Pedro Sánchez se siente perdido en el barullo político levantado por las negociaciones ante su investidura. Y, preocupado. Ha pasado de la euforia por la seguridad de que sería reelegido, de burlarse de Feijóo tras su fracasado intento, a un silencio que muchos interpretan como signo de escepticismo. Y es que no paran de multiplicarse las facturas que tiene que pagar para sumar los escaños necesarios en el Congreso. Los más optimistas en Ferraz creen que el silencio del líder socialista obedece a una táctica para acallar el escándalo por su rendición ante los separatistas. Otros hablan de que está meditando si seguir adelante. Porque empieza a asumir que si cede en todo lo que exigen sus socios, llevaría a España y al propio PSOE al borde del abismo.
Si, al final, le salen las cuentas al satisfacer a ERC, Junts, el PNV y un infinito etcétera, no sólo desguaza la Constitución y aniquila la transición democrática. También, quizás lo peor para él, se enfrenta a una legislatura sembrada de minas a punto de estallar. Puigdemont y Junqueras no van a cesar en sus reivindicaciones de la amnistía y el referéndum. Cada votación en el Congreso será precedida por el chantaje separatista. Y, hasta sus supuestos socios como Sumar y Podemos pondrán sobre la mesa unas exigencias delirantes que deberá cumplir para gobernar sin sobresaltos. La guerra de Israel es un buen ejemplo de las diferencias entre unos y otros. Pablo Iglesias se frota las manos, dispuesto a torturar al presidente antes, durante y después de la sesión de investidura. Y Yolanda Díaz quiere ser el niño en el bautizo, la novia en la boda y el muerto en el entierro. Busca ser la diva vip del nuevo comunismo. Pretende ser la gran vicepresidenta, capaz de subirse a las barbas de su propio jefe. Ya lo hace.
De momento, todos sus socios y sus posibles aliados intentan sacar provecho del desquiciado y urgente empeño del presidente en funciones de amarrar el poder al precio que sea. Saben que es el momento de atracar al líder del PSOE, rendido de antemano ante cualquiera que ofrezca algún escaño.
Pedro Sánchez no sólo tiene que satisfacer a Puigdemont y Junqueras con la ley de amnistía y el referéndum. También el PNV, incluso el Bng, exhibe sus escaños cual arma arrojadiza. Porque todos, hasta el último, son imprescindibles para que Sánchez no se estrelle. Sólo Bildu ha confirmado su apoyo sin condiciones, después del cariñoso agasajo que le brindó el líder socialista en la conocida como foto de la vergüenza.
Y en ese laberinto se encuentra Pedro Sánchez. No es probable que lo haga. Pero si fuera inteligente, si no quiere arruinar su carrera política con una legislatura convulsa, y probablemente muy breve, el líder socialista debería asumir el elevado precio que tiene que pagar para gobernar, admitirlo, proclamar su imposibilidad de satisfacer a los separatistas con una cerrada defensa de la Constitución y aceptar una repetición electoral. Quizás así se salve y sólo así podría lograr un buen resultado en las urnas. Aunque en realidad, nadie, ni él mismo, saben lo que ocurrirá. Lo probable es que siga adelante, aun a riesgo de estrellarse. Y lo seguro es que, si lo hace, España y el PSOE se despeñarán.