Desde que se sabe que Yasmina Khadra no es sino el pseudónimo femenino de Mohammed Moulessehoul, este prolífico autor argelino ha volcado en su escritura grandes trazos de su propia vida, quizá como justificación de esa firma de mujer: en El escritor y en La impostura de las palabras, respectivamente, se explica como militar que escribe y confronta las acusaciones que ha recibido.
En Los virtuosos tenemos un protagonista, Yacín Cheraga, que consigue establecer el final de su vida en el «remanso de salvación» que es la ciudad de Kenadsa de donde es originario el autor. «En ninguna parte me he sentido más humano y plenamente en paz conmigo mismo que en Kenadsa», nos confiesa el protagonista, quien narra en primera persona, desde la distancia que procura una senectud apacible, una vida que recorre la primera mitad del siglo XX en la Argelia colonizada por Francia.
La novela da inicio en 1914, con la llamada a filas de los chavales argelinos para combatir en nombre de Francia. «Esta es mi historia con Gaíd Brahim», nos sitúa el narrador, Yacín Cheraga. El sentimiento del honor y la defensa de la familia permiten que el veinteañero acceda al mandato del caíd o gobernador de su provincia y suplante la personalidad del hijo de este. Gaíd Brahim provoca ese primer destino como soldado de nuestro narrador y protagonista, que si bien hace una evocación espléndida de lo peor de la Primera Guerra Mundial en que se ve inmerso, comienza sus andanzas a partir del retorno a su país natal. Tras la guerra mundial viviremos el comienzo de la rebelión en pro de la independencia.
No sólo no se cumple la promesa del caíd Brahim, sino que ha expulsado a su familia. Con Yacín en su busca y tratando de salir adelante, recorremos Argelia y sus interioridades, de la miseria rural y la urbana a la burguesía emergente dedicada al comercio. Nuestro protagonista es un rara avis lleno de bondad y honor: «Me levanto cada vez que caigo, porque nadie lo va a hacer por mí. La felicidad también se inventa».
Con él, en peripecias más o menos verosímiles, pero narradas con primor y credibilidad, conoceremos la amistad, la guerra, el amor, la violencia y la brutalidad, siempre en busca de la plenitud, a la que le encamina un ganadero de dromedarios, «un poeta dentro de la más pura tradición beduina», que desde el desierto le imbuye de discernimiento y sabiduría, para quien vivir no es sino la asunción de todo aquello que nos ocurre para poder seguir adelante.
«–Recuérdalo, hijo –le dirá–. La escala de la sabiduría tiene siete niveles que hay que subir imperativamente si quieres acceder a ti mismo, solo a ti mismo, y a nadie más»: el amor, la compasión, la generosidad, la gratitud, la paciencia y el valor de ser uno mismo en toda circunstancia; el séptimo se halla al final de tu destino, le recordará el beduino. Y como conclusión de la novela, con un final feliz que quizá resulte demasiado edulcorado para todas las desgracias por las que transita Yacín, nos reservará el último de los niveles de la sabiduría: el perdón.
«Me gustaría envejecer lejos de la furia de los seres humanos», nos adelanta el narrador mucho antes de concluir sus tribulaciones, algo que consigue. «Desde que decidí perdonar, solo me estremecen las cosas que apaciguan el corazón y el alma». De la bondad y cómo sortear la maldad trata la novela. Las aventuras y tragedias de Yacín encadenan una excelente narración.