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EL ÚLTIMO REY ZIRÍ DE GRANADA

lunes 09 de octubre de 2023, 12:17h
“Dale limosna, mujer, que no hay en la vida nada como la pena de ser ciego en...

“Dale limosna, mujer, que no hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada”. Este verso del poeta mexicano Francisco de Icaza se hizo internacional. Lo recitaba a su hija, Carmen de Icaza, con la que mantuve en ABC largas conversaciones literarias. El éxito internacional que se ha apuntado Pedro Sánchez en la cumbre granadina, se robustecerá si atendiera las enseñanzas del último rey zirí de Granada. En muchos aspectos resultan aleccionadoras.

“De ninguna dinastía -escribe el rey en sus Memorias-se habla bien sino en tanto que persiste, aunque sea tiránica, ni se dice mal sino después de caída y sustituida por otra aunque hubiera procedido con justicia”. Y sobre un político al que “acometió el insensato deseo de hacerse primer ministro del reino”, cosa que no consiguió, añade el monarca: “Cuando un hombre desconoce sus propias fuerzas camina a su perdición”.

Palabras de Abd Allah, rey de Granada, último de la dinastía zirí. Exiliado en Agmat –“para medicinar las llagas del destierro no existen bálsamos”-, escribió un libro de Memorias, caso único entre los soberanos del siglo XI, aquella borrascosa centuria de Alfonso VI, la toma de Toledo, los reinos de Taifas y el Cid Campeador.

En 1930, arqueólogos franceses descubrieron en la mezquita de Fez una “cámara murada”. Entre el amasijo de manuscritos hallados en su interior aparecieron las Memorias del rey Abd Allh. Lévi-Provençal las estudió parcialmente (Menéndez Pidal tuvo conocimiento de ellas) y Emilio García Gómez, veinticinco años después de muerto el hispanista francés, las dio a la luz completas, con el nombre de los dos, bajo el título El siglo XI en 1ª. persona.

El traductor de El collar de la paloma, fue una de las más claras inteligencias del siglo XX español, una de las más recias musculaturas de la historia literaria de las últimas décadas. Alcanzó estado de serenidad absoluta desde el que se expresaba con independencia empedernida y devastadora sinceridad. Escucharle era un regalo para los enamorados del rigor científico y del buen gusto literario. García Gómez, además del primer nombre del arabismo, tenía una pluma de la que manaban, frescas e incitantes, las aguas rotas de la belleza literaria.

En la introducción al libro fustiga al rey Abd Allh sin piedad y con un punto de injusticia. El monarca zirí era un cobarde pero no un imbécil. Se entregó al enemigo almorávid para salvar su bienestar personal, pero sus Memorias, aunque sembradas de ingenuidades, no las hubiera escrito un hombre vulgar. El propio García Gómez reconoce que otras autobiografías de la época resultan menos jugosas, incluso la de Ibn Jaldun, quien, por cierto, cuenta su entrevista con Tamerián de forma decepcionante.

El manuscrito encontrado en Fez y guardado en al-Qarawiyyin podría ser una mubayyada, es decir, una copia limpia del del original y tal vez se trate del mismo que manejó Bel al-Jatib en su Kitab a’mal al-a’lam. Abd Allah reinó entre 1075 y 1090. Heredó a su abuelo Badis, el mayor soberano de la dinastía zirí, político astuto, ardoroso guerrero, bebedor sin templanza y vigoroso fornicador. La sombra de Alfonso XI fue el telón de fondo del monarca granadino. “A causa de la miseria y desmigamiento de la población”, escribe, cayó Toledo sin la menor resistencia. La España árabe, quebrado el Califato, desmembrada en los reinos de Taifas, se desmoronaba, incapaz de hacer frente al cristiano. Los grandes personajes de la época -Alfonso VI, Pedro Ansúrez, Alvar Fáñez, los moros notables- reviven en las páginas de las Memorias de Abd Allah. Pero no en la lejanía brumosa de la Historia, sino como panes recién horneados, como hombres de carne y hueso, descritos a sangre fresca, en diálogo actualísimo con ellos. Abd Allah no cita ni de pasada al Campeador, y esta ausencia absoluta del Cid en la España del Cid, a la que así llamamos desde las investigaciones de Menéndez Pidal, abre un interrogante histórico de primera magnitud.

Aquella España despedazada invita a la honda meditación. El reparto de ciudades se hace casi al azar. El rey de Granada cuenta cómo al-Mu’tamid, tras perder Algeciras, piensa compensarla con Murcia. El hermano de Abd Allh, apropiado de Málaga, quiere atacarlo. El monarca granadino se propone darle una lección, y al ver que sus tropas huyen, enarbola las banderas y manda tocar los atabales, con lo cual los soldados recuperan la moral y alcanzan la victoria. Jaén, Guadix, Aledo, Córdoba, Sevilla desfilan en la triste peripecia de los reinos de Taifas, acosados desde el Norte por el cristiano, y desde el Sur, por el almorávid. La crisis económica zarandea a una España enloquecida. Sólo los gastos del asedio de Guadix agotan seis cámaras del tesoro granadino repletas de dinares tulutíes. El cerco de Aledo costó también un ojo de la cara y hasta hubo que construir plataformas especiales para emplazar almajaneques y ballestas.

