En el siglo XIX J. Royce, uno de los grandes nombres de la filosofía estadounidense, volvía a señalar la tendencia a la nivelación en la nueva civilización industrial, un orden social en que la constante movilidad deshace todo arraigo y donde “los periódicos leídos por enormes multitudes contribuyen a una vulgaridad de espíritu banalmente uniforme”.
La nivelación o laminación de cualquier pliegue o diferencia ha avanzado inexorablemente contando con los instrumentos de la imprenta y la prensa escrita, los medios de comunicación de masas y las redes sociales que permiten la fantasmal presencia de cada uno en el espacio espectral de las pantallas, crecientemente inteligentes a costa de la inteligencia de los aparecidos. La “fábrica de consentimiento” que es toda sociedad gobernada por la opinión pública, se ha convertido hoy en una mecánica industria de la unanimidad.
La estandarización de todos los órdenes de la vida humana, que alcanza al carácter de los propios seres humanos perfectamente normalizados, se combina con una diversidad banal que enfatiza rasgos sin dimensión: vagamente estéticos y superficiales. Diferentes todos en la apariencia, somos profundamente iguales. Hoy se llama “personalizar” a añadir un color o un signo a un producto industrial – ejemplar seriado – o a estampar un signo en una prenda, en el propio cuerpo o en el teléfono inteligente que gobierna nuestra atención. Es la personalización aparente y despreciable de la era de la despersonalización real.
En el mismo sentido tenemos todos una opinión, que podemos tunear con los matices de nuestra voz, pero sin demasiadas exigencias gramaticales. Basta que se desencadene sobre cualquier fenómeno un primer gesto para que se produzca un deslizamiento en masa, un eco que replica al infinito el mismo movimiento. La muta incontable de unidades masivas, como esferas diminutas o petites boules de merde – por acordarme de Houellebecq – asumen su derecho a agregarse democráticamente en la ejecución de un mismo acto que se llama entonces viral.
En este contexto la singularidad residual supone un enorme riesgo. Ernst Jünger dice que, cuando las partículas se mueven en una misma dirección y a enorme velocidad, es enorme el riesgo de detenerse: es muy probable el impacto. Corre, opina, adelántate todo lo posible a cualquier otro en su misma dirección. Condena, juzga, desprecia o emociónate, clama y grita, aplaude o acusa en la dirección inquebrantable de la muchedumbre. Cualquier riesgo de matización, cualquier pregunta que suponga el menor obstáculo a la corriente masiva – mainstream – será arrollado por el enorme rodillo: el Scroll de las pantallas.
La enorme simplificación sufrida por las diminutas conciencias de los ciudadanos de nuestras democracias unánimes nos dota de opiniones sólidas, homogéneas, perfectas. Opiniones sin estructura e inmediatas que pueden ser emitidas al instante porque han sido prefabricadas. Este apocalipsis cognitivo (G. Brönner) arraiga en la pérdida de cualificación que conllevó el trabajo industrial y en el consumo masivo que exigió la nueva capacidad productiva, pero ha alcanzado su grado extremo en la era de las Smart Things – de la inteligencia de las cosas –. Vivimos en sociedades de idiotas casi perfectos que, encerrados en el antro estrecho de la misma opinión, manifiestan sus emociones desatadas mientras gestiona su conciencia la nueva inteligencia separada, la inteligencia artificial que absorbe nuestra vida gracias a un ejercicio de extracción que llaman minería de datos.
Y así unánimes, pero ufanos, somos cultivados para mantener al día un aparato técnico y económico que exige cada cierto tiempo una ceremonia de exaltación de la unanimidad, la viralización de nuestra respuesta clónica a un gesto intolerable, a un acto execrable, a una palabra innombrable o a un motivo ridículo. Entonces celebramos la gran fiesta de la democracia: la ceremonia recurrente en que se produce nuestra más perfecta reeducación.