Acude Feijóo al cuarto de la plancha del congreso leonino con su café recién bebido, con su nesquisk recién revuelto, con su corazón recién mareado, a proponerle al presidente un pacto para gobernar a medias, dos años tú, dos años yo, como si esto fuera un pueblo. Acude Feijóo con la gracia divina asomándole a los ojos gallegos (aquellos primeros libros de Luis María Anson dedicados a su santa: “A ti, Beatriz, que tienes la gracia de Dios siempre asomada a los ojos”) y una ingenuidad palmaria, escolar, párvula, infantil. “Yo he ganado las elecciones, yo he ganado las elecciones, yo he ganado las elecciones”, copia con letra redondita y clara en el cuadernillo moreno de todas las pajas.
Lo cantan analistas, lo cantan por las plazas ciegos de romance resultón, lo cantan meretrices y vendehúmos y azotacalles, sí, a la salida bronca de todas las tabernas: “Gana quien gobierna, pierde quien sigue rendido en la oposición”. No hay más, ni menos. No hay más democracia que la aritmética parlamentaria propiamente dicha, donde, a priori, puede pactarse con todos los señores y señoritas que copan un sillón del honorable hemiciclo, elegidos ahí por las urnas, que llamamos soberanía popular en los mamotretos a doble espacio y con letra de mecanoscrito, nada de pluma de ganso. Da igual que Feijóo proponga seis pactos que dieciséis que ciento seis: gana quien gobierna, gana quien pacta. El único pacto reside en que no lo echen quienes vienen empujando por atrás con las astas también recién desayunadas, brillantes por las ganas.
La Democracia, en mayúsculas, tiene algo de vieja o anciana que funciona con sus tiempos, perderlos en el timo de la estampita, es ridículo. En qué cabeza cabe que un pacto a la europea, entre las dos fuerzas políticas mayoritarias, puede realizarse en las presentes condiciones. Feijóo hace lo peor que puede hacer un político: aferrarse al dato. Un número que indica, sí, que obtuvo más votos que el contrario, pero sin más victoria. Enrocarse en el dato, como un tecnócrata más, impide la picardía, la picaresca, la radiografía de justo eso, una victoria pírrica, si acaso, aquella que ocasiona grave daño al vencedor y casi equivale a una derrota. Feijóo acude con sus bombachos recién planchados al monipodio diputacional, con su rayita del pelo bien hecha, con su corbata dispuesta y una ilusión en la pupila que es puro embeleco en el desierto, el oasis que solo existe en su cabecita, la isla rodeada de palmeras y con olor a nenuco en mitad del secarral, evaporada en las dos primeras frases corteses, como quien llega a casa tras una noche en el after y ve a un indio en el espejo del cuarto de baño que sigue cantando reguetón.
Sigamos con las reuniones, sigamos con el recreo, te cambio el cromo de Futre por una peonza, te cambio una piruleta por el disco de Fofito. Hay quien sostiene cómo toda ralentización temporal es baladí, imposible, porque el tiempo sigue sin ti, porque todas las horas hieren y la última mata, tal y como tenía Baroja escrito en su reloj de cuco del pasillo. Paciencia y barajar, conocida regla del naipe, debería tener otros afluentes, otras miras, otras picardías pegajosas, otras maldades. Resulta algo siniestro recibir a Jaimito en el palacio de la Moncloa para decirle: “No, no y no”. Feijóo, rodeado por los palmeros, es más niño todavía. Nadie le hace frente. Nadie coge el toro por los cuernos. El personal anda a escondidas y sin dar la cara, riéndose de él. No tardará en caerse del cartel y esa, claro, será la oportunidad de muchos. La política como lo que siempre fue: “Una larga, larga, larga paciencia”. Lo que ocurre en el arte del esperar, sí, es que algunos lo hacen con un puñal entre los dientes y otros con un globo rojo que cuelga del maxilar.
Feijóo no se entera de nada. La caída del caballo, la caída de la venda, la conciliación con la realidad, será tremenda. Un meteorito. Un miocardio. Un susto letal. El diálogo necesita preámbulos o cortesías, todo pacto requiere aperitivos y tapas calientes, ligar va precedido de verba gentil y muchas sonrisas en sintonía. Presentarse allí en frío, con cara de croqueta, y un cuadernillo Rubio con seis apuntes que también caben en una servilleta, es muy de Arévalo. No lo veo. Nadie lo ve. Incluso la pátina o flash que pudiera tener en la opinión pública de galantería y cortesía y buenos modos y mejor tono, jamás llega a tomar cuerpo. Así pasó lo que pasó: el intercambio de manos blandas, el intercambio de miradas que no se cruzan, el intercambio de voces que se superponen, el rechazo de los trajes entre sí, la burla de unos zapatos contra los otros, el desastre mayúsculo de explicarse para no ser escuchado, porque todo fue una pura guardería.
Feijóo podría haber ido con los seis puntos a la iglesia granadina donde la madre de Rubiales bebe agua y no come, todo un drama lorquiano, granadino y efervescente. Lo más probable es que, en el último punto de Feijóo, la señora pidiera un asado a Salamanca. El sueño es preámbulo del hambre. Lo mejor es que Feijóo hubiera ido con la lista de la compra a ver a Rubiales, con una nueva jurisprudencia sobre el delito del beso, sobre la gramática del pico, sobre la huevina a la hora de hacer tortilla de patatas desde los palcos reales. “¿Y por qué le llaman Rubiales si es calvo?”; “¡Porque puede salvarse por un pelo!”, dicen en las tabernas donde Feijóo, seguro, no desayunó hoy. Una pena lo de este hombre. Le toca hacerse mayor. Crecer es el oficio más triste posible.