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LETRAS, CEROS Y UNOS

El arte de palmar sin haber leído un libro

lunes 11 de septiembre de 2023, 20:19h
Actualizado el: 09/11/2023 20:37h

Leo en el Facebook de Diego Medrano que la recientemente fallecida María Teresa Campos no leyó un libro entero en su vida. De Rajoy decían lo mismo pese a que la oposición a registrador de la propiedad debe ser una buena cazalla legislativa. También de Suárez, que debía tener unas capacidades políticas innatas más allá de la cultura. Desayuno hoy mismo pasando vergüenza ajena escuchando al futbolista Álvaro Morata leyendo de forma deplorable (titubeando, sin levantar la vista del papel, sin respetar puntuación, cortando frases…) y me planteo cómo debe ser la existencia de alguien que no ha tenido el placer de haberse sumergido en una lectura profunda durante su vida y la haya acabado con ganas de ponerse a escribir otra similar.

Tengo una amiga psicóloga a la que le he preguntado directamente si ha habido algún paciente que le haya dicho que la lectura le esté sirviendo para evadirse mentalmente. Me contesta que no, que a la gente lo que le sirve es ver series y escuchar música. De leer nada de nada. La lectura, parece ser, es entretenimiento, lo mismo da leer el Hola que Crimen y castigo. Así nos va.

El trato que la gente tiene hacia los libros dice mucho cómo son. Otras personas dicen lo mismo de los animales, pero ahí yo no tengo tanto ojo. Personalmente siempre que llevo un libro de paseo lo hago en una fundita de plástico, teniendo mucho cuidado con que no se arrugue, doble o moje. Cumplo eso que dicen que el regalo de un libro es un delicado elogio porque así lo considero de verdad, y, en cierta manera, juzgo a las personas por cómo los tratan. Recuerdo a un afamado músico al que regalé uno de mis poemarios y tras unas cuantas horas junto a él se lo volví a arrebatar. Lo había tirado sin más sobre la cama de la habitación del hotel, no me gustó nada el momento posterior a haberle hecho el regalo, qué se yo, soy así. También me llevé una desagradable sorpresa al ver que un familiar que vive a muchos kilómetros de mi ciudad se dejaba aquí todos los libros que le regalaba sin habérselos leído, como si le molestase llevarlos en la maleta y luego tirarlos una vez llegado a su ciudad.

Hubo una lección fundamental en todo esto del libro y de cómo tratarlos. En mis tiempos de estudiante tuve que compaginar la carrera con el trabajo y durante un breve periodo de tiempo a través de una ETT estuve empleado en una gran tienda de electrodomésticos. Al presentar mi currículum para un hipermercado me presenté como experto en literatura, pero el responsable de recursos humanos me hizo darme cuenta de algo tremendo. Que trabajar vendiendo libros no significa leer libros, que poca gente pregunta por los que a mi podrían interesarme si es que la distribuidora se ha dignado a enviarlos, y que suelen desordenarse mucho y hay que etiquetarlos y ver si los deterioran y estar pendiente de ello, así que era muchísimo mejor seguir vendiendo lavadoras, lavavajillas y secadoras a pesar de que no había visto nada más que las de mi casa funcionando y apenas sabía cómo lo hacían. Por aquel entonces ya me había metido entre pecho y espalda casi todo lo de la colección Áncora & Delfín que había en la biblioteca pública del barrio, pero eso es otra historia de la que un día tenemos que hablar.

Estas últimas semanas he disfrutado mucho viendo viejas entrevistas a escritores. Me he enganchado mucho a Umbral, de quien me queda claro que supuraba literatura por los cuatro costados. Lectura y escritura. Tecleteo de máquina de escribir a todas horas, pica que te pica, y cuando no lectura, los clásicos y contemporáneos. De algunos clásicos hablaba con propiedad diciendo que eran una auténtica basura literaria, como es el caso de Baroja, de quien dijo que sus novelas estaban “mal construidas”. Ayer mismo vi su última entrevista en televisiva en “El tercer grado” de TVE y en los comentarios de la misma veo una cita de Philip Roth sobre la vejez diciendo que no es una guerra, sino una masacre. Umbral fue literatura hasta su final y sigue siéndolo, tanto que ayer colgué, mejor dicho tuve que colgar, su artículo Elegía sobre el otoño publicado en El Mundo el 7 de septiembre de 1997. El inicio de septiembre es para mí desde hace años esa columna capaz de ponerme la piel de gallina unida al remolino que el viento serpenteante dibuja en la feria de los momentos felices de Últimas tardes con Teresa. Que la realidad para alguien tenga como referencia la literatura, en realidad ruboriza. Es por ello por lo que los amantes de los libros buscamos nuestra manada, nuestros iguales, con los que hablar de este vicio y compartir tesoros literarios inexplorados y futuras puñaladas, pues, como ya les he contado alguna vez, en literatura casi todo acaba como el rosario de la aurora por mucha pasión en común que haya.

Eso sí, no envidio para nada la vida de quien no lea. Hay sensaciones insuperables e impagables tras esas letras además de la ridícula creencia de que la vida de un lector, de alguna manera, no ha pasado en vano.

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