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TRIBUNA

El otoño en París

domingo 29 de octubre de 2023, 18:49h
Actualizado el: 29/10/2023 19:39h

El carácter melancólico es incurable. Pero una vez se tiene aceptado, pues tampoco lo creo de los peores que la vida puede concedernos, es cuando mejor se sabe aprovechar su infinitud de posibilidades. No hace falta ser poseedor de un talento artístico para sacarlo a relucir. Se puede ser una persona más que lo pasea y orea por los lugares y situaciones en los que sepa desenvolverse sin perder cuidado. Es algo tan privado como la fe o un amor inconfesado. Pero si coincide con alguien dotado para la música, el cine o la literatura, el alcance y reunión con otros en la misma tesitura serán dignos de celebrarse.

Uno lo es, lo tiene, qué duda cabe. Para los amigos esto es continuamente motivo de guasa, y está bien que así sea. Recuerdo, hace un año posiblemente, que mientras caminábamos un grupo después de haber pasado el día juntos, comiendo y habiendo terminado la quedada con un café a precio prohibitivo, al dirigirnos a la despedida por el paseo de Recoletos, una amiga debió leerme, en la observación silenciosa que hice durante unos segundos del centro del recorrido, el pensamiento que traía a la memoria la feria del libro antiguo y de ocasión que suele realizarse en ese lugar dos veces al año, interesándome más en su edición otoñal, por supuesto. Dijo en voz alta que uno tenía la cabeza en otra parte, que seguro que estaba pensando en los puestos de la feria, y en el sonido de las hojas secas y en los colores y la luz de confitura, y otros tópicos de la estación caediza que me permito añadir, los dijera ella o no, porque era cierto: uno estaba feliz y ensimismadamente regodeado en la apreciación melancólica.

En el primer capítulo de El París de mi juventud, Pierre Le-Tan asume que ya de niño era consciente de ese carácter, y que posiblemente no tuviera remedio, más aún en el caso que describe: con su niñera empeñada en llevarle por lugares de la capital francesa que no hacían sino mantenerlo en sus trece. Los plátanos podados y alineados con esmero en la avenida de Breteuil. Los bulevares haussmannianos que no son para él sino la máxima representación del desasosiego, más indicados para ejercer como escenarios de pesadilla. La calle Jussieu, sinónimo de amistades corroídas por las adicciones. Los encuentros y motivaciones para proyectos gracias a la plaza de l’Alboni y alrededores, también de despedidas cuando los ocasos de esos personajes que cita, glorias de otros tiempos, han cernido sobre ellos la pesadumbre y es hora de la partida, de los adioses donde se desdibujan la tristeza y la dulzura.

Le-Tan es un magnífico dibujante, si tenemos en cuenta que la sencillez de sus obras es muy elocuente porque se ciñe a lo que refleja. No hay que buscar ni esperar grandilocuencias trascendentales. Él no lo hubiera querido. Sus trazos finísimos de las calles y edificios y paisajes con árboles o escaparates de tiendas prefieren la desolación contemplativa, una que resulta benigna, que hace pensar en su amigo y colaborador literario y con quien está indudablemente ligado: Patrick Modiano, quien realizó un prólogo acorde para la edición; en palabras de Le-Tan, ‘que parecía de otros tiempos.’

El esplín es urbano. Es una arquitectura que nace de nuestro entorno y necesita de él para remozar ese nuevo que construimos, más vaporoso pero resistente porque le encontramos una comodidad que ha desaparecido de ese otro espacio que es real. En la pluma y el blancoinegro de Le-Tan se dan la mano como si de viejos amigos se tratasen. Son escenas desiertas, salvo alguna figura que no las cruza, sino que ha decidido pararse en ellas y dejar que su sombra se alargue o le sea alcanzada la noche. Porque ese París, siempre gris y azul, no podría ser concebido de otro modo sin el esplín tan propio, tan apegado a su naturaleza y que, como abría Baudelaire su librito dedicado a tal sentimiento, ‘no tiene ni pies ni cabeza porque aquí todo es pies y cabeza a la vez, alternativa y recíprocamente.’ Pero el libro El París de mi juventud tampoco necesita una resolución a esas disquisiciones, no es su cometido el de enturbiar ni aclarar las aguas. Le-Tan lo ideó como una serie de recuerdos más desenfadada, con su parte de inventados y con el placer de leer esos lugares que son homenajeados mediante una sucesión de extravagancias, de ínfimas pinceladas que podrían estar dando a entender unas novelas de mayor enjundia, pero que permanecerán escondidas, a favor de la luz grisácea que las haga desaparecer. De igual modo sucede con los personajes que escribió y escribe su amigo Modiano.

Por suerte, este libro puede acabarse y retomarse cuantas veces considere uno. De la misma manera que el otoño, se presta a ensoñaciones que sabemos tendrán un breve recorrido, pero el que hagan llenará las minucias de nuestros ratos y los harán valiosos.

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