poder saber cómo ni adónde
la Salud y la Edad se hayan huido!
Falta la vida, asiste lo vivido,
y no hay calamidad que no me ronde.
Ayer se fue; Mañana no ha llegado;
Hoy se está yendo sin parar un punto:
soy un fue, y un será, y un es cansado.
En el Hoy y Mañana y Ayer, junto2
pañales y mortaja, y he quedado3
presentes sucesiones de difunto.
Pero también el estremecedor fenómeno inspiró a su contemporáneo y rival don Luis de Góngora, que apremiado por el tiempo, lo reflejó con su particular modo culteranista:
Menos solicitó veloz saeta
destinada señal, que mordió aguda;
agonal carro por la arena muda
no coronó con más silencio meta,
que presurosa corre, que secreta,
a su fin nuestra edad. A quien lo duda,
fiera que sea de razón desnuda,
cada Sol repetido es un cometa.
¿Confiésalo Cartago, y tú lo ignoras?
Peligro corres, Licio, si porfías
en seguir sombras y abrazar engaños.
Mal te perdonarán a ti las horas:
las horas que limando están los días,
los días que royendo están los años.
Por estas remotas llanuras argentinas, nuestro poeta José Hernández, cuando describe el duelo con el moreno, reflexiona de un modo metafísico y pone en boca de su gaucho Martín Fierro estos memorables octosílabos:
Moreno, voy a decir,
sigún mi saber alcanza:
el tiempo solo es tardanza
de lo que está que está por venir;
no tuvo nunca principio
ni jamás acabará,
porque el tiempo es una rueda,
y rueda es la eternidá.
Más cercano a nuestros días, recuerdo estos versos de una preciosa oda de Pablo Neruda, que refiere el tiempo ligado a la edad:
Dentro de ti tu edad
creciendo,
dentro de mí mi edad
andando.
El tiempo es decidido,
no suena su campana,
se acrecienta, camina,
por dentro de nosotros…
También Borges, preocupado por este arcano, lo convierte en una recurrencia a lo largo de su poesía; pero nos conmueve especialmente en las líneas finales de su refutación donde, con su incomparable prosa poética, concluye asumiendo que el tiempo y él son de idéntica esencia y la misma cosa:
“El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges”.
Sin demasiado rigor académico, salto al siglo III y a la remota duda de Agustín, el santo de Hipona, que al meditar en sus “Confesiones” no encuentra una respuesta concreta y vacila: “Si nadie me lo pregunta, acaso sé qué es el tiempo; si me lo preguntan y quiero explicarlo, no lo sé”.
¡Ah, con el tiempo…! ¡Arduo tema si los hay, enigma y padre de los enigmas que nos rodean!. Tanto es así, que en el terreno de la filosofía desveló a los antiguos pensadores griegos, encabezados por Platón y Aristóteles; también el egipcio Plotino, autor de las Enéadas, manifestó que “el tiempo está compuesto de tres formas y que las tres son el presente; el presente del pasado (aquello que recordamos), el presente del futuro (aquello que imaginamos que puede suceder) y el presente del ahora, es decir, este momento que el tiempo nos brinda en el instante, lo único que, supuestamente, tenemos entre manos…, pero ya fue, se deshizo como agüita entre los dedos. “Le moment où je parle est passé” (el momento en el que habló ya pasó), admitió con acierto el poeta francés Nicolás Boileau.
Sin embargo, no puedo continuar sin tener en cuenta a Tomás de Aquino, otro santo que en el siglo XIII intentó definir el tiempo siguiendo las reflexiones de su venerado maestro Aristóteles. Para el célebre Doctor Angélico “el tiempo es el movimiento según el antes y el después”. Es decir, recoge la vieja idea de que el inquieto tiempo es algo eterno y externo, pero no resuelve las dudas acerca de la realidad que lo constituye. Es más las deja flotando.
Habrá que esperar hasta en el siglo XVII para encontrar una nueva explicación esta vez, avalada científicamente por otro sabio, el inglés Isaac Newton, que supo distinguir en los Principia Mathematica dos tiempos diferentes, “uno absoluto y otro relativo”. El primero, “verdadero y matemático, por sí mismo y por su propia naturaleza, fluye uniformemente sin relación con nada externo, y se le llama duración”. El segundo, “aparentemente, no común, es una medida sensible y externa de la duración por medio del movimiento, que es comúnmente usada suplantando al tiempo verdadero”. Los cambios que apreciamos sensiblemente en las cosas lo son, pues, en relación con un tiempo uniforme que les sirve de marco (o de “vacío”), en un sentido análogo a como se suponía que los cuerpos se hallan en el espacio.
