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TRIBUNA

Después de las vacaciones

Juan José Vijuesca
miércoles 06 de septiembre de 2023, 19:47h

Después de las vacaciones siempre suceden cosas. Cuestiones domésticas que son un clásico tras la incorporación a la realidad de lo que somos. Un fregadero que no desagua. La lavadora que no centrifuga o quizás la persiana del salón que desobedece al interruptor eléctrico. Cosas menores, pero que alimentan frustraciones en horas de bajón. Por si fuera poco el internet de casa parece mucho más lento, perezoso más bien. Los móviles saturados de cientos de fotos que se almacenan en la nube mientras los amigos o familiares huyen del coñazo de tanta guía turística entre cuatro paredes.

Es la vuelta al todo y a la nada. El todo porque el ser humano es costumbrista por naturaleza. Y a la nada por idéntica tradición. Es la manera que tienen las cosas de mostrarnos que poseemos un cerebro dando órdenes a un esqueleto incapaz de arrancar. No es para menos. Hay quienes se abruman tanto que se obsesionan con perder peso porque se ven en un cuerpo que no es el suyo. A partir de ahí el humor pasa a depender del posparto vacacional y sus ambiguas consecuencias. Toca refugiarse en milagrosas dietas, pedalear en la estática hasta conseguir transitar con ella por el carril bici, el depurar los adentros como si se hubiera regresado de una remota isla del golfo de Bengala en donde el bufet es libre, pero cocinado por caníbales o simplemente han estado en el pueblo comiendo torreznos con vino de pitarra.

Efectos adversos los hay, que además no acompañan. Léase las derramas extraordinarias aprobadas en la Comunidad de Propietarios por primavera y cuyos frutos recaudatorios quedaron aplazados para septiembre como los higos tardíos. Son muchas las cosas alrededor de la inapetencia que se enmarca en una flojera de cuerpo y mente, sobre todo cuando por el agujero del bolsillo han huido hasta las extras venideras; circunstancia que trasciende en la economía doméstica por aquello de que son más las gallinas que salen que las que entran.

El problema es sentirse cuestionado y tener que demostrar cuan capaces somos en estar a punto para cualquier memez que se nos plantee. Estamos en una sociedad en donde todo se da por hecho, es decir, lo que siempre se espera de nosotros; sin embargo cuando me refiero a todo también me refiero a todos. La diferencia está entre los unos y los otros, o sea, los de baja nómina y los de clase alta remunerada. Por eso, entre otras cosas, regresar de vacaciones a “calzón quitao” no es lo mismo que hacerlo con el Financial Times bajo el brazo. Hacer un extraordinario es el capricho del currante, lo proverbial es crearlo.

Para muchos la vuelta es perversa. Es la teoría de la conspiración. Una especie de coronar el Everest en chanclas. Se muta entre el cazón en adobo playero y el café de máquina a un euro la tirada. Un año más toca confiar en la providencia apostando a la primitiva cuyo bote lo han engordado de manera artificial. Es cuando el laberinto del Fauno está cerrado por fuertes vientos y no hay salida para los débiles de espíritu. Las grandes ciudades se retroalimentan del pasado más reciente. Es la patología de quienes se han quedado en la última puesta de sol esperando un eclipse que apague los sueños prestados. Ahora, cada cual tiene que fabricar lo nuevo que no es otra cosa que lo de costumbre, porque la vida es repetitiva, una especie de ruleta sinfín que gira alrededor del destino. Es la aritmética que no viene en los libros, esa que se estudia siguiendo las miguitas de pan que nos conduce a la realidad del cómo, el donde y el cuándo. Es el único camino hacia nosotros mismos.

Después de las vacaciones uno se da cuenta de que todo está igual que siempre, quizás porque los inventores también se han tomado unos días de asuntos propios. Nada nuevo. Lo cierto es que a poco que se rasque podemos ver nuestras propias huellas de hace un mes, quince días o una semana cuando el juego de maletas marcaban rumbo hacia un destino que dejaba atrás la rutina de nuestro propio cuerpo como si en otro lugar, por remoto que fuera, vendiesen la dulzura eterna o el elixir de lo bueno, bonito y barato. Menos mal que somos inviolables sin menosprecio de nuestra estupidez y siempre dejamos algo sencillo para nuestro regreso a lo de siempre. Es lo que hay.

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