www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Eduardo Úrculo, la festiva realidad de una vida sin adjetivos

martes 01 de agosto de 2023, 20:14h
Actualizado el: 08/04/2023 09:01h

Conocí a Úrculo un año antes de su viaje final, de la mano de mi querido Amalio Moratalla. Un par de abrazos profundos y un par de chascarrillos de sincrético humor hispánico, en el corro prodigioso de un jurado de pintura donde estaban Eduardo Arroyo o Gallego y Rey, y se nos abrieron las ventanas del alma de par en par; a buen seguro, las mías.

Eduardo Úrculo había nacido en Santurce (Vizcaya) en 1938, aunque pronto su familia se lo llevaría ‘por toda la orilla’ del Cantábrico hasta Santander, para terminar arraigando en Sama de Langreo (Asturias). Años después, conociendo bien su vocación, llegaría a Madrid para estudiar arte, hasta abrirse al mundo luminoso cual mariposa después de tejer y superar el capullo de sus angustias. Alguien ha dicho que era ‘asturiano por los cuatro costados’, y esto sin cesar de practicar la ciudadanía mundial. Falleció a los setentaisiete, cuando el entero mundo le esperaba con los brazos abiertos.

Conocí su obra pronto, como joven pintor sabueso. Me atraía mucho su erotismo, que yo, y no sólo yo, asociaba en algún aspecto a Tom Wesselmann, compartida genialidad del deseo de mirar. Y aunque no me reconocía forofo del Pop art, la obra de Úrculo, igual que la del americano, se me deslizaba en el buzón del alma como una carta largamente deseada en la juventud.

A su esposa, Vicky Hidalgo —segundas nupcias—, pude tratarla más, al haberle sustituido ella como jurado del citado premio tras su fallecimiento. Reconozco que no llegué a cogerle el pulso al premio; como concursante, en mi juventud, tampoco me entusiasmaron, pero es lo que había.

Por lo que dicen expertos en su obra, Úrculo pasó de las tinieblas de la represión franquista a la luz del entusiasmo por vivir; un poco al contrario de lo que nos ha ocurrido a los de mi generación. Terminando la década de 1960, ansioso por experimentar una vida propia —‘vida a secas, sin adjetivos’, precisó—, arrumbó el lóbrego abrigo de sus cuitas juveniles. Entonces, imagino que se habría identificado con el lema de Chabrol: ‘Yo dirijo mis películas como río y hago el amor’, incluso lo sentiría más explícitamente.

Mirándome en su espejo pictórico, veo que yo recorrí un camino inverso al suyo, esponjando ilusiones en la efervescencia de la juventud, sobrevolando bien la primera década del nuevo milenio y, ya sin motor, planeando bajo durante los años de la crisis financiera, postreros de mi querido Alberto Rolla, una de las personas manantiales con las que he podido contar y aún cuento. Luego, hablando de arte, la cosa se ha entenebrecido mucho y uno empieza a tirar de memoria como el extranjero de Albert Camus, forjándose una mirada reclusoria para habituarse uno a esta época de locutorio.

Dice Fernando Castro que Úrculo reconocía soñar ‘una realidad lujosa, festiva y lujuriosa’. Nada más hay que ver cómo miran sus espías los culos de las bañistas. Como todos los españoles de entonces, parecía tener mucha represión y grisalla acumuladas en el ala de su sombrero, y se las sacudió; ¡vaya que si lo hizo! Le ayudó algo ese convenio socio-estético, en plena democracia, que confundía el destape femenino con la libertad universal. Pero lo suyo, como artista y hombre —ser íntegro—, es pura y equilibrada devoción.

Los que pintábamos desnudos en España ya antes del nuevo milenio llevábamos un estigma inescrutable, éramos ‘casos únicos’, mientras se ofrecía la pornografía fresca en canal y en papel cuché, y el erotismo contemporáneo bajo la apreciación de ser arte espumado en otras latitudes; habían sido demasiados años grises, y tan lejos de Estocolmo.

Para Goya, y antes para Velázquez, machismo, erotismo o pornografía no eran términos registrados. El genio de los desastres no escatima la cruda descripción del interdicto de matar, pues lo escruta con vocación natural, como hace con todas las pasiones. El genio desprecia el protocolo. Y aunque la Tierra ya no fuera plana, el ordenamiento moral sí: el cuerpo de la mujer podía ser objeto de transacciones y humillaciones, pero no susceptible de ser exhibido en público —al pueblo llano— como objeto del arte, pues la belleza y el arte de desnudarla debían ser mitos; una cosa de gabinete.

Úrculo abusó —temáticamente hablando— de la retaguardia femenina; primero, porque le dio la gana —temperamento libre— y, luego, porque los usos y costumbres se lo permitían. Pero las cosas no están claras y un par de nalgas al pastel o en NFT, hoy en día si no mañana, pasarán por algo arcaico. El problema no está tanto en el desnudo mismo como en su rotunda, precisa y detallada plasmación, tal como lograba Úrculo, lejos de un difuminado que abra todas las ambigüedades, pues todo desnudo explícito parece ser ahora academia trasnochada, canon de otros tiempos.

Frente a esta convención, Úrculo solo parecía tener oídos para Dalí, quien dijo que las nalgas femeninas son la más linda exquisitez. O para Adolf Loos, quien declaró que todo arte es erótico. O, mucho más cerca, para Cela o Umbral, grandes carnívoros.

Después de sus despampanantes retaguardias femeninas, ya enmarcadas por las volutas arquitectónicas de Madrid ya por las de un kimono, Úrculo empezó a pintar señores con outfit y aire cargados, como los revólveres de las historias de ‘mistery and detection’ que leíamos en clase de inglés. Hombres, al parecer, en pleno éxtasis viajero, explayados de emoción frente a las torres gemelas o el Guggenheim de Lloyd Wright —felizmente aquí en compañía femenina— o ante cualquier trozo de la pura nada, según se ha dicho. Pero, a decir verdad, yo nunca he percibido en ellos éxtasis alguno, ni falta que haría, ni frente al paisaje urbano ni ante un par de pingües nalgas. Estos hombres se me aparecieron siempre como funcionarios del hedonismo, por una cuestión de costumbre o de civismo o de autocontrol o por lo que sea, y por eso no dan la cara relamiéndose de placer; lo viven sin adjetivación. No es a ellos a quienes glorifica el pintor, sino a la belleza del mundo —a secas—, que éste perseguía, a pesar de la advertencia daliniana de ser algo inasible.

Úrculo hizo una pintura metafórica y metonímica, y con una sesgadura onírica: Los cojines como senos, las nalgas como mujer universal, los graves monumentos públicos como carnales objetos del deseo. Soñó con la metafísica del erotismo y la plasmó en carnes vivas. Más que crítica, su paranoia fue sintética, cartelaria, anunciante perpetua del regocijo epicúreo de vivir, de amar, de viajar… También sintéticos fueron sus bodegones, una maravilla de sobriedad y talento compositivo. Su escultura, totémica: celebración categórica del deseo de plenitud, la que nos procura la belleza más allá de las fronteras.

Éste es El enigma del viajero, la exposición de obras que dejó a su único hijo, Yoann, que conmemora estas dos décadas de ausencia de Eduardo Úrculo, en el Centro Niemeyer de Avilés hasta el 24 de septiembre. Grandísimo artista y ser humano.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (5)    No(0)

+
0 comentarios