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LA BÁMBOLA

Rodrigo Cuevas, bigote y falda al pie del llar

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
martes 10 de octubre de 2023, 18:55h

Es un bigotón, a lo Freddie Mercury, que combina con un iglú de dientes blancos radiantemente polares, y una manta sobre el pecho de auténtico lobo diurno. Es un bigotón que, en ocasiones, va con falda y con montera picona. Es un bigotón al que salen alas por los extremos cuando toca las castañuelas o la pandereta, puro arte povera, porque siempre ha buscado los instrumentos más modestos. Es Rodrigo Cuevas, Premio Nacional de Artes Actuales del año en curso, mago y escalofrío.

El hechizo de Cuevas es, por un lado, haber investigado en una tradición de cabaret, de costumbrismo de taberna, de canto popular anónimo, de romería y de secretismo, anonimato, oscurantismo y mucho cerrojo, hasta dejarse las pestañas en lo leído para salvar con brillante arrojo el bigote y la mata que entre las rocas lo protege de las balas (Cuevas, eterna ardilla entre las balas, escurridizo y listo como una cerilla recién encendida). Por otro lado, es la vanguardia que incendia Francia y Latinoamérica, vestido con tacones, aromado de metales, confundido de niebla espesa, tapado por la risa, bello en las tinieblas.

“Vino nuevo en odres viejos”, recetaron los simbolistas para todo mal. Cuevas es un folk, es un pop y es un bigotón que, con materiales humildes y lecturas interminables, ha luchado por el canto que es de todos y todos olvidamos, el poema La Copla de Manuel Machado: “Procura que tus coplas/ vayan al pueblo a parar,/ aunque dejen de ser tuyas/ para ser de los demás./ Que, al fundir el corazón/ en el alma popular,/ lo que se pierde de nombre/ se gana de eternidad”. Lo suyo, sí, jamás fue una meta sino un seguro destino.

En una ocasión chateamos por las almadrabas sociales (yo que soy un “post and ghost”, de los que publican y se van, de los que escriben y se dan el piro). Creo que hablábamos de poesía obscena, y él me hablaba de una antología en Austral del cabaret, y yo le contestaba con las ediciones de la poesía obscena que hizo Caballero Bonald, con mucho canto de mili y coño cantor, con mucho culo y pirulí, y pezones encendidos y vulva salvaje y mansa, y ese calor de chubesqui de la literatura que se lee con una mano, sí, porque la otra está ocupada en tocar la zambomba y sacar agua fresca del pozo. Hablamos de mil libros, de mil legajos, y al día siguiente me manda una foto frente a sus cabras con la mitad comprados por Amazon. Gasta la paciencia del estudio, la ventriloquía de otras voces, el marionetismo de un ajedrez sin prisa.

Su madre tuvo un bar, regentó un bar, donde yo abrevaba y había en la esquina otro bigotón con boina, centro de Oviedo, que me miraba como una preciosa gárgola de todas las desconfianzas. Allí la buena señora me contó que de niño comenzó a vivir, por su cuenta y riesgo, en pueblos de uno o dos habitantes, en villas de seis u ocho paisanos, en villorrios desiertos, en casas donde la alarma eran un par de vacas puñonas y dos mulas con muy mala hostia, sueltas y salvajes, con más pelo que él, con un bigote como su dueño, adorables en la intimidad, seguro. Allí el músico seguía investigando sobre el pasado remoto español, la tradición asturiana, la gallega, la vasca, la catalana, la cántabra, todo el norte en el sobaco.

Javier Menéndez Flores, el tío que más sabe de música en este país, lo califica de “audaz e inclasificable”, e igual la mayor audacia es separarse del rebaño y las etiquetas, aquello de Gil de Biedma sobre Gloria Fuertes: “Hay dos formas de ser un gran poeta: una es ser muy bueno; otra, completamente diferente al resto”. En medio, lo imaginativo, remarca Flores, por supuesto: piensan las castañuelas y ocia el bigote, piensan las panderetas y ocia el bigote, piensa la gaita y la flauta mientras el bigote descansa. “Crea un género que nace y muere con él”, buen final. Además, lo intenso del directo: la aparición, la fantasmagoría, el susto, el bigote con faldas, el bigote con madreñas, los sobacos de King Kong, la raya al pelo con gomina, el látigo negro del circo.

El Premio Nacional rompe toda vocación minoritaria para realzar a un artista único que, como los indios, todo lo aprendió poniendo la oreja junto a los raíles para saber cuándo venía el tren. Que todo lo supo chupándose el dedo, y levantándolo, para saber si va llover mañana.

Clásico es lo que dura en el tiempo, se dijo muchas noches en plena invernada. El proyecto era ser un clásico siendo también contemporáneo, al revés que Gimferrer, porque el plato hay que llenarlo de garbanzos o lentejas todos los días. Hizo de su debilidad –la pluma, lo gay- auténtica fortaleza. Le dijo al ministro si lo llamaba para reñirle. Vive de alquiler y no sabe qué hará con la guita, cinco kilos de los de antes, un pellizco. Este país tan aburrido (todo el día con la barrila Sánchez/Feijoo y el fugado de Waterloo) recibe un brochazo de color con el premio a Rodrigo Cuevas.

Es un bigote negro de luto, unos ojos negros de carbón encendido que en la lejanía quedan pequeños o miopes, la ternura exacta de los miopes, y una delgadez de saltimbanqui, de bufón de la Corte, de trovador en el incendio de la calle y la cuneta que, sí, llega a poner el vello erecto y descubrir risas y muecas no previstas. El artista inesperado, el artista incalculable, donde el peligro es lo imprevisto, donde el único tóxico es el amor, ardilla entre las balas, ángel helado en el infierno, placer del enigma, salto al vacío, sombra blanca, millonario de cinco millones, escándalo de fuego húmedo, oro nuevo sin la bisutería del malditismo, bigote espeso y falda caliente al pie del llar donde nadie se enfría.

Diego Medrano

Escritor

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