Si la mentira consiste en ofrecer voluntariamente a un interlocutor una visión de la realidad, diferente de la que uno mismo tiene por verdadera, podría decirse que en el cambalache de la investidura, una negociación, en definitiva, todo vale, aunque su coste sea alto. El investido habrá de pactar cediendo a las exigencias de Carles Puigdemont, tahúr de vocación y prófugo de profesión.
Para inducir a todo un pueblo a error y modificar así su conducta, no es necesario tampoco ofrecerle una representación completamente falsa de la realidad; basta con mentirle en un número limitado de cuestiones. Por ejemplo, si un candidato a presidente del Gobierno quisiera convencerme de votarlo, podría decirme que las demás opciones supondrían una tragedia sociopolítica de desproporciones mayores de lo que en realidad es. En consecuencia, la mentira puede ser definida aun en ausencia de un conocimiento total de la realidad. Cierto es que cuanta mayor complejidad presenta un fenómeno, como el procés, más difícil es conocerlo para el ciudadano corriente y moliente, y más numerosas y relativas serán las interpretaciones a que dará lugar por parte de “autoridades” diferentes. Así, hemos normalizado que el fugado de Waterloo ponga como precio a sus votos la aprobación de la ley de amnistía para liquidar su responsabilidad penal y la de todos los implicados en el golpe de Estado que fue corroborado por la Comisión Europea.
Pero no nos equivoquemos: cuando un hecho está claramente delimitado en el tiempo y en el espacio, como es el caso del referéndum ilegal de autodeterminación convocado por el Gobierno de Cataluña el 1 de octubre de 2017 y suspendido con antelación por el Tribunal Constitucional, es posible adquirir un conocimiento preciso de sus características y formular una descripción verídica de él. Sería simplista renunciar a la verdad con el pretexto de que la realidad del separatismo es compleja y difícil de conocer. El abandono de la idea de verdad ha conducido a los peores abusos, porque con la excusa del relativismo algunos son capaces de afirmar, finalmente, cualquier cosa. El procurador general de la URSS, Vychinski, en el tiempo d ellos grandes procesos, declaró en un alegato de 1937 que, en materia humana, no se podía establecer la verdad absoluta y, aplicando este “principio” al ámbito judicial, sostuvo que la verdad establecida por los órganos de instrucción y por el tribunal tampoco podía ser absoluta, sino únicamente relativa. Vychinski estableció que había que ignorar los argumentos de convicción absoluta y los testimonios irrefutables, y acudir a las pruebas relativas y aproximadas proporcionadas por un comisario instructor, basadas exclusivamente en su olfato de miembro del Partido, en su moral y hasta en su carácter, tal y como nos lo cuenta Aleksandr Solzhenitsyn en Archipiélago Gulag (1974). Algunos ya dudan de si el 1-O ocurrió efectivamente una vez o, tal y como maquillan los embusteros, es como si no hubiera ocurrido nunca.
De esta manera, el relativismo intelectual sirve de coartada al absolutismo político, que pretende siempre que nada es completamente verdadero, lo que le permite colarse de rondón por la fuerza de la imposición de sus propios puntos de vista. Y, privados de criterios de verdad, los ciudadanos ya no estarían en condiciones de defenderse. Ahora, las demandas de los secesionistas se han puesto sobre la mesa de juego, a la espera de que Sánchez saque su carta con el precio que va a poner a su codiciada investidura. Si acepta las condiciones del ex presidente de la Generalitat, España entera asistirá a un episodio similar como aquel en que Goebbels tuvo la osadía de sostener, en el periódico Das Reich del 31 de diciembre de 1944, que Hitler no mentía jamás: “De su boca nunca sale una palabra embustera o malintencionada. Él es la verdad encarnada”. Aparte los trasfondos que le dé Puigdemont a Sánchez en lo inmediato, amén de la infamia que quedará grabada en las páginas de historia, me quedo también con el gran interrogante: ¿qué será después de España? Recordemos que la angustia la da, sobre todo, la incertidumbre.