El verano arrecia sobre esta cosa de cosas que llamamos todavía España. Cuando viene algún fresco, saltan alarmas. Tuvimos una de esas borrascas con nombre propio y aire gélido, se nos decía, de origen polar, nada menos. En resumen, que hizo frío. Si se atiende a los periodistas parecería que el aliento del diablo iba a cruzar esta tierra yerma. El alboroto nos preparó para la semana siguiente en que el tiempo, cambiando según su costumbre, ascendió más allá de los cuarenta grados en todo el país de países o cosa de cosas o lo que sea que hayan decidido que debemos empezar a ser los arcontes de todo esto.
El periodismo se ha convertido en un atentado diario y sistemático contra el sentido común, supongo que la necesidad de atraer la atención ha ido afilando los énfasis hasta el espanto o hasta el ridículo. La primera norma de una buena educación es arrojar la televisión al correspondiente contenedor, discúlpenme que ignore el color del recipiente. Supongo que en este mundo donde todo es reciclable también podrá hacerse algo con tanta inmundicia electrónica. Habrán previsto algún estercolero para esa clase de morralla. Quise decir arrojar el televisor, pero me ha podido el impulso y he escrito televisión. Bueno, tómenlo – según dicen ahora – como un programa de máximos.
Cuando se hayan liberado del televisor no tendrán quien les recomiende que beban agua, si hace calor o se abriguen convenientemente, si hace frío, pero me barrunto que serán capaces de hacerlo por sí mismos. Y se habrán liberado de una carga incalculable.
En cualquier caso, todavía recibirán en su teléfono astuto una notificación de alarma de una u otra agencia gubernamental. A estas alturas ya habrán adivinado cuál es la segunda norma de una buena educación. En general, la buena educación pasa, en efecto, por eliminar lo superfluo, especialmente cuando entorpece nuestra vida o interfiere para sugerirnos constantemente una dirección. Arrojen al contenedor convenido su teléfono con todos sus dispositivos electrónicos. No me refiero al frigorífico, sino a todas las Smart-Things® (que es marca registrada de Samsung). Si son conscientes de que su inteligencia disminuye la nuestra, que es su alimento cotidiano.
Salgan luego a la calle, descubrirán que la cosa de cosas es su viejo país y que los Non-Player Character que aparecían en las pantallas son, en realidad, sus paisanos de siempre. Se abrirán paso de regreso a la realidad y empezarán a limpiar las palabras de la tribu del acúmulo de impúdica herrumbre que arrojó sobre la lengua el habla tortuosa de los señores de la imagen, quiero decir, de los fantasmas.
Es evidente que esa sencilla norma de liberación, que pide suprimir de nuestras vidas la falsa inteligencia de nuestras herramientas – para que sigan siendo nuestras – supone una verdadera revolución. No es tan fácil, lo sé, pero forma parte de su astucia hacernos creer que es imposible. Podemos hacer un experimento, para el que el verano es especialmente apto, consistente simplemente en desenchufar el televisor o apagar el teléfono móvil. En muchos casos, me temo, el gesto irá seguido de una inmediata crisis de ansiedad o de una auténtica angustia.
Si no soportamos la violencia radical del gesto de anular el dispositivo, tratemos de reducir sus aptitudes para hacer de la máquina un uso analógico. Entiendo que tampoco es fácil desprenderse de la sucesión incesante de fantasmas a razón de nueve segundos; que es lo que, según cálculos bien fundados, soporta nuestra atención. Salgamos, al menos, de las redes sociales y tratemos de soportar el FOMO (fear of missing out) para descubrir que vivimos entre naderías. Neguémonos a ver el mundo a través de la pantalla, no subamos imágenes a una u otra red social, limitémonos a presenciar lo que tenemos ante los ojos. La pantalla no es un cristal límpido y transparente, sino un tamiz sombrío o un poderoso medio de distorsión. Si observas la pantalla, no ves el mundo.
Los efectos sobre el lenguaje de esa oscura mediación son asombrosos, hemos olvidado el habla pese a que no dejamos de emitir una gris variedad de signos lingüísticos. Si logra, querido lector, dar alguno de estos pequeños pasos descubrirá que está recuperando el habla. Entonces, a lo mejor, volvemos a leer de verdad y la escritura – como esta que aquí practico – recupera su dimensión real. Es condición necesaria no volver a enviar un WhatsApp.