Fue una barba blanca muy leída, los ojos zarcos y con munición suficiente para permitirse una leve pátina de melancolía, la felicidad peligrosa de estar triste, los dedos veloces, los dedos urgentes, cronista entre balas, cerveza fría de lata y camisa desabrochada, el corazón siempre fuera, en la simpatía por el débil y la defensa de la causa justa. Fue un honrado mercenario –diría Pérez Reverte- y una sonrisa que baila sola en el Líbano, zapatos que no dejan huella en Afganistán, zíngaro con un gato al hombro por Sierra Leona, petaca de verdad y miedo en Ruanda, tierra mojada y olor a sangre en lo peor del Congo, un bloc escrito con el mejor filo de la navaja a todas horas y en todas partes.
Sus memorias eléctricas, el libro total de los suyos, para mi es Todos náufragos (Ediciones B), aúlla el lobo y calla el hombre, canta el cuerpo y ocia la mente, confiesa a borbotones el lírico y el whisky con hielo jamás se enfría. Son páginas que llevó el viento, coleccionista de joyas, y ensamblan hasta formar una vela de velero, soplado hasta el último acantilado de la sensatez: “Soy un sentimental sin dinero”, “Me cuesta dejar atrás lo vivido: los objetos y las personas”, “A falta de casas físicas, me quedan la memoria y los sentimientos”, “No dediques más de un tercio del salario a pagar la hipoteca”. Ramón Lobo (68 años) fue un caracol: dejaba atrás la casa por la vía de la conversación, pero también del silencio, algo valioso en los más sabios, ajeno a prepotencia, jactancia y chulería. Sus libros están llenos de voces ajenas y no tuvo más empeño que contagiar a otros lo mejor que sabía, desde la barra del bar de la pluma, desde la izquierda inteligente que no se traiciona, desde un corazón que bombea dudas e impulsa al conocimiento con respeto antiguo por el disidente.
Fue una barba blanca que, en los dorados tiempos del periodismo, mandaba a otra barba negra sus párrafos y esos mismos pelos pagaban estupendamente porque Cebrián (“Nancy, ponme con el ministro”, “Nancy, ponme con el ministro”) fue, ante todo, un gourmet del idioma. Todos sus libros (El héroe inexistente, Cuadernos de Kabul, El autoestopista del Grozni, Las ciudades evanescentes) son el mismo libro: hay una voluntad de raciocinio personal y una lejanía de rebaño. Hay una búsqueda de justicia social y unos vaqueros rotos y una camisa a cuadros que nos queda grande y unas ganas de la hostia de apurar un barril de cerveza congelada. Lució, yo creo, las medallas cebrianescas, unidas a las juancruzadas de turno, que cortan los pies por abajo, justo por encima del tobillo, lo que impide caminar y fomenta el madero de quedar varado o enterrado en el mismo sitio, pidiendo socorro con ojos y brazos. Decía a los 60 años, en sus memorias gloriosas Todos náufragos, que dominar a la bestia siempre comporta escapar a la presión de grupo. Fue el periodista que jamás desertó de los acontecimientos: “Pisé mucho la calle, que es donde están las historias”. Siempre fue en busca de intelectuales, allá donde el barro estaba más sucio (la visita en Praga a Ivan Klíma) porque solo buscaba una percha coherente donde colgar todo los ropones sucios de la actualidad y el vagabundaje, la historia pequeña que protege de la propaganda. “Somos buscadores de contextos”, decía Kapuscinski, uno de sus fieles maestros.
Fue un periodista con “play” y él mismo llegó a explicarlo, con su lápiz torcido y tajado con los dientes grandes a la sombra: “Me gustan los reportajes capaces de incluir un play, una palabra o imagen, que lleve al lector a su propia memoria relacionada con el texto y active sus imágenes, voces e historias. Si el lector participa, gana el relato”. Ahí está todo. El propio Klíma, creo recordar, Nancy ponme con el ministro, se lo espetó en frase recién salida de la brasa: “Cuando un pueblo ha vivido 40 años bajo una dictadura, ha perdido el sentido colectivo de honestidad”. Así nos dejó a todos el franquismo: secos de moralidad. Sus protagonistas, realmente, son gente normal que en conflicto armado empuñan un arma y se hacen viva máquina de matar en el sentido de Hannah Arendt y otros, pura banalidad del mal. La pomada social, al respecto, es conocida: “Resulta más cómodo pensar que el mal es una normalidad, una avería en el otro de la que los demás estamos a salvo”. Él también lo escupió en el suelo de otra manera, centro del charco, como tabaco malo: “Es la banalidad de la obediencia ciega, sin matices ni letra pequeña. Criticamos a los nazis pero en el fondo nos gustan los obedientes; son los que prosperan en las empresas, que prefieren el disciplinado al crítico”.
Solía salvarse un sábado por la tarde con un libro recién comprado y una mujer desconocida. Los domingos fueron un buen matojo de periódicos atados. Entendió su casa como una pensión (“Pensión Lobo. Habitación 12”) y así se vio de prestado, con lo puesto y sin equipaje. Fue un periodista enorme que nos deja huérfanos, heridos, nublados, desamparados. Viejo arte de escribir y peinarse con los dedos. Viejo arte de apartar una bala del lugar de la legaña en cada destino. “Lo que no se recuerda, desaparece”, vino a decir. Peleó contra sí mismos y sus juguetes inofensivos (patitos de goma en la bañera de niño con mucha espuma) fueron ausencias, fantasmas y recuerdos desordenados. No trepó por la cucaña, Nancy, a pesar de que el ministro hubiera asentido, seguro. “Jamás compraré espejismos que me roben la realidad en mis últimos meses de vida”. Gigante.