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TRIBUNA

Mensaje en una botella

jueves 28 de septiembre de 2023, 20:17h

Noto que el paso de la edad me está produciendo una alergia creciente a la estupidez soberbia y a la infamia intelectual, que me resulta la forma más turbia de corrupción. Si puedo entender perfectamente la ignorancia, puesto que no hay escala para medir la mía, no tolero la soberbia del pedante o del diplomado. Puedo perdonar la maldad que nace de las entretelas, pero la maldad del entendimiento pone en entredicho mi caridad.

Me he labrado con los años una sensibilidad que me impide ver un telediario, la he investido hasta las entrañas que se me revuelven nada más escuchar la voz del ínclito presentador o del comentarista crítico y regalado. Dueño de sus prebendas y defensor de una verdad a su medida.

Vivo en el silencio de una soledad paciente y convencida, pero si me asomo a la boca del diablo que es hoy cualquier pantalla informativa, se me agria la saliva. Entiendo que hemos de ser numerosos los que apenas soportamos unos segundos de exposición al espectáculo de nuestro mundo social, político o cultural. Cualquiera capaz de anticipar los riesgos de esta degradación social sufrirá una repugnancia inmediata. Esos riesgos podrán calcularse, acaso, en número de vidas, pero quedará oculto su peso incalculable en la descomposición moral y estética de cada uno de nuestros días, porque no es fácil medir el peso asfixiante de esta atmósfera mefítica.

En otras circunstancias buscaría una forma de acción política, como pudo hacerse en el pasado en circunstancias menos adversas. Hoy, el dominio pleno se ejerce en el nombre de un Bien sin matices y a través de una arquitectura tecnológica que cala hasta el fondo de la conciencia de la población conectada y diplomada, de manera que no encuentro una dirección no ya eficaz, sino ni tan siquiera significativa.

No pierdo la esperanza, pese a todo, porque reconozco la bondad esencial del mundo y encuentro ocasionalmente un modo de comunicación real con el prójimo. Acepto – siempre que su acción sea honesta – al que se debate en el análisis de la situación política, al que sigue empeñado en buscar soluciones colectivas al estado social de nuestro tiempo. Por mi parte, honestamente, no creo que haya otra forma de sacudirse el dominio de las élites, que promoviendo la recuperación de vínculos personales y dando la espalda – en la escasa medida de nuestras posibilidades – a la abstracción de las grandes magnitudes y los gestos grandilocuentes de nuestros autoproclamados representantes.

Busco a quien dirigirme de viva voz y cuerpo presente, a quien hablar cara a cara, aunque entrego semanalmente esta página como quien lanza una botella al mar de la desolación. Me ha devuelto alguna vez voces concretas que luego han recibido rostro, gravedad y nombre propio. Acaso se encuentre aquí la razón por la que, habiendo querido entender el estado presente del mundo y ofrecido mi comprensión en el mercado de las ideas, nadie pagó el óbolo que pide el tránsito a la existencia editorial. La necesidad obliga, no cabe duda, pero acepto con serenidad el dictamen que rechaza mi escritura, porque tiene algo real permanecer del lado de la palabra viva.

Hago excepción de esta página semanal: grito de náufrago. Sirve de apelación a mis semejantes allá donde se encuentren, incluso empeñados en mantenerse en la línea de vanguardia de la lucha política. Esta página es – cada vez más – un último afán por preservar en alguna medida mi estimación de lo público. Al margen de esta página toda mi acción es ya comunitaria o personal: es acción viva. De poco alcance, si se mide en términos de impacto social, pero nadie podría sondar el fondo incalculable de un alma. Si mi voz llega a sólo uno, si produce una vibración en la tensa cuerda de un espíritu, valdrá más que el roce indiferente del viento en las hojas incontables de un bosque inconsciente. A esos efectos sigue siendo cierta la antigua estimación de la oralidad y la estimación del ejemplo de la actitud personal con que se afrontan las acometidas que el tiempo siempre nos reserva. Espero vencer a la soberbia del solitario y actuar ante los pocos con la humildad que requiere todo acto veraz en esta vida.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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