Cuando el Génesis narra la creación del primer hombre, Adán, por la mano de Dios, estamos ante una paradoja; a saber, la posibilidad de que una misma entidad sea individuo a la vez que su propia especie, y es que cabe afirmar que Adán recapitula la humanidad, el genus humanum. En La amante de Wittgenstein (Sexto Piso, 2022, trad. Mariano Peyrou), David Markson nos presenta a una mujer que bien podría ser la humanidad al mismo tiempo. La novela, construida como un flujo de conciencia continuo, presenta a la protagonista (o al interior de su mente) a través de una avalancha de pensamientos plagada de saltos temporales, errores flagrantes, interrupciones, cambios de discurso o contradicciones.
Publicada originalmente en 1988, supuso un aporte sustancial a la narrativa posmoderna americana. Markson dio un giro de tuerca más al monólogo interior, que tan importante fue en la obra de autores como James Joyce, Virginia Woolf o William Faulkner, siendo juzgada por David Foster Wallace como una de las grandes novelas de la década de los 80. El punto de partida es una mujer, Kate, la narradora, que se halla, o al menos eso sostiene ella, sola en la faz de la Tierra; a partir de aquí, asistimos a un despliegue de referencias y constantes culturales y geográficas: de Ulises a Rupert Brooke, del Helesponto al estrecho de los Dardanelos, de Troya a la I Guerra Mundial. Filosofía, literatura, historia del arte y cultura popular contribuyen a llenar de capas de significado la espiral que constituye, por su forma, la novela. También la soledad, en un grado omniabarcante, hace acto de presencia, a la carencia social se le suma una carencia espacial, un habitar ningún lugar: Kate pone su casa a arder, vive en museos en los que atiza el fuego para calentarse con sus mismas obras, anda de aquí para allá, de un país a otro, de ciudad en ciudad. Fugaz como cada uno de sus pensamientos.
Con un estilo poético (casi de poema en prosa) y fragmentario (los párrafos no suelen pasar de las tres líneas), desparrama el lenguaje, infecta la realidad con la ficción y aplica una elipsis metodológica. Tal vez cabría argumentar que hay una pregunta que atraviesa el texto: ¿qué es la experiencia? La naturaleza de los recuerdos es puesta entre paréntesis por Kate, al igual que ocurre con la realidad que la rodea y su versión de los hechos (incluso, ¿qué es un hecho?). Mientras todo esto ocurre, Markson nos quiere hacer ver que el mundo es todo lo que es el caso. Sin embargo, decíamos, la voz que nos conduce se destaca por ser poco confiable, capaz de afirmar una cosa y la contraria, confundirnos y confundirse. La memoria es aquí producto de la narración, en tanto que aquella está hecha de tiempo y esta es el acceso privilegiado a la temporalidad, pese a que no exista en la narración ningún signo inmanente que nos permita distinguir verdad de ficción; solo podemos señalar que se trata de la historia de una vida. Por eso, lector, si entras en La amante de Wittgenstein (créeme que deberías), es recomendable que mires bien por donde pisas.