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REFLEXIONES VOLTERIANAS

Sugerencias para (algunos) periodistas

José Varela Ortega
lunes 30 de octubre de 2023, 08:25h
Actualizado el: 30 de octubre de 2023, 19:42h
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Mucho me temo que solo para unos pocos. En términos generales –y dentro de lo que son sociedades desarrolladas, dotadas de un alto nivel cultural- España es un país peculiar, en el sentido de que los debates en los medios audiovisuales se entablan entre periodistas y donde la presencia de expertos apenas se deja ver: como mucho, alguna esporádica entrevista individual; nunca, una mesa de expertos moderados por periodistas, que es el formato característico en otras latitudes. Entre nosotros, casi siempre, los mismos periodistas. Muy pocos. Repase mentalmente el lector las caras que aparecen en los diversos programas de tertulias y debates de las diversas cadenas de televisión: encontrará poco más de una docena, repetidas una y otra vez e intercambiables entre las diversas cadenas. Naturalmente, estos elegidos se ven obligados a pontificar sobre todo lo divino y humano, tanto da la energía nuclear, Ucrania, u Oriente Medio, el problema de la enseñanza o el de la crisis demográfica. Desde estos niveles de generalización y diversificación, es inevitable que el producto resultante consista en un pensamiento desordenado y, con frecuencia, desinformado, al servicio de polémicas intensamente politizadas en que todos -menos los televidentes- se oyen, pero ninguno se escucha. En una palabra -y a la inversa de lo que aconsejan la Academia Francesa- proponen más que exponen.

A los efectos, permítaseme relacionar determinados aspectos del debate político actual que, como historiador, me resultan particularmente chocantes, por más que los contertulios habituales los consideren evidentes para perplejidad del medio académico.

1) Amnistía. Con independencia de los argumentos profesionales expuestos por juristas de la solidez y el prestigio intelectual de Manuel Aragón y Teresa Freixes, Enrique Gimbernat y Daniel Berzosa, todos ellos de inclinaciones políticas diversas, aunque de acreditada independencia y primer nivel académico, es evidente que esa exigencia no se hubiera ni siquiera considerado sin la necesidad de esos votos secesionistas para la investidura. Se trata, pues, de votos: una necesidad -dice Feijóo con razón- de conveniencia, que no de convivencia. Lo demás es puro teatro. De hecho, como sabemos, la amnistía fue rechazada, expresis verbis, por el propio Sánchez y varios de sus ministros. Pero, lo que parece más impactante es que tal medida ni siquiera aparece en su programa antes de las elecciones generales del pasado Julio, de modo y manera que bien pudiera considerarse como un fraude manifiesto al electorado; sobre todo, a sus propios votantes. Por otra parte, una amnistía -tiene razón Teresa Freixes- debe ser fruto de un consenso. En suma, la expresión que sanciona la reconciliación (diáulisis) entre “las dos ciudades”, como escribieron los atenienses del siglo IV a JC, que no una pócima para cicatrizar agravios. La amnistía como política partidista es (dijo bien Felipe González) el mundo al revés, con arreglo al cual lo correcto fue el golpe de Estado secesionista, mientras la imposición de la ley, fue una represión anti-democrática. Ya nos advirtió un Castelar maduro y desengañado de golpes y revoluciones, que en España tendemos a equiparar la fuerza que exige el imperio de la ley, a la violencia que conlleva la comisión de un delito. Y no es lo mismo. Desde un punto de vista socialista, la amnistía, pensada y dirigida a un grupo político concreto y minoritario, es un paso más en la filosofía de la diferencia y la desigualdad y, como ha ocurrido en otros casos, será un coladero de situaciones no contempladas, pero si aprovechadas, con y para otros propósitos; en suma, el inevitable precio de la filosofía política nacionalista de la desigualdad: algo, por otra parte, tan coherente con el nacionalismo como repugnante desde tradiciones políticas (ya sean liberales o socialistas) que se remontan a la Ilustración y en las cuales la igualdad ante la ley es un principio filosófico cardinal. Así pues, resulta asombroso que comentaristas que se consideran de izquierdas hayan olvidado que el socialismo, con independencia de inclinaciones y tendencias, busca similitudes, que no diferencias; promociona igualdades, que no identidades diferenciadas y enfrentadas; predica una utopía internacionalista, que no la regresión Völkisch a un nacionalismo neo-medieval identitario y territorial. Como todo, a estas señas de identidad se les puede dar una larga cambiada, en nombre de una España plural y diversa, (aunque no compuesta); pero, desde un punto de vista de izquierdas, habrá que explicarlo y justificarlo muy detenidamente, porque no es nada evidente. Al contrario, es sorprendente y heterodoxo: Marx y Engels consideraban el nacionalismo como restos atávicos destinados a ser borrados por “el progreso de la Humanidad”. En todo caso, la tarea de un partido internacionalista e igualitario, como se supone que debería ser el PSOE, consiste en frenar, cuando no combatir el nacionalismo, en lugar de alentarlo y promocionarlo. En términos generales, la izquierda debería recordar que la democracia no es un ejercicio de etnografía territorial, sino más bien lo contrario: un ejercicio de politología, del gobierno de la polis; es decir, la expresión de la ciudadanía. Es más, la democracia nace precisamente de cortar a través de las divisiones territoriales y tribales para centrarse en el individuo, construir ciudadanía y elegir magistraturas ex hapanton, de entre “la multitud”.

2) Referéndum ¿de autodeterminación? Desde la definición de territorio colonial de Naciones Unidas (resolución 1514 de 1960) como territorio dependiente, malamente puede considerarse sujeto de autodeterminación una parte del país que, como Cataluña, ha dictado la política económica del conjunto durante más de dos siglos, imponiendo un impuesto arancelario al resto de la ciudadanía (como también hicieron los industriales vizcaínos y los cerealistas castellanos, Vicens Vives dixit). De esta suerte, “territorios dependientes” serían los demás, o, al menos, parte de ellos. Considerar Cataluña como un país colonizado va a provocar que el virrey Amat i Yunyent se remueva en su tumba.

3) Sