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TRIBUNA

Las llanuras

domingo 06 de agosto de 2023, 19:54h

Escribió Diego Medrano en su muro de Facebook una reflexión sobre el mes de agosto. En ella comentaba que empiezan los artículos de ferragosto, ‘a sudar tecla, a juntar palabras, a rellenar pantallas y a resucitar olvidos. Una letra detrás de otra, una palabra tras otra, una alegría permanente y mucho contacto con la gente. Para todos y para nadie, para el día y para la noche, para los muertos y los vivos, para los empachados y los hambrientos. Dicen que no se lee, mentira clásica y de la buena, un texto bello produce y producirá placer, así fue siempre. Empezamos, a salvo y a cubierto de nosotros mismos, caníbales del lenguaje, glotones del renglón, un teclado y toda la luz, el orden de la escritura y la palabra ardiente.’

Debajo, añadió un par de imágenes pop de sendos periodistas afanados en sus hojas y ordenador y máquina de escribir, entre las ilustraciones de novela pulp y los cuadros de Lichtenstein, para aminorar la presión arterial que tienen todas sus frases y armonizar con el periodo que comienza.

Agosto y el bello verano que ha llegado a su cénit. A partir de aquí, en el momento en que te encuentres leyendo esta línea, se dará paso a una lenta transición que irá cerrando todas las sensaciones que uno ha disfrutado breve pero intensamente, después de suspirar por ellas durante el resto del año. Nos iremos llenando de aflicciones benignas, o eso pensaremos para que no ganen peso. Los que siguen en la brecha, pero no publicando fotografías de sus destinos vacacionales, y saben de estos advenimientos, cuelgan en sus perfiles fragmentos de libros que atesoran lo esmerados que pueden llegar a ser los instantes veraniegos. Este de El jardín de los Finzi-Contini: ‘Me tumbé boca abajo en la hierba junto a la bicicleta, con el rostro ardiendo y escondido entre los brazos. Aire cálido y ventilado en torno al cuerpo tendido, deseo exclusivo de permanecer el mayor tiempo posible así, con los ojos cerrados. En el coro adormecedor de las cigarras, algún sonido no lejano se destacaba aislado: un grito de gallo, el restallido de telas producido, era de suponer, por una lavandera que se hubiese quedado a hacer la colada en el agua verdosa del canal Panfilio y, por último, muy cerca, a pocos centímetros del oído, el repiqueteo cada vez más lento de la rueda posterior de la bicicleta aún en busca del punto de inmovilidad.’

Igual que la contemplación de una llanura, dicho mes nos entrega su vastedad para los últimos retoques, para los compases finales que deberán ser los más afinados antes de que nuestro brío decaiga, aunque llevara un par de meses siendo aparente. Una medida de lo más eficaz es el hecho de contar y que nos cuenten. Las historias, las narraciones orales, dicho con la importancia de contracubierta de novela, permiten que volvamos a conceder el valor que olvidamos de lo cotidiano. En lo real y cercano podemos hallar consuelo en lo más sereno y reconfortante o en lo más descorazonador y extenuante, según el gusto de cada uno.

Estos días, tales propósitos los he visto reflejados en las páginas de una obra poco recordada. Narradores de las llanuras, de Gianni Celati, autor de cierta notoriedad entre la ola de escritores italianos que ocuparon espacio en las librerías de los años ochenta. Desde Gallarate hasta Chioggia, siguiendo el curso del río Po hasta su desembocadura en el mar, Celati va trazando su periplo narrativo a través de diferentes pueblos, ciudades y otras más pequeñas, pero ninguna escapando a la historia que ha corrido de boca en boca y ahora se renueva con nuestra lectura. Son piezas cortas, sin trascendencia o contenida en secreto. Son acontecimientos anormales y otros perfectamente sucederían en nuestro entorno o en el de segundos o terceros conocidos. La historia de los fantasmas de Borgoforte, la del radioaficionado y su amistad, un tanto fantasmagórica también, con una voz que le narra su isla en pleno Atlántico; los avatares del hijo de un campesino de Ferrara en pos de la vida natural, independientemente de lo que eso signifique; el encargo a un fotógrafo de conseguir la instantánea de las viudas de Ca’Venier, pues ellas, en sus visitas a los cementerios, se conoce que mantienen largas conversaciones con sus difuntos, y las voces de estos, con el oído atento, consiguen escucharse aun siendo uno forastero en esas tierras.

Uno ha vagado por las llanuras de Celati con sumo gusto, y recomiendo a quien quiera que emprenda la travesía. Me doy cuenta que las imágenes que más me han marcado de los relatos han sido las relacionadas con lo fantasmal, pero es que el paisaje tiene mucho de velo que amortaja o invita al carácter errante, también viajero, por esos escenarios asediados por la niebla y las filas de árboles y los desperfectos humanos, todos compensados por una extraña suerte y una necesidad de pasar el testigo a quien venga.
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