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LETRAS, CEROS Y UNOS

Me infiltro en un taller literario online

sábado 14 de octubre de 2023, 19:11h

Otoño siempre ha sido un tiempo de renovación, un año nuevo bis que dura mes y medio y que invita a afrontar nuevos retos. La cola para apuntarse al gimnasio casi da la vuelta a la manzana, los kioscos se llenan de coleccionables infinitos con llamativas ofertas de lanzamiento y las academias, universidades y escuelas de lo que sea buscan alumnado para sus enseñanzas presenciales o en línea.

Mis letras son discípulas de un taller literario presencial y analógico, porque ni fotocopias había. Con el taller del poeta Fernando Menéndez descubrí a Saramago, a Carver, a Rosalía de Castro y a Chéjov. También que podría ser mediante las letras un conductor de autobús que se pasaba el día dando vueltas y vueltas por una isla pequeña que yo imaginaba que era La Gomera. Gracias por el viaje, Fernando. Si nunca te lo he dicho ahora es el momento: muchas gracias.

Tras ese taller seguí escribiendo. También impartí unos cuantos que me llevaron muchísimo trabajo investigador y didáctico y que me hicieron conocer gente con inquietudes y talento. Con la pandemia se abrió un paréntesis para los talleres presenciales y comenzó el apogeo de los virtuales. En un principio todo parecían ventajas al poder clavarle a toda frase relativa a una actividad la coletilla de “…desde casa y en zapatillas”. Pinchar una boda desde casa y en zapatillas, aprender judo desde casa y en zapatillas, sacarse un máster en gestión de residuos nucleares desde casa y en zapatillas... todo era posible en el yermo mundo de la presencialidad digital.

Hace unos días recibí en mi correo un spam invitándome a participar en un reto creativo. En marketing a eso le llaman un awareness, es decir, una llamada de atención. En el correo se pedía que tuviera en consideración esa señal, que podría ser la última oportunidad para alcanzar mis sueños. Sabedor de que estaba entrando en un embudo de ventas me dejé llevar esperando un final más feliz que el que sufrí cuando me tiré de cabeza en el Black Hole del parque acuático; pero eso es otra historia. Quise probar este reto desde dentro, porque yo, como Samantha Villar, también pienso que una cosa es contarlo y otra vivirlo. Avante.

Lo primero que recibo es más correo basura. Hasta cuatro antes de arrancar con el primer ejercicio. Que si voy a ser un escritor de la leche, que si voy a estar en una especie de Harvard de las letras y tal, ya saben. Al fin llega el bautismo literario en forma de “Primer reto”. Se trata de escribir algo “sin rumbo fijo”, de continuar la frase “Me siento a la deriva cuando…”. Yo que he sido flaneur escribo sin mucha fe. Esto ya lo he hecho antes.

El día dos se destina a escribir sobre un recuerdo, sobre algo que nos haya sucedido. Han descubierto la pólvora, jamás se me hubiera ocurrido.

El tercer día viene lleno de color. Se trata de escribir “Hoy estoy azul porque…” u “Hoy me siento naranja ya que…”. Me parece perfecto como ejercicio para una clase de primer ciclo de educación infantil. Aun así, escribo en mi libreta de siempre sobre que me siento azul y blanco. ¡Forza Oviedo!, me doy cuenta, pero aún así sigo divagando con el lápiz. Nunca se sabe si en una de esas frases aparece el inicio de otra nueva septología como la del nobel Fosse.

El cuarto día sirve para escribir algo relacionado con la noche. Sin más. No se nos dan más pistas salvo un disparador que parece haber sido creado por el Capitán Obvio y una propuesta más manida que escribir un poema con rima bequeriana a una amada que ni sabe de nuestra existencia.

El quinto y último día es solo una invitación a una sesión virtual mediante zoom a la que asistí para poder escribir esta columna. Las chicas organizadoras, amabilísimas, apenas insistieron hasta el final de la imperiosa necesidad de inscribirse a su formación de pago. Se habló de alcanzar nuestros sueños (otra vez) y de conseguir ser “escritoras con mayúsculas”, con lo complicado que está el percal por mucho otoño que sea.

Si bien este tipo de formaciones pueden servir para quienes empiezan de cero en el mundo de la literatura echo de menos cierta originalidad y transgresión que, como veo en el producto final del curso del año pasado, publicado en PDF y coquetamente maquetado con Canva con fondos florales y tonos ocres, hace que el alumnado del curso pasee por lugares comunes y cante al amor, a la soledad y a la primavera sin abrir mucho más allá sus miras.

Es por ello que agradezco más todavía haber sido el chófer de la Gomera, o el refugiado que no habla el mismo idioma que el resto de personas que le rodean, o la chica del gánster, o la abuela de un adicto; todos ellos personajes que asumí como propios en mi formación literaria y que me fueron ofrecidos por el humilde taller municipal al que asistí durante dos años de forma gratuita, porque, no olvidemos, este taller es solo el inicio de otro que cuesta 285 eurazos y que sí que de verdad nos hará escritoras gracias al fanzine de Canva alojado en Calameo (spoiler, coste cero y tiempo de elaboración un par de horas).

Si alguno de mis hijos me dijera que quiere ser escritor no podría evitar lamentarlo viendo como está la situación de la literatura en la actualidad, pero pienso que su taller ideal sería esperar a escribir y leerse a los clásicos antes: El corazón de las tinieblas, para conocer la oscuridad, El conde de Montecristo para que aprenda a construir una trama, Don Quijote de la Mancha para que beba de la originalidad dentro de la tradición, Orgullo y prejuicio para que sepa mezclar amor, humor y aprendizaje y Guerra y paz para que aprenda lo que es la épica. Estos para empezar.

Mi consejo es que no se fíen de este tipo de talleres que, por cierto, sigue mandándome correo basura a diario ávido de mi dinero a cambio de “alcanzar mi sueño”. Atascado en medio del embudo de ventas como potencial cliente solo puedo recomendarles que vayan a encuentros presenciales, asistan a talleres en su ciudad, visiten bibliotecas y librerías y que escriban sobre lo que sea, y, sobre todo, que lean. En el párrafo anterior tienen una buena guía para amar la literatura. Y si mis hijos quien seguir siendo escritores primero que pasen por ellas, luego que se preparen para mareos y náuseas con el Black Hole del parque acuático y luego, si encima ya no es otoño, hablamos.

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