Muere María Jiménez a los 73 años, gata valiente, gata salvaje, gata con uñas. En los tiempos intelectuales del purismo musical, unos que había que cantar con la garganta hecha trizas como los flamencos, otros que mal hecho porque había que hacerlo con el diafragma como Sinatra, ella despejó todas las dudas ambientales: “¡Yo canto con el coño!”. Gitana rubia, gitana blanca, navaja y filo.
Fue la reina del desplante español, y así como el oso come del madroño, amor, me comes tú a mí todo el coño. Rubia letal, alas y no pies, mirada negra de pobre, tablao y ruina, vozarrón de camionero. Fue La Pipa, sí, por los tablaos sevillanos de Triana, al otro lado del río, donde el agua viene de arriba cuando nos metemos en la cama con paraguas. Niña gitana, princesa descalza, ángel rubio, niña cascabel, niña pandereta. Ella sola fue todo el empoderamiento femenino en los años machirulos y gañanes.
Fue nuestra Chavela Vargas: hizo de todos los palos uno, voz rota y cazallera, hombro de albañil que libera el chal, por bolero y bulería, por ranchera y fandangos, golpe de tacón que también lo era de melena, aquí mis dos ovarios como un par de melones y tú no te mueves ni un pelo, reina de la rosa y la espina, reina del tacón y de la purpurina. A Estopa afiló la barba mientras desayunaban galletas de parvulario, a Joaquín Sabina devolvió la calle y las esquinas, un tanto olvidadas por la pasta, a La Cabra Mecánica les quitó los coloretes y les pintó arrojo, morro, voluntad y ancla. Uno de ellos le daba conferencias con el representante, cambiar de representante o pillar otro más caro, hasta llegar a su espasa y larousse de charco: “El representante, chacho, es lo que llevas colgando”. Mucha María a granel.
En cierto trance, ya consagrada, dijo por televisión que la mortadela y las litronas estaban muy caras. Oh María, cara de liebre, bailaora de taberna, vino negro, noche azul, resaca rosa. Mucho la quiso el movimiento gay, liberado y poderoso, mucho subió la hostelería de proximidad, mucho se vendieron su veintena de discos duros y películas blandas, mucha superación personal enseñó al oído y por lo menudo, mucha risa contagió de boca en boca, con muchos dientes y mucho ruido. Chiclana fue tumba y brizo. Oh María, vestido de tirantes con cartuchera, tacones con bala, flor de calle y no interior, vaso largo y rubio americano, labios rojos y palabra encendida, un coño que ladra y aúlla.
Hizo ella más por el feminismo con un verso roto y cojo (“Se acabó”) que todo Simone de Beauvoir con su enciclopedia por fascículos. Qué cara está la mortadela verde, María. Qué cara la litrona morena sin burbujas, María. Maravillosa María, virgen quinqui de los suicidas, patrona y matrona de todos los desamparados, vaso vacío, cenicero lleno, cazalla y unas nubes blancas que pasan, un río de fortaleza eterna. Dijo en sus memorias (“Calla canalla”) que su número siempre fue el 7, María de los bingos desnudos y los amaneceres con suerte, hoy es día 7, la memoria de tu muerte salva a quienes no han nacido.
Quién, quién hará el trabajo debajo de tu falda. El roto de tu ombligo ya nos da la espalda. Maga indomable, mujer arrolladora, descaro y oro, román paladino en la verba despeinada, ortiga y beso, el siglo de oro fue para pocos pero la picaresca vino para quedarse, Sabina bailaba por María Jiménez entonado, los pies eran dos bandoleros de Curro Jiménez bajo su embrujo, la corbata un pájaro que acababa en el cuello del enemigo, la vida un puro y un trago, la noche un mar de amigos, ella sola inventó el “hashtag”, coz andaluza por lo fino, en los años en que se despenaliza el adulterio y llega el divorcio cariñoso.
María Santa de todas las resurrecciones, de las noches blancas cuando el colorao abunda, volcán al que jamás tasaron lava, corazón entregado y torbellino, poderío, revolcón, duelo. Huele a incienso y mantón el aire de tu ausencia. Huele a azahar y piel nueva la historia de tu cuerpo. Huele a gambas y purés fríos de La Fontanilla, Conil, en compañía de tu hijo bueno, guardián de tu web y tus letras torcidas, ese arte crudo que solo se aprende con faltas de ortografía, esa verdad honda que llaman duende y empieza a crecer desde el suelo, por los pies descalzos y sube, y arriba son dos manos y palomas blancas hasta el horizonte.
Copla, rumba, pachanga, nadie sabe ponerle etiqueta al frasco, pero sonaba en las discotecas y en todos los platós caros. Querida por el pueblo, amada por la masa, plumas que subían del metro en las grandes promociones, pieles amontonadas como montura y gurruño en las barras madrileñas, la vida sin piel y la gitana vieja que llevó de niña en el pecho, porqué esta niña canta como una vieja, porqué. La verdad única y poderosa de la lista de la compra, qué cara la mortadela, ofertas de litronas. Visceral, incendio rubio, el desdén y el aplomo, nada por delante, zarzuela y copla, balada y bulería. “Soy como Bambino pero con tetas”, dijo a otros teóricos del rollo. “Me he guiado por el corazón, la cabeza está para ponerse el sombrero”, aclaró en el idioma de todas las iluminaciones.
Escenario pequeño, los Garcia Pelayo haciendo planes con los ojos cerrados y los bolígrafos abiertos, de Sevilla a Barna en burro, de Sevilla a Madrid en carro, burro y carro, el éxito a mordiscos. Muere una alucinación. Muere una leyenda. Las palmas echan humo funerario. Los Chichos, Los Chunguitos y Las Grecas lloran vino.