Cuando a mediados del pasado siglo comencé mis pobres estudios, ser de ciencias (científico) se oponía a ser de letras (humanista); ambos se jactaban de su recíproca ignorancia del campo ajeno. A los catorce años se nos obligaba a optar por lo uno o por lo otro, algo que verdaderamente he deplorado toda la vida.
Pero ser de letras, adscribirse a las humanidades, a la humanitas, consiste o debería consistir en tratar de participar de la condición de homo, de considerar todo lo humano como propio y todo lo propio como humano. No se puede ser de letras si no se es de ciencias, ni de ciencias sin ser de letras, y por ende a la vez interesado en el trivium y en el quadrivium, aunque nadie pueda aspirar a alcanzar la sabiduría en todos los ámbitos de su vida con la misma intensidad.
Los humanistas del Renacimiento, definidos técnicamente en la historia del pensamiento como geisteswissenschaftlich, sentían gran admiración por la antigüedad clásica, por el latín y por el griego, como Erasmo, y por la cultura entera, intelectual, moral, estética. Poco a poco, en la Venecia de mediados del siglo XVI, un grupo de escritores con formación humanista consiguió, tras no pocos esfuerzos y muy contra corriente, ganarse dignamente la vida con la pluma escribiendo sobre temas tan variados. Tan variados que por eso recibieron el nombre de poligrafi, algo que muy pocos han logrado desde entonces, y yo tampoco.
Los científicos (naturwissenschaftlich) tildaban por el contrario a los humanistas de anacrónicos, abstractos, llenos de vaguedades, repetitivos, incapaces de tomar el pulso de la experiencia profunda de las cosas: las humanidades serían inhumanas, así que, pian pianito, en el año 2000 había en USA seis profesores de letras clásicas para cada alumno de esta área, pues ¿cómo justificar la inversión del erario público en las onerosas plazas ocupadas por los profesores de letras, pagadas con el dinero de los contribuyentes? En el inconsciente colectivo las humanidades pasan de este modo a ser instituciones inútiles dedicadas a formar personas inútiles. Las universidades de ciencias, incluso las públicas, son hoy grandes consorcios empresariales que miden sus logros por la cantidad de dinero producido cada año. Convertidas en centros de capacitación profesional, los gobiernos las consideran política y económicamente prioritarias para el bien común, entendido este último como una forma de productividad rentable al servicio del sistema capitalista. Y de esta guisa la educación superior ya no es vista por los estudiantes como un ideal antropológico en sí mismo, sino como una etapa previa de formación para encontrar un trabajo bien remunerado: el dinero que se invierte debe ser recuperado con los mejores empleos posibles en un mercado laboral tecno/científico/económico. A nadie extrañará que el aprendizaje del latín y del griego hayan desaparecido casi absolutamente: ¿para qué diantres sirven laboralmente los humanistas, y qué utilidad pueden ofrecer a esta sociedad interesada en otras cosas?
A las universidades del siglo XXI se les exige ahora calidad, pero ésta se mide a través de indicadores cuantitativos de acuerdo con criterios no académicos, de ahí que se hayan vuelto corporaciones regidas por criterios administrativos, ya que el trabajo de los profesores se equipara con la productividad exigida a un empleado de cualquier empresa. En la jerarquía establecida entre los profesores son profesores “buenos”, premiados y reconocidos con recursos económicos, los que publican mucho, y “malos” por el contrario los que publican esporádicamente. De todos modos, no debería desprenderse de ello ninguna apología de la improductividad, como si no producir fuese sinónimo de calidad y sapiencia. La mujer del César no sólo tiene que ser honesta, también debe parecerlo.
Además, desde la perspectiva de quienes evalúan a los especialistas en humanidades, la investigación que éstos realizan debe equipararse a la que llevan a cabo los científicos, hoy considerados intelectuales de primera clase y por tanto mejor retribuidos que los de letras, que por eso mismo suelen carecer de autoestima y de reconocimiento social.
Lo que queda hoy de todo aquello suele ser, con excelentes excepciones, un humanismo desmayado impartido en las carreras llamadas de “humanidades” elegantes para gente fina que estudia arte en algunas instituciones públicas y sobre todo en las privadas para terminar colgando el título rimbombante en las paredes de su casa, o para hacer escalas con piano de cola en los salones. Se trata, en el mejor de los casos, de “ciencias de la simple información” sin capacidad ni poder formador ni transformador, sin contenidos existenciales, sabiduría inútil, erudita, superficial, desmayada, de calderilla, de la que podría volver a decirse con Marx que “si hasta ahora la filosofía solo ha servido para conocer, de ahora en adelante ha de servir también para transformar la realidad”. Humanidades burguesas: decidme de qué presumís, y os diré de lo que carecéis.
Pero la cultura humanista verdadera quiere tener hijos con la realidad, no sólo publicar libros en papel cuché y proporcionar diplomas y organizar graduaciones con birretes y togas en las interminables ceremonias de graduación con el gaudeamus igitur, que los titulados no saben traducir. La cultura humanista ha de ser personal-comunitaria en orden a la realización del lema todavía completamente inédito de libertad/igualdad/solidaridad, los cuales son los únicos rudimentos de la condición humana, las semillas de todo proceso humanizador.
Dicho de otro modo: humanidades que no sean capaces de pasar del humanismo al humanitarismo no son humanidades. No hay humanismo si no hay humanitarismo. El humanitarismo defiende que la gente tiene el deber de promover el bienestar y el bienser humanos, no lo primero sin lo segundo, ni lo segundo sin lo primero. Bienser es hacer bien el bien sin mirar a quien y sabiendo hacerlo bien. Si el perfil intelectual del humanitarista es el de la persona profunda, su perfil psico/afectivo es la empatía, la honestidad, el respeto, la solidaridad, la curiosidad y el pensamiento crítico. La doctrina humanitarista consiste en que todos los seres humanos merecen respeto y dignidad, antítesis del “nosotros más, vosotros menos, ellos nada”. El humanitarismo no sacrifica a ningún ser humano por algún objeto; es una filosofía de la razón práctica, cuya esencia reza: todo lo bueno que quieran ustedes que los hombres hagan con ustedes, háganlo también ustedes con ellos. Este precepto se puede encontrar en todas las grandes religiones, pero también es la regla de oro de ética que afortunadamente pueden abrazar igualmente los positivistas filantrópicos en el nombre de la mera razón.
Siendo esto así, el humanitarismo no es una carrera, una competición de galgos con la lengua fuera tras la caza de un ornamento fácil, ni un mero dis/curso de perros viejos que ladran sentados en espera de mecenas, sino un curso en cuyo transcurso se hace posible la dignificación y la mejora de la humanidad, con todo lo que eso lleva implícito de amor y de sufrimiento, de estudio y de sentido. Ese humanitarismo es el verdadero humanismo, y no el habitual expedido mercantilmente. Se trata de un humanismo cuyos diplomados, licenciados y doctores están decididos a abrir escuelas y a cerrar cárceles con escuelas que no sean cárceles. E incluso, en el caso heroico, a ir a la cárcel para que se cierren las cárceles, sin más.
Desgraciadamente lo que ocurre es lo contrario: que cada vez se abran más escuelas y que no valgan para nada. Y entonces la crisis de las humanidades, o la humanidad en crisis pasa a ser lo corriente.