De espaldas a las promesas, a las aseveraciones, a la galería, se realiza eso que aún hay quien llame política por no terminar de encontrarle definición más acabada: esos acuerdos que desmienten la electoral cháchara, las posturas que emulaban solvencia y que hacen de la democracia un paño en el que ensayar carambolas que no resultan convenientes para el electorado. Vamos, que andan haciendo que resuelven lo de todos cuando apañan lo de muy pocos.
Entre ese mercadillo de conveniencias y la audiencia media el ruido, el show, el entretenimiento (deportivo, ideológico, de cotilleo; todo vale). El “vermut con papas fritas”, que decía el genial monologuista y actor argentino Tato Bores: un tema que finge seriedad, emocionalidad, que requiere compromiso, es decir, atención. Mucha atención. Un tema repetido mañana, tarde y noche y retransmitido por subconsciente. Lo real convertido en irreal. O al revés. Como sea, el resultado es el mismo: un mediático agujero negro de la irrelevancia que traga la atención del público de aquellos asuntos relevantes.
Ni siquiera en Roma, escribía Aldous Huxley (Brave New World Revisited), “había nada parecido a la distracción ininterrumpida que ahora proporcionan diarios y revistas, radio, televisión y cine [e internet, cabría añadir]. En Brave New World se utilizan deliberadamente distracciones ininterrumpidas de la naturaleza más fascinante… como instrumentos de la política, con el fin de evitar que la gente preste demasiada atención a las realidades de la situación social y política”.
Marche, pues, un escándalo por allí, a tono con los temas de turno.
“Un ‘te quiero’, una caricia y un adiós
Es ligero equipaje
Para un tan largo viaje…”
Muy novelesco, muy demodé. Algo más… Más de ahora, por decir algo. Más vulgar. Algo que de por lo menos para una semana, incluso dos.
Pues algo habrá que ir pensando, que se escucha a Puigdemont cantar, usurpándole a Abba su tema:
“My, my
At Waterloo, Napoleon did surrender
Oh, yeah
[Vaya, vaya
En Waterloo Napoleón se rindió
Oh, sí]”
Hay que estirar esto del fútbol y el beso y la indignación como sea.
A sus órdenes. Marchando una de huelga de hambre con altar en formato político-chimento-deportivo-tertuliano.
Sobrevuela aquello de que “… el Consejo de la República insta a todos los partidos y entidades independentistas a acordar una estrategia conjunta que impida la investidura de cualquier presidente español si antes no existe un compromiso claro con el derecho a la autodeterminación y amnistía de todas las personas represaliadas con motivo del proceso de liberación nacional de nuestro país”.
Y en el horizonte, ‘saneado’, Otegui posando para Lehendakari.
Y…
Más, y más alto, entonces. Y con ritmo de candombe, de ese que cantaba Abelardo Castillo:
“Siga el baile, siga el baile
Con ardiente frenesí;
Un rumor …”.
Mientras todos bailan al son de la nada elevada momentáneamente a rango de hecho fundamental, otros hacen ese juego de las sillas; pero aquel en el que unos se las quitan a otros, otros las comparten con quienes decían que ni un cigarrito en la puerta del café y, además, con la música que no les iba ni les va. Ese juego en el que siempre, indefectiblemente, quedan de pie la mayoría de los votantes – sin vermut y con un espectáculo donde quienes se creen apenas audiencia, son mercancía.