Al-Andalus, “país de sabios, alfaquíes y gentes de religión”, se desangraba y la población, que había vivido hasta entonces sin más que pagar el azaque sobre sus bienes, se iba reduciendo poco a poco a la miseria. La Corte del rey de Granada estaba formada por visires, beréberes, eunucos y alfaquíes -los barones de la época- que “consumían su tiempo en conspirar y denunciarse”, según escribe Abd Allah, como testimonio de que la condición humana no ha cambiado un ápice.

Acosados los reinos de Taifas por los almorávides, al-Mu’tamid, rey de Sevilla, arengaba a su hijo al-Ma’mum, virrey de Córdoba: “Un soberano no debe salir de su alcázar más que para ir al sepulcro”. Abd Allah, traicionado hasta por Labib el eunuco, zalmedina de Granada, decidió rendirse, prefiriendo vivir como un cobarde a morir como un héroe. Garur, el almorávid, le vejó hasta la saciedad y no sólo le despojó de su escriño de oro en el que guardaba joyas y dinero, sino que le hizo desnudarse a él y a su madre. En pelota picada el rey y su progenitora, el almorávid excavó incluso en el suelo de la tienda para ver si había algo escondido. Además, se pagó por la piedra a las esclavas del monarca destronado. Garur tenía enfilado a Abd Allah, al que ya había dado un sablazo de mil dinares murabitíes cuando el zirí ocupaba todavía el trono. El monarca se venga en sus Memorias y cuenta cómo el almorávid hizo matar, en Rondo, a Abu-I-Simsam “con audacia impía”, pues quería ventilarse en el lecho a la bella hija del asesinado. Como se ve, este Garur, además de un maleducado, era un atleta sexual.

Las órdenes del emir de los almorávides, en fin, salvarían al rey de Granada de la tiranía de Garur. Abd Allah vivió y murió en su exilio de Agmat entregado al placer y a la redacción, con su estilo despeinado, del libro que resucitó la penetrante inteligencia de Emilio García Gómez.

El rey zirí era un hombre religioso, más de apariencia que de fondo. Creía en las estrellas. “Mi nacimiento -escribe- se prestó a la predicción astrológica. La constelación ascendente (al-tali) era Piscis, a cuatro grados, y su dueño (sahid), Júpiter a once grados en Venus”. Moro que en tal signo vino al mundo debía tener suerte. Así fue, ya que, por ejemplo, al ordenar la construcción del muro contiguo a la Alhambra (al-Hamra) encontró una orza con tres mil meticales yafaríes.

Se decía de él que “el rey de Granada no desea más que amontonar riquezas, amar a las bellas mujeres y convidar efebos”. Esta afirmación llenaba de ira a Abd Allh, porque sentía una gran admiración de sí mismo y a lo largo de sus Memorias prodiga grandes elogios a su propia sabiduría política.

Además de a las mujeres y a los efebos, amaba el buen yantar y el latigazo generoso. Hablaba de gastronomía en forma sabia: “El origen de toda dolencia es la indigestión, y la base de todo remedio es la dieta”. Describe sus libaciones con cierta belleza literaria: “Una de las cosas que engendra alegría en el alma es beber en vaso de oro y oler el narciso, del mismo modo que beber en vaso de estaño y oler la violeta es de las cosas que producen tristeza”.

Sobre el sexo, el rey de Granada se expresa con moderación: “Realizar el coito diez veces en cada día de la vida” le parece un poquitín exagerado. Propugna espaciar más la operación, porque así al fornicador “se le vacían las venas, se le suavizan los músculos, se la calman los nervios y se le desatiranta la piel”.

La filosofía vital del último rey zirí de Granada se resume en esta frase: “Supuesto que el hombre no encuentra placer en lo pasado, y además ignora el porvenir, no le queda más que gozar el momento en que se halla”. Es la actitud existencialista de nuestro siglo XX. Es el carpe diem, quam mínimum crédula postero de Horacio en su oda a Leuconia. Es el “goza del hoy, el incierto mañana no te pertenece” de un rabaiyat de Ommar Kheyyam. Es la sentencia nahuatl del bello poema precortesiano que leí en un muro del Museo Ribera, en México, y que luego he estudiado en Ángel Garibay: “No dos veces se viene a la tierra / oh, príncipes chichimecas, gocemos el presente”.

Estoy seguro de que a Emilio García Gómez, tan acostumbrado a acariciar con sus manos la piel de mármol de la Historia, le gustaría que los políticos españoles leyeran El siglo XI en 1ª. persona. Es un libro ciertamente aleccionador. Pero no. No leerán las Memorias del último rey zirí de Granada. Siempre han preferido los cuentos chinos a las historias árabes