No la creí cuando acercó su silla para comentarme la anécdota, que fue una de tantas como cada tarde después del instituto. He encontrado dos gallos muertos frente a mi casa. ¿Cómo?, pregunté dando menos crédito que en ocasiones anteriores. Sí, lo que te digo. Eran dos cadáveres, dentro de un círculo de velas. No te creo, le dije a Helena. Y reí. Había muchas plumas alrededor, algunas volaron cuando cerré el portal. ¿Es raro, no crees?
Su costumbre era la de meterme miedo, en absoluto como una broma inocente, sino con saña y voluntad de superarse a sí misma, y ya se iba convirtiendo en una experta. Sentados en una terraza, ante la multitud que cruzaba incesantemente el Postigo de San Martín, céntrica y pequeña calle de ladrillos caobas, Helena me miraba sin pestañear, muy seriamente mientras cogía mi mano, haciéndome querer ver esos gallos muertos frente a nuestra mesa, para que el terror supiese tan real como a ella en el instante en que los vio. El camarero trajo un par de cafés. Nos miró sin pretenderlo y ralentizó su acto servil para escuchar.
Deja de tomarme el pelo, Helena. ¡Cómo no puedes creerme! ¿Alguna vez te he contado algo más en serio? Alcé las cejas antes de elaborar la réplica. La semana pasada tu cama estaba poseída, te arrodillaste para que te creyera. Hace dos, soñaste que un demonio yacía íncubo sobre ti mientras tomabas el sol en casa de tu tía. El mes pasado me asegurabas que un presentador de La 2 era el mismísimo Satán y que cada vez que sus concursantes respondían erróneamente, él ganaba un tercio de sus almas… ¿Sigo? Es posible que exagerase un poco, admitió. Incluso algo me lo inventé, y de seguido miró al camarero para que se fuera, pues empezaba a acomodarse frente a nuestra mesa. Helena, sé perfectamente que no había un solo gallo en tu portal. No es precisamente nuestro barrio un destino turístico para los que practican magia negra. ¿No me crees, verdad, Luis? Nada de nada, y sorbí algo de mi taza, hirviente.
Ella bajó su rostro, apenada por mi fuerte incredulidad, y mientras realizaba su teatrillo yo me aseguraba a mi café. El pelo se le abrió de forma autónoma sobre sus facciones redondas y amables, pero en absoluto aquel instante, pues comenzaban a volverse siniestras. No hace falta que te aflijas tanto. Consuélate pensando que otro día me contarás una historia más inesperada y mejor.
No hubo respuesta por su parte. Pagamos —lo hice yo— y bajamos a la Gran Vía como un par de hormigas entre sus aceras atestadas de chicos adolescentes ya arreglados para la fiesta nocturna y mujeres septuagenarias que llevaban sin saltarse su cita con el bingo desde tiempos remotos. Como la marcha anterior había sido repentina y la luz de la ciudad todavía no invitaba a volver a nuestras casas, decidimos girar hacia la izquierda e ir por la Plaza de Oriente para salir directos a Bailén, deteniéndonos en los escalones grisáceos bajo el viaducto.
No has dicho nada en todo el rato. Es que me molesta que no me creas. Helena, miles de gallos pueden morir en un mes, por suerte o por desgracia, no lo sé, no me importa, la verdad. ¿No vamos a hablar ya de otra cosa el resto de vida que nos quede? Quizás tú sí.
Dijo esto mirando hacia otro lado. No pude oír tal respuesta y me volví para decirle un tibio perdona, ¿qué decías? No, nada importante.
Tuvieron que pasar varias semanas para que pudiese volver a saber de Helena, y no fue en buenas condiciones, para ella, me refiero. Hasta ese momento, recordaba su última frase en silencio, pasando por mis labios como hace el agua por las piedras de una orilla. ‘Nada importante, no, nada importante.’ Jamás desprecié tanto una frase tan simple pero directa, y me envolvía la culpa, sin vuelta atrás. ‘Si me haces daño, te convierto en canción’, decía la suya favorita, pero ella ya no es. Sólo un fantasma de la adolescencia que vuelve mientras la invoco.
Una amiga común, más afectada por la situación, me pidió un día que no tenía planes que charlásemos un rato para poder despejarse de la negra desidia que le invadía al pensar en Helena, en su presencia que ahora nunca más será posible, y el dolor se nos haría infinito, al citarlo o al pensarlo, su nombre.
¿Sabes qué ocurrió realmente?, dijo nuestra amiga. Lo explicó regresando el tono tembloroso que adoptaba ella también cuando iniciaba una de sus macabras ficciones, que han quedado como añoranzas.
Helena me dijo que quedasteis un viernes, fuisteis al centro y volvisteis andando. ¿La acompañaste a su casa? No, nos despedimos llegando al parque, y ella tiró para la suya y yo para la mía. Te habló de una historia sobre dos gallos muertos, pero que en absoluto la creíste, algo que no me parece extraño, para nada, pues tenía esa tendencia a mentir y crearse y creerse sus fantasías. Pero no fue de ese modo aquella vez, Luis. Sacó del bolso dos plumas, de la cola posiblemente. Eran de un verde umbrío que destellaba más claro según le diese la luz. Las giraba en su mano. Tenían puntos rojos.
Había otras como éstas y velas en su portal el día que la policía cercó su puerta, cuando la dieron por desaparecida, me dijo, y las puso en mi mano, cayendo algunas plumas menores. Helena sabía que iba a suceder y pudo haberme alertado de sus peligros. Una llamada, un llanto que calmar. Poca cosa. No hubo auxilio alguno. Por la presión de sus constantes bromas y el engaño fácil, ambos quedamos mudos, y ella lo pagó con creces.
No creo en la magia negra o en sus miles de nombres y vertientes. Esta historia se la llevará el viento y no volverá a repetirse porque resulta demasiado inverosímil. Pero una vez nuestra amiga en común terminó su explicación, en el mismo tono de cuento que hacía ella, no reí.