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Voces en la ardiente oscuridad I

miércoles 29 de octubre de 2008, 20:10h
“Leo los diarios, y comienzo a ver fantasmas deslizándose entre las líneas.”
La frase del dramaturgo noruego Henrik Ibsen podría haber sido pensada para describir el vértigo de esta interminable batalla por la presidencia de los EE.UU que lleva ya dos años. Mitos, miedos, símbolos, la sombra del pasado, odios raciales, lo que se conoce, ignora e inventa de la política y la historia, todo, absolutamente todo viene disparado, bajando en un enorme y mezclado torrente elemental desde hace meses. Los textos de un diario, las imágenes de la televisión, los blogs frenéticos, son el pulso de esta veloz fuga de significados, algunos explícitos, otros subliminales y poderosos como fantasmas. Es un aquelarre que no solo ha movilizado a los ciudadanos de este país, sujetándolos por el cuello. Pareciera que el mundo entero se ha convertido en una enorme montaña de termitas, una Torre de Babel vinculada por túneles y conversaciones sonámbulas. El centro magnético de toda esta energía es la posibilidad de que los EE.UU. elijan a su primer presidente negro.

El telón de fondo es dramático. Los EE.UU. están peleando dos guerras, predicadas por una ideología hegemónica que había identificado al termino “terror” como adversario aun antes de “9/11” y al “choque de civilizaciones” como el nuevo marco de referencia de las relaciones internacionales. La idea de una ocupación victoriosa de la Mesopotamia y, sobre todo, el Hindu Kush --teatros centrales de estas guerras-- eludió a los ejércitos de Alejandro Magno, del Imperio Británico y la Unión Soviética. Los EE.UU. se han adentrado en esto con aliados nominales, un ejercito limitado de soldados profesionales, muchos de ellos reservistas –reintroducir la conscripción obligatoria es, por muchas razones, impensable—y la clase de erogación económica mayúscula que desangro, según Kissinger, a la Unión Soviética en Afganistán. La lucha por dominar Asia Central, “la gran partida” según la definición de Rudyard Kipling, lleva largas décadas, y ha visto pasar a los británicos; la creación, destrucción o reconfiguración de varios países; el surgimiento de Osama Bin Laden, primero como operario de la CIA en Afganistán, luego como líder del fundamentalismo islámico; la emergencia, derrota y renacimiento de los Talibanes y la instalación de un régimen dominado por clérigos shiítas revolucionarios en Irán.

La globalización, un término pretencioso apoyado en una restringida visión comercial y mediática de lo que es una interrelación mucho más compleja entre países y culturas, ha producido sus propias realidades incomodas. La exportación de empresas y fuentes de trabajo norteamericanas, principalmente a la China, y la puesta en movimiento de una enorme migración flotante de personas en ese país, del campo a las ciudades y más allá de sus fronteras, a Europa y los EE.UU. Este inconmensurable experimento social recién ha comenzado y no se puede dudar que su impacto sobre el mundo, así como lo heredamos y conocemos, será radical.

El partido republicano que ha servido de asiento ideológico, desde los anos ochenta, a la política exterior y la política económica de los EE.UU. ha tocado fondo. Las guerras en el Medio Oriente, el rechazo a tratados internacionales, su sospecha de las Naciones Unidas, sus incursiones peligrosas por el territorio de la tortura y la privación de derechos, no configuran, con resultados a la vista, una formula exitosa. La caída de la bolsa produjo, además, un hecho sumamente paradójico: los EE.UU. necesitan ahora su propio plan Marshall de recuperación económica, y es la “vieja Europa” denostada por los neoconservadores, la que esta señalando intelectualmente el camino. La mano invisible del mercado no tiene quien le escriba.
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