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Alfredo Marquerie, escritor brillante

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
Alfredo Marquerie Mompín nació en Mahon (Baleares) el 17 de enero de 1907. Más tarde se trasladó a Madrid y se doctoró en Derecho el año 1928. Falleció en Madrid a los sesenta años, víctima de un accidente de coche. Conducía Pilar, su mujer, y ninguno se salvó. Los que nos dedicábamos al teatro en aquellas fechas, no podemos olvidar a aquel escritor de una personalidad inigualable, muy acusada y polifacética, que se distingue, ante todo, por su amplia cultura y su temperamento activo, vehemente y apasionado.

En mis comienzos como autor de teatro, si no contabas con el visto bueno de Marquerie, a la sazón crítico, primero de Informaciones, luego en su larga etapa de ABC y después en Pueblo, estabas perdido. Era una época donde los críticos tenían sabiduría teatral y pluma. Las críticas se hacían al terminar los estrenos, cosa que preocupaba a los directores de periódicos. Convivían con las gentes de la farándula. Leían en francés e inglés y estaban al día, de los textos que se exhibían por ahí fuera. Yo venía de un fracaso notable en el teatro Comedia de Barcelona. Aquí la obra se repuso en el Ateneo, por el TEU, constituyendo un fantástico pateo. Pero ¡oh milagro! Allí estaba Marquerie presenciando la función. A pesar del enorme fracaso, salió al día siguiente en ABC echando las campanas al vuelo y profetizando, que había nacido un autor con futuro. Lo contrario a la opinión de la crítica catalana. Yo tenía unos veinte años. Algunos meses más tarde se estrenaba, en plan comercial, en el teatro Recoletos con una compañía que formó la actriz Ángela María Torres. Revestido de humilde cura de pueblo, me presenté en casa del obispo Marquerie, para darle las gracias y él me dio su bendición. Desde aquel día, a pesar de la diferencia de edad fuimos amigos. Alfredo se tomaba su sabiduría teatral muy en serio y no dejó nunca de interesarse por mi producción. Alguna vez, le mandé mis textos antes de estrenar. Ël a su vez, me introdujo en el oficio, presentándome a actores y empresarios. La recomendación resultaba valiosísima. En la profesión la opinión de Marquerie era garantía suficiente.

Defendió el teatro anglosajón del momento. El francés clásico y el alemán de vanguardia. Dentro de lo que dejaban ver en aquellos momentos, por culpa de una idiota censura. Se equivocó al negarle el pan y la sal a Ionesco. Por defender al teatro del absurdo de Mihura y Tono; NI POBRE NI RICO y sobre todo TRES SOMBREROS DE COPA, textos anteriores a LA CANTANTE CALVA, LAS SILLAS o LA LECCIÓN. Marquerie saboreaba más el humor de Mihura por la poesía que llevaba dentro. No llegó a conocer EL RINOCERONTE ni EL REY SE MUERE, lo mejorcito de Ionesco, que además de crítico era francés y eso culturalmente impone. Acertó en la lucha personal, defendiendo a Jardiel contra sus muchos enemigos. Su pasión fue el mundo del Circo del cual escribió varios libros. En múltiples ocasiones actuó con fines benéficos subido en lo alto de un elefante o haciendo una entrevista dentro de la jaula de los leones. Sobre este mundo circense ha escrito reportajes que reflejan momentos intensamente vividos.

Durante veinte años fue redactor –jefe de NODO. Colaboró activamente en radio y televisión. Corresponsal de guerra. Escribió medio centenar de libros de poesía, crítica, novela, cuento, biografía y ensayo. También fue director teatral y adaptador de los clásicos.
Yo les acompañaba habitualmente a tomar unos chatos en una taberna situada en la esquina de Augusto Figueroa, muy cerca del Infanta Isabel. Apoyados en un barril utilizado de mesa, según costumbre, charlábamos de la crisis que padecía el teatro. Por cierto, ahora que todo el mundo habla de la crisis que nos invade, tengo que manifestar; que hay crisis en todo, menos en el teatro. Así es la vida.



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