Pero es en el siglo XVIII cuando la discusión sobre el tiempo alcanza, tal vez, su punto álgido, con el desencuentro entre las posturas de Newton y otros científicos. Aunque, no mucho después, el prusiano Immanuel Kant devuelve el origen del tiempo al ser humano; pero no desde el punto de vista de la experiencia del individuo, sino desde la perspectiva del sujeto universal y su modo de conocer la realidad. Para este pensador, “el tiempo es una intuición que forma parte de la estructura del sujeto cognoscente, con la cual este ordena los fenómenos del mundo según la sucesión y la simultaneidad”.
Así, con Newton y Kant, la polémica sobre el tiempo había llegado a una formulación menos amplia que refinada, pero la gran cuestión seguía (y sin duda seguirá) entre nubes sin encontrarse una solución definitiva. Es más, al día de hoy los pensadores continúan preguntándose “en que consiste el tiempo y si su origen es interno o externo al ser humano”. Por más que constituya una realidad mensurable, lo cierto es que el escurridizo tiempo, con su poder, su velocidad, su inexorabilidad, su soberana indiferencia, no ha dejado de ser un gran misterio.
No es todo. Más, muy próximo a nosotros, el francés Henri Bergson, filósofo y Premio Nobel de Literatura en 1927, secreto investigador -digamos a destiempo-, encontró una salida que calificó de “tangencial”. Eso fue cuando quiso consolidar el concepto de tiempo orgánico propuesto con anterioridad por otros grandes poetas y pensadores. Frente a la concepción del tiempo como flujo medible de la física newtoniana y de la filosofía kantiana, aparece con él entonces “el tiempo de la experiencia”, fundado en la unidad orgánica; o sea en el tiempo vital, en los ritmos de los procesos orgánicos y en los relojes internos del organismo.
Otro filósofo alemán, contemporáneo a Bergson, el inmenso don Martin Heidegger, confirmo en El Ser y El Tiempo la neta distinción entre tiempo “propio”, al que dio una función constitutiva (vale decir, “existencial” del ser humano), y el “tiempo del mundo” como medida. Es así que para Heidegger, la infancia, la juventud, la madurez, la ancianidad y la muerte articulan el camino vital de toda persona, el cual halla su regulación social en las instituciones y en las costumbres. De tal forma que la experiencia humana, a lo largo de las diversas etapas de la vida, constituye una auténtica “vivencia del tiempo en sí”, muy distinta de la experiencia de contar y utilizar un tiempo que podemos llamar “vacío”, donde todo individuo experimenta que el horizonte abierto del futuro se estrecha sobre nosotros mismo y se puede dar en un día; así, una experiencia histórica, que entraña la conciencia de nacimiento, de evolución, de caducidad y, sobre todo, de muerte lo reseña todo. “En definitiva, la vida es una carrera anticipada hacia la muerte”, sostiene Heidegger. Y con ello ha derivado, partiendo del problema del tiempo, hacia el tema de la muerte, otro de los grandes enigmas tratados intermitentemente en la historia de la filosofía y con el que está estrechamente relacionado el incómodo tiempo, nuestro feroz asesino inevitable.
En el campo de la física el genial Albert Einstein, con no menos poesía que ciencia, elaboró su “espacio-tiempo”, un modelo matemático que combina ambos fenómenos como dos conceptos inseparablemente relacionados, y da un vuelco en el complejo asunto. En este continuo espacio-temporal, de acuerdo con la “teoría de la relatividad” se representan todos los sucesos físicos del Universo.
Pero a no meternos en camisas de once varas. Sea como fuere y en medio de tanto misterio (al menos para nosotros los legos), aquí estamos todavía poniendo nuestros pechos a las balas. Eso sí, coincidiendo con el gran Quevedo en aquellos de que “el tiempo -y en esto no caben dudas- es un enemigo que nos mata huyendo”. Y colorín colorado, nuestro tiempo ha terminado. Más probablemente y felizmente siempre está empezando.