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LA BÁMBOLA

Lucho y Allende: fondo abisal del mar íntimo

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
viernes 29 de septiembre de 2023, 20:06h
Actualizado el: 29/09/2023 20:11h

Humedecían los ojos –dos carbones encendidos– de Luis Sepúlveda en el restaurante La Ciudadela de Gijón, frente a una carne a la parrilla, recordando al viejo Allende. Blanqueaba la barba y la lengua, por la punta, un tanto tímida, pedía whisky. La voz, estrangulada, salía a sorbos, mientras Sepúlveda recordaba la integridad del viejo Allende, profesor de dignidad, sabio de justicia social. Lucho había sido miembro del GAP, Grupo de Acción Popular, o algo así, la escolta misma de Allende, en los años mozos, salvajes, inolvidables. Cuando no tenía nada, y subía y bajaba los cuellos de la misma chupa de piel, para que fuese otra.

Allende, cuya muerte honra medio mundo, previa a la dictadura atroz de Pinochet, solo creyó en una historia hecha por el pueblo llano, el poeta pintó la acuarela de tener nervio en las venas y el bolo duro bajo el cinturón: “Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción biológica”. Allende fueron unas gafas de mirar de lejos a los que no se le escapaban lo que pasaba a un palmo. “No descansaré hasta explicar al pueblo por qué ocurre el desabastecimiento”, dijo sin levantar el tono. La obsesión fue el poder de compra de la gente, pan y escuela, a su manera, como aquí Giner de los Ríos. “Mis antecesores jamás nombraron a un obrero en sus discursos”, denunció, seguro de su posición en el mapa.

Guardaba silencio Lucho Sepúlveda, frente a su hueso y whisky lleno, las manos dormidas, un nudo en la garganta como una pelota de tenis. El obrero no podía ser propiedad del empresario, claro que no, y amordazarlo o separarlo de su propia cuadrilla y congéneres, era el comienzo mismo de la esclavitud organizada. Los recursos naturales chilenos (cobre, carbón, salitre) no podían estar siempre en manos extranjeras. La justicia social empezaba por una máxima: “Un obrero sin trabajo es un hombre que tiene derecho al trabajo y debemos dárselo nosotros”. Y siempre, conste en acta, habló de un obrero en abstracto, marxista o no, cristiano o no, lo que fuese. La revolución solo pueden hacerla los trabajadores.

Lucho jugaba con las migas de pan, las colocaba en la mesa ordenadamente y me explicaba: la revolución no pasa por la universidad, pasa por las grandes masas, sin unión no hay lucha ni libertad. Una miga de pan es lo que somos y esa lágrima dentro, que no cae. Allende solo creyó en la magia de la juventud y en el futuro prometedor. Una sociedad mejor solo la construye el hombre libre. Siempre se vio una gota en el océano, igual a otra, donde el agua misma vive alerta y vigilante. La Historia siempre descubre al mentiroso. La Constitución siempre señala con el dedo duro al traidor. “Soy tan intelectual como soldado”, dijo el sabio insomne.

Lucho, ya acomodado, ya medio rico, ya instalado en su chalé junto al mar, jamás traicionó a sus orígenes. Los pueblos son más fuertes que cualquier economía. Capitalismo versus Libertad. Ningún intelectual tiene nada que decirle a un obrero de base, preocupado por su familia, dueño de su tiempo, hombre honrado, cabal, justo. La juventud vivirá aunque todos mueran: murió Allende, murió Lucho en la pandemia primera. La verdad del poder económico tiene mucho de camelo, de embeleco, de zanahoria que cuelga del palo, de mentira social, de autoengaño, de caramelo barato. “El trabajador tiene que ser dueño de su esfuerzo”: sin esfuerzo no hay lucha ni ideas, ni curro ni sueldo. Pan y sudor. Vio venir Allende en el horizonte, como un ladrido de perros, a la Globalización entera: puta, golfa y señora.

El tono subió a medida que bajaba el filo de la guillotina brillante: “Pagaré con mi vida la lealtad al pueblo”. Un hombre justo. Un hombre que nunca se enriqueció. Un poeta de las masas. Un disparo gramático señaló al demonio mismo vestido de verde: “Llegaron, en poderosos automóviles, jóvenes que nunca trabajaron”. Viejo y nuevo arte del trinque, peor por arriba, que es codicia y usura. Jamás se creyó el viejo poeta presidente de todos porque esa ecuación equivalía a convertirse en un hipócrita. Jamás se apartó de la humildad, manto y armiño, gran compañera, calor de vida, aliada infalible. Creyó en una universidad imposible de obreros. Creyó en una Unión Soviética santa que era pecadora y ruin.

Lloraba hacia dentro Lucho Sepúlveda, seco como un madero, mojado de hielos, la camiseta negra, la chaqueta con cremallera negra, la tez negra. ¿Qué es el miedo, Lucho? Un día me desperté afeitado. Allende fue un gran tipo y Pinochet un canalla sin trena ni juicio pendiente. ¿Pedimos otro Johnnie Walker, Lucho? Sí, porque pago yo. Fue en aquel momento cuando le pregunté si Taibo II era amigo suyo, y negó la mayor. Allende estaba allí, con nosotros, tercera silla, mantén blanco, a punto de llorar yo también.

Conviene decir esto hoy, cuando los jóvenes han perdido la calle, y todos quieren ser famosos, según encuestas, y un tío que no llega a mil pavos dice que es clase media, y hay quien acumula cinco sueldos y cinco patronos. Conviene hoy quitarse el dogal, y ser un grito suelto por la calle, sin dueño ni suelo, como fue Salvador Allende. Veranillo de San Miguel: una lata al sol, y no me desequilibres, chacho. Háblame del instagram, háblame de ese bailón del tik/tok, a ver qué hay por el tinder, no me desequilibres. Dibujaba la sombra de Lucho, tras la silla, el perfil de Salvador Allende, bajo aquel mar callado, hermoso y fiel.

Diego Medrano

Escritor

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