Los actores de mesa electoral cumplieron pero con resignado gesto. A lo mejor la democracia de Pedro Sánchez, tan diferente a la que se supone por sentido del respeto ajeno, fuera la causa de las caras largas. Amables, pero resignados al sacrificio de un domingo estival sacado de la chistera por el caprichoso Pedro que, no obstante, sabe cómo manejar los tiempos para que el truco le salga bien. El dibujo de los integrantes de la mesa no era peor que la de una larga fiesta en noche anterior. Es verano y además de cálido también vacacional, de ahí que la urna se me antojara distante a pesar de viajar en ida y vuelta con la esperanza de no malgastar energías sinsentido.
Después llegó la demencia de un pueblo capaz de hacer la cobra al más votado mientras se aclama al perdedor. Nunca antes en la historia de la democracia española un presidente que ha perdido las elecciones se presentaba ante su público como el vencedor. Aquí todo es primitivo y contrario. Se festeja que la derecha no haya ganado por goleada. O sea, he perdido, pero no he ganado, que viene a ser lo mismo dentro de la lógica partidista cuando dos más dos han de ser cinco por decreto ley.
Lo cierto es que una vez más España está metida en un gran lío. Capaces de dejar la sombrilla puesta en la playa para ir a votar al más allá y luego regresar como si nada. Se pasa del “que te vote Txapote” al “que te vote Puigdemont” A partir de ahí la vida continúa porque las vacaciones son sagradas y no las toca nadie, salvo don Pedro, porque el otro, es decir, San Pedro, que fuera discípulo de Jesucristo, no está en la nómina de los subvencionados y mucho me temo que los de Ferraz pasan de las epístolas sobre la concordia y la buena práctica de las virtudes respecto del prójimo.
Desde mi punto de vista España es diferente porque es un país difícil de entender. Aquí si pierdes resulta que has ganado, de manera que lo celebra el perdedor, mientras a la lista más votada se la vilipendia por hacerse Feijóo un selfie con casi 8,1 millones de españoles. Otros su fracaso lo inmortalizan con separatistas y odiadores profesionales de España y todos contentos y felices. Abocados a la parálisis y a una posible repetición electoral son opciones que pudieran dar de sí esta arbitraria manera de gobernar cuyos bajos fondos de la política traen causa de posicionamientos tan despóticos como corrosivos para los intereses del bien general. Esa y no otra es la gobernanza de la ambición al precio que sea y de la manera de trocear, esquilmar y empobrecer de futuro un país en donde no se penaliza la mentira, en donde se jalea al causante de una ley que libera de la cárcel a violadores y pederastas, un país en donde la educación premia igual el aprobado que el suspenso o donde el voto cautivo es moneda de cambio a fondo perdido. Por poner simples ejemplos.
España tiene un grave problema. Ahora mismo es un país hacia lo desconocido. Un país incierto en donde la democracia restante queda en manos de quienes subastan a precio de usura la porción del interés más impune. La solidez de gobernar con estadistas de género político ha dejado de existir dando paso a infieles y mediocres diosecillos; de ahí que me guarde en recelos por el destino tan inexacto que se cierne y no solo por el resultado electoral habido, sino más bien por el empobrecimiento de una sociedad incapaz de reaccionar ante el ultraje y la desintegración sistemática de la democracia. Y hay quienes a esto lo definen como libertad bien entendida.
En fin, confieso que ando a deshora de juicio y mi porción de lógica diaria me tiene cautivo y hasta perplejo. Este país es raro y desolador, además de un caos. Para este viaje a urnas no hacían falta alforjas. Para qué.