¿Está loco don Quijote de la Mancha, o se hace el loco? Si lo segundo, carece absolutamente de realismo, como ocurre a quien no comulga con las costumbres sociales. Al pasar hace un rato por delante de la preciosa iglesia burgalesa de San Nicolás de Bari, a cincuenta zancadas de mi casa, me he preguntado qué me pasaría si arremetiese quijotescamente contra las emperifolladísimas jóvenes que esperaban a la puerta para asistir a la boda con vestidos donde casi se ve el lugar donde la espalda pierde su casto nombre, y qué aventura le acontecería al cura, que es mi amigo, si prohibiese esa descastada vestimenta a quienes van a darse un sí ante Jesucristo Al día siguiente el Diario de Burgos, el Correo de Burgos y la prensa aledaña de la provincia le pondrían a parir, o al caer del burro de Sancho, si es que tenemos la suerte de que no nos clave en la pica algún elegetebeo.
Este hombre exageradamente enteco, asténico y espiritado, que come poco y duerme menos, y a quien del poco leer y del mucho estudiar se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio, apaleado varias veces, con algunos dientes perdidos en las refriegas, es el Caballero de la Triste Figura. En este mundo en donde apenas se encuentra cosa alguna que esté sin mezcla de maldad, embuste y bellaquería. Y en el que hay unos encantadores que todo lo alteran según oscuros designios conspiracionistas, Don Quijote se siente víctima: “Yo nací para ejemplo de desdichados y para ser blanco de la mala fortuna” (II, 10), por eso “doquiera que estamos lloramos por España, que en fin nacimos en ella y es nuestra patria natural” (II, 54).
El caballero andante supuestamente perturbado, cuyas ideas son mejores que sus ideaciones, sabe muy bien sin embargo con plena lucidez de qué va la cosa: “Yo, Sancho, nací para vivir muriendo, y tú para morir comiendo” (II, 59). Después de la aparatosa caída en la aventura de los molinos, Sancho atiende a las heridas de su amo pero Don Quijote no se queja “porque no es dado a los caballeros andantes quejarse de herida alguna, aunque se le salgan las tripas por ella”. Hasta el pragmático Sancho reconoce que “este mi amo es un loco de atar, y aún también yo no le quedo a la zaga, pues soy más mentecato que él, pues le sigo y le sirvo” (II, 10). Por lo demás, ¿quiénes son los locos, los atorreznados consumistas, o los idealistas antropológicos?
Pero la vida sigue; el pancismo y el sanchismo (dicho sea sin segundas intenciones) componen la vida estampa del sanchopancismo: “digan lo que digan sobre el quijotismo de los españoles, no es don Quijote el que se siente más cercano, sino Sancho Panza”(1), y váyase el muerto a la sepultura y el vino a la hogaza, el muerto al hoyo y el vivo al bollo. La dieta de nuestro caballero es monótona y pobre cual corresponde al estoico que no vive para comer, sino que come para vivir: “Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón (ensalada con carne picada, cebolla y sal) las más de las noches, duelos y quebrantos (huevos con torreznos) las más de las noches los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos”.
¿Es esto locura? Según Unamuno, que también loqueaba lo suyo, la locura del caballero no fue sino una suerte de idealismo extremo, y su propuesta es que debería extenderse la ‘locura’ quijotesca para vencer a su contrario, la peste del sentido común (2), de ahí la designación unamuniana de “Nuestro Señor don Quijote”, o de “San Quijote”. Dicen que de santos y de locos todos tenemos un poco, lo que se ratifica por antonomasia en el caso del Ingenioso Hidalgo, después del cual podríamos añadir que de sanos y de Quijotes todos tenemos también un poco. No sólo el mismísimo Sancho se fue aquijotando día a día porque la locura es contagiosa, también el Quijote se “ensanchó” al recobrar la triste lucidez pragmática tras su regreso a casa. Sin embargo, no rezó ochenta paternoster y otras tantas avemarías, salves y credos, acompañados cada uno de ellos de una cruz a modo de bendición, porque eso no cuadraba con la piedad de don Quijote, heterodoxo incluso dentro de su ortodoxia. Falta saber si aquellas penitencias más o menos habituales por la época no constituían ellas mismas una locura.
Qué difícil sigue siendo la salida de casa del aventurero idealista desde las Cruzadas. El afecto familiar fue uno de los motivos disuasorios más importantes para los cruzados, pues algunas esposas especialmente decididas encerraban a sus maridos para impedir que tomaran la cruz y el camino. Las esposas tenían motivos justificados para quejarse, pues los maridos cruzados permanecían lejos del hogar no menos de dos años recayendo sobre la consorte la responsabilidad de administrar el castillo, los hijos y las propiedades familiares con la ayuda de los oficiales, así como de mantener ingresos y privilegios en un periodo en que vecinos poderosos recurrían a la fuerza para conseguir lo que deseaban. Por si fuera poco, con frecuencia no se respeta la inmunidad legal concedida a los cruzados, pues debajo de la capa lo mismo podían ir el empingorotado personaje, el ciudadano inofensivo, el matachín de los barrios bajos, o el escapado de la prisión. Y ellas con el cinturón de castidad en muchas ocasiones.
El Caballero del Verde Gabán hace un certero diagnóstico de la locura atribuible a don Quijote: “Lo que habla era concertado, elegante y bien dicho, y lo que hacía, disparatado, temerario y tonto. Un entreverado loco lleno de lúcidos intervalos” (II, 17). Como fuere, y a falta de un diagnóstico psiquiátrico moderno, don Quijote, por ser loco, dice siempre lo que piensa, aunque el resto del pueblo diga una cosa y piense otra. Mas ¿no es esto último la auténtica locura?
El Caballero de la Triste Figura es un ideal de humanidad, un hombre-libro para todos, aunque su Quijote sea un libro tan manoseado por los supuestamente cuerdos, que ha dado lugar incluso a citas falsas, la más famosa de las cuales es la que tanto se repite de “con la Iglesia hemos topado”, o “ladran, luego cabalgamos”..
Cervantes, el padre de la criatura, tampoco se preocupa demasiado del formalismo de la politesse: “Algunas de las supuestas erratas las pone Cervantes con toda intención para conseguir un punto de comicidad. Suele introducir ese efecto en las trasposiciones del vocabulario de Sancho Panza. El supuesto desaliño gramatical de Cervantes no es tal; lo hace porque quiere y porque de ese modo transmite una gran verosimilitud a las historias que cuenta. Lo mismo ocurre con el abuso de las figuras del lenguaje (pleonasmos, hipérboles, anáforas, paronomasias, etc). Es un error creer que esos tropos son siempre defectos o errores. La consecuencia es que, de esta forma el estilo del lenguaje es más parecido a como se habla, para bien y para mal”(3). Exactamente igual le ocurría a San Agustín en su particular cruzada.
Cervantes y Shakespeare murieron en el 1616, pero Shakespeare manteniendo su cabeza fría y su estilo un poco tiquismiquis hasta su muerte, mientras que Cervantes perdiendo la cabeza cuando recupera la cordura. Antes y después de Cervantes y de Shakespeare, lo cierto es que todos somos un poco locos, y quienes piensen lo contrario hagan una cata en el melón de su propia vida para comprobarlo, “the proof of the cake is in the eating”.
1. Miguel, A. de: Sancho Panza lee el Quijote. Sociedad española de conmemoraciones culturales, Madrid, 2003, p. 107. Es éste el mejor libro que he leído no “sobre” don Quijote, sino “con” don Quijote “desde” Sancho.
2. Ibi, p. 61.
3. Ibi, p. 137.