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TRIBUNA

Me ha mordido un perro callejero, o quizá una perra

viernes 18 de agosto de 2023, 19:55h

Lo que les traigo a colación a continuación no es un relato onírico ni un mal sueño de la pasada madrugada, sino que acaba de ocurrirme hace tres horas en plena luz del día.

No sé por qué, pero hoy me ha clavado sus colmillos un can a quien no tenía el gusto de conocer. El percance tuvo lugar yendo un servidor de regreso a casa al toque de rancho de las dos de la tarde por la Plaza Mayor de Burgos, donde se encuentra la estatua del feísimo Carlos III, que en compensación fue el mejor alcalde de Madrid, aunque según dicen los historiadores, como siempre sin ponerse de acuerdo, también el peor rey de España.

El mendigo, de provecta edad y con las posaderas en posición de descanso, se estaba comiendo con toda delectación un helado sobre un poyete que sobresalía de la heladería. Junto a él acampaba su perro callejero, galgo flaco y con cara de pocos amigos, relajado porque su amo le había dejado a su lado con la correa floja, descuidada. Sin embargo, apenas me vio, se abalanzó sobre mí tirándome un descomunal bocado que atravesó mis pantalones y dejó en la pierna el recuerdo de cinco dientes y cinco hileras de sangre, que no eran precisamente cinco jazmines adolescentes como los memorados por Miguel Hernández durante su estancia en la cárcel, de la que no salió vivo.

Asombrado por la sorpresa y dolorido por las cuchilladas, pero tranquilo y sin rabia contra el perro (el suceso ha ocurrido este medio día, como digo, y todavía no sé si tengo rabia de verdad porque no he ido a urgencias), le dije en tono normal al dueño que si no se había dado cuenta de lo que había pasado, no ocurriéndosele al hombre otra cosa que golpear y gritar al perro: “Te he dicho que eso no se hace”, lo que me indujo a pensar dos cosas: la primera, que el perro en cuestión era muy desobediente, y la segunda que no era la primera vez que el chucho daba rienda suelta a su fiera fogosidad antihumana.

En la terraza del bar junto al cual tuvieron lugar las cosas, “el día de autos”, o sea, hoy mismo, había dos jóvenes mujeres tomando el aperitivo que se indignaron muchísimo por lo que vieron. Una le gritaba al perro y a su dueño alternativamente, al perro le amenazó con un “te voy a arrancar los huevos”, y al dueño casi lo mismo, aunque prefiero no acordarme; la otra joven, madre de una hija al parecer, increpaba al devastado mendigo con cara de perro miméticamente y a mandíbula batiente: “Hijo de puta, si le llega a morder a mi niña, te mato”. Entonces, un poco irónicamente, y antes de que me matara a mí mismo por el mismo precio, dado el grato de irritación en que se encontraba, osé musitar esbozando una sonrisa: “¿y por qué no me adoptas como si fuera tu hijo?”. Lo cierto es que, con toda esta mamitis y filiitis de nuestra era, nuestros niños-mascotas son el único criterio de moralidad y de legalidad, la medida de todas las cosas. Para lograr que alguien se acurruque en un sofá y ponga el broche final de la jornada con un atracón de capítulos o de tuits del último ‘true crime’, antes es necesario cierto proceso de deshumanización.

Lo que no puedo negar es que no me esperaba semejante cuadro. De la primera joven me extrañó su solidaridad, pues no me conocía, así como su grosera violencia verbal. De la segunda, su egoísmo, tan típico en nuestros días: su compasión hacia mí era una compasión hacia su hija en una situación imaginaria. Cuánto se aprende de la gente de la calle en pocos segundos, más que estudiando algún mamotreto académico.

Mientras tanto, el vagabundo anciano estaba muy cascado por la vida a esas alturas, y no parecía tener lucidez ni cultura suficientes para entender la situación propiciada por su animal de compañía. Pero ¿y el perro, quién había enseñado a la fiera a lanzarse contra el inocente viandante? El perro, el muy cabrito, por decirlo suavemente, más parecía una garrapata inmóvil que desde hacía años hubiera esterando esperando mi paso por allá para abalanzárseme. ¿Instinto o mala educación? Si el perro hubiera estado bien educado y tratado como un pequeño príncipe, ¿habría tenido un comportamiento tan descortés con un pobre filósofo que daba su paseo matutino por prescripción facultativa? De ser así, y puesto que hay hombres que muerden como perros y perros que muerden como hombres, ¿habría que educar a los hombres como a perros y a los perros como a hombres? Alguna vez he contado que, en orden a la educación conjunta de perros/perras y a sus dueños/dueñas, cada vez que veo depositar sus excrementos en la vía pública a esos animalitos, me acerco al descuidado paseador de los cánidos: perdón, pero a su perro/perra se le ha caído eso”. En general me va mal, como le ocurre a quienes se atreven a ejercer el oficio de ciudadano o ciudadana. Y hasta podría publicar, si tuviera la pericia de mi amigo Gerardo Mendive, un interesante anecdotario al respecto, pues por nuestras cagadas (las de amos y animales) se nos conoce.

Pero hasta ahora estaba hablando en género masculino, es decir, de perros y no de perras, aunque, francamente, para posible desesperación de las inflamadas neofeministas, yo no me fijé mientras tanto en el sexo de mi agresor. Cuando alguien canta con los pechos al aire, hombre o mujer, lo que espero es que cante bien. Bueno estaría que para aplaudir el arte de Platón o de Aristóteles les pidiera que se abriesen la camisa y me mostrasen sus pectorales, que Platón debía de tener muy bien desarrollados por su cultivo en los gimnasios, por cierto. Lo que hay que abrir es la inteligencia. Del mismo modo, tampoco sería mucho mejor este artículo si lo escribiera con mis partes pudendas al aire para reivindicar mi propia libertad existencial. ¿Seré LGTBIfóbico por esta inocente apostilla?, ¿o un taimado conspiranoico?

Por lo demás, y de momento, a estas horas del presente día, camino bien, sin necesidad de garrota, sobre todo porque no me gustaría utilizarla para liarme a garrotazos con nadie, aunque me asistiera la razón y nada más que la razón.

Sea como fuere, nunca tuve perro, pero no soporto a quienes les apedrean. Por lo demás, los perros que me gustan son como el de Ulises, llamado Argos, del cual sabemos por Homero que en Ítaca, habiéndose dado por muerto al héroe griego tras haber pasado veinte años tras la Guerra de Troya sin noticias de él, llegó a su añorado hogar disfrazado de mendigo sin que nadie le reconociera, excepto su fiel Argos, escena que el canto XVII de la Odisea describe así: “el perro, descuidado y moribundo, mueve su rabo en señal de reconocimiento para, a continuación, caer fulminado a sus pies definitivamente”.

Mas, volviendo a lo anterior, ¿cómo podríamos educar y ser educados en esa fidelidad sin que los más tontos del lugar la entiendan como una manifestación de servilismo? “Fiel será mi perro”, me dijo en cierta ocasión con abierto desdén uno de aquellos enanos respecto de la fidelidad entre los seres humanos, para el cual la infidelidad era la cumbre de todas las virtudes.

Por lo demás creo que esta vez va a haber suerte y no van a tener que amputarme de la rodilla para abajo.

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