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Los médicos y el amor al prójimo

Beatriz Reyes Nevares
domingo 26 de octubre de 2008, 17:21h
En memoria del Dr. Eduardo Cesarman

El dolor, los dolores unen y reúnen. El sufrimiento despierta solidaridad y amor al prójimo, comunicación entre los pacientes que aquí en la unidad de rehabilitación del IMSS nos encontramos todas las mañanas muy temprano y nuestro sufrimiento disminuye, no solo por el cariño y el cuidado del los médicos y fisioterapeutas, de la audióloga y de todos, los que allí laboran. No es difícil darse cuenta si se sale de sí mismo, que hay enfermedades y padecimientos como los de los jóvenes, de niños y de hombres y mujeres en edad productiva que verdaderamente luchan por recuperarse, y que ya cuando se es mayor, pero hay ilusiones, también hay logros.

Estamos inmersos en el mar de la propaganda y los intereses sociales, como el común de las gentes. Ni más ni menos. Hay una industria médica, que es la de los laboratorios, los enseres, los aparatos, el instrumental…pues bien, esta industria tiene en sus manos a los profesionales de la medicina. Le impone patrones de conducta y de consumo. Se prescriben medicamentos nuevos que no modifican notoriamente a los antiguos, por el solo hecho de que son nuevos. Y se equipan los consultorios y las clínicas con una serie de trebejos frecuentemente superfluos, que prestan un servicio semejante al de los antiguos, pero que están de moda. Es curioso cómo estos aparatos en lugar de tener un foco verde ahora lo traen azul, y así por el estilo; llaman la atención de la gente y ésta ha sido condicionada por la propaganda comercial a exigir su uso. Son análogos a los “chiqueadores”, al gorro rojo o al cucurucho de los brujos. No tienen por sí mismos una eficacia superior, pero los pacientes (y los propios facultativos, digo yo) se la atribuyen…”

“Vienen pues las necesidades. No son necesidades profesionales ni menos científicas. Son meramente sociales y tienen mucho subjetivo; pero el médico suele sentirse obligado cumplirlas. A satisfacerlas. Es lo mismo que sucede con los automóviles: hay quienes se sienten infelices si usan un modelo del año anterior. Pues otro tanto, acontece cuando no se posee el ecocardiógrafo más novedoso, las máquinas para las tomografías y las resonancias magnéticas.

Esta situación no es apetecible por que priva al médico de autonomía. No actúa de acuerdo con su ciencia y criterio, sino de conformidad con dictados que le llegan del exterior: desde campos que no son los suyos. Esto se reflejan en insatisfacciones personales – salvo cuando se trata de algún médico que es de suyo propenso a dejarse avasallar por los sistemas publicitarios -, y produce consecuencias que no favorecen a los pacientes. Llega a incurrir en tratamientos excesivos por que el enfermo no quedaría contento si no lo sometieran a una serie de procedimientos cuanto más elaborados y misteriosos mejor. Lo mismo pasa con los procedimientos de diagnóstico: se acude a grandes medios cuando solo haría falta algún método tradicional. Y no siempre esos “grandes medios” son enteramente inofensivos. Con ellos ciertos médicos tecnócratas tratan de justificar un cientificismo mal entendido a la vez que pretenden satisfacer una necesidad falsa, que se ha creado en las conciencias de los grupos económicamente privilegiados de enfermos acerca de lo que la medicina debe ser.

Afortunadamente en los hospitales públicos si hay todos los recursos y los médicos se entregan con sentido humanitario a la atención de los pacientes. Y no sólo curan, sino que ante todo previenen antes de que se tenga que llegar, casi siempre por accidentes a este sitio.

Beatriz Reyes Nevares

Periodista y analista política

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