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TRIBUNA

Cosas de la edad

Juan José Vijuesca
miércoles 09 de agosto de 2023, 19:17h
Actualizado el: 08/09/2023 21:00h

Andaba a corta distancia de mis recuerdos, que dicho sea es una licencia que me tomo en época de recreo estival, cuando hasta mí llegó un ligero rumor. Al principio pensé en un petirrojo, pequeño pájaro atrevido y curioso, pero no fue el caso. Descubrí que se trataba del crepitar de un abejorro saciándose de néctar como si no hubiera un mañana. Por una de mis rarezas le conminé al zángano que pensara en los demás insectos que a buen seguro buscarían sustento en uno de esos jazmines que en pequeñas dosis puede ser, pero si al anochecer abusas de proximidad es como rememorar el Varon Dandy de hace un siglo.

Casi me desvío de mi intención hacia ustedes. Cuando uno se acerca a las evocaciones también lo haces a la edad que atesoras. Nada preocupante si con ello mejoras tu propio karma. De manera que fue en el amanecer de un día apacible de primavera cuando decidí llegar a esta parte del mundo. Algún tiempo después yo ya jugaba, como cada tarde, a los juegos de calle. Mi niñez fue y vino con aquellos amigos y amigas que hacían turno para quedar a diario sin necesidad de quedar. Todos sabíamos salir y entrar de nuestros juegos sin conocer más allá de nuestros propios sueños. El Sol acariciaba sonrisas con pantalón corto y en ellas, las niñas, sus trenzas confitadas hacían zigzag al socaire de sus remolinos. Recuerdo como la Luna del verano encendía las farolas de neón, de una en una, y la penumbra nos concedía el juego de las sombras jóvenes en aquellas noches teñidas de infancia, hasta que el sereno se convertía en una especie de flautista de Hamelín y el soniquete del racimo de llaves nos atraía hacia él como un imán de sabiduría nocturna. Y en los días de invierno, cuando la lluvia y el frío nos guardaba de calle, el vaho de los cristales formaba pizarras llenas de mensajes para cada cual de nosotros. Y allí quedaban nuestros ojos mirando aquél mundo sin ir más lejos.

Recuerdo un colegio con reyes visigodos para recitar y unas moscas licenciadas en vuelos sin motor revoloteando por toda la clase para deleite de quien, como yo, me distraía en imaginar lo que sería ir a bordo y tripular aquellos aviones alrededor de los quebrados y la tabla de multiplicar. Y un día, Don José, el Director, tomó mi oreja como si de un apéndice de goma elástica se tratase y hasta el encerado fui a parar para no sé qué explicar acerca de los afluentes de los ríos de España. Sin darme cuenta estaba ante un mapa físico lleno de aguas pendientes de desembocar hasta que yo los situara de manera correcta. Debí cambiar el curso de alguno en particular, pues Carlitos se puso muy contento al saber que por el pueblo de sus abuelos un río recién estrenado iba a pasar a partir de mi exposición. Aquello me costó el ayuno del día y fui castigado sin ir a casa a comer, aunque mi madre se presentó en el colegio con una tartera llena de lentejas que devoré entre el Tajo y el Guadalquivir.

Recuerdo, también, como era mi calle, nuestra calle, en donde la vida se sucedía mirando sin mirar atrás y el día de mañana Dios dirá. Y el cielo traía nubes de algodón y cada uno de nosotros viajaba con la imaginación almidonada por cuentos de hadas y tebeos de humor.

Las campanas de la iglesia, en armonía con los tules negros de velo y rosario, tañían el doblez de su acústica a los cuatro vientos y alas de aves daban repique a su vuelo alrededor de la torre alzada. Y el señor cura pasaba revista a los que siempre éramos por estar de monaguillos unos y otros de aprendiz de sacristán en la sacristía para enmendar casullas y otras vestiduras con el debido respeto al orden y boato religioso. Y el catar el vino y comer los recortes de las hostias sin consagrar haciendo que hacíamos por disimular la merma en la botella. Y las misas de domingo y fiestas de guardar en donde no faltaba la tregua para el rezo y la plegaria al otro lado del altar.

Recuerdo bautizos de pila y ofrenda y carreras detrás de los padrinos de la criatura “padrino roñoso eche la mano al bolso”, “eche usted padrino, no se lo gaste en vino” y como moscas cojoneras creando azogue obligábamos al susodicho a lanzarnos calderilla al aire mientras el señor cura refunfuñaba al ver las monedas rodar por el suelo alejándose cada vez más del cepillo de la iglesia.

Después, casi sin tener un tiempo para más cosas, me quedé sin infancia. El tránsito de la vida se adueña de la persona y te ves crecer entre las gramáticas avanzadas y las letras convertidas en historias de papel, hasta que los fieles lectores descubren como los sueños de infancia nos devuelven el gozo de nuestros mejores recuerdos. Disculpen la licencia. Son cosas de la edad.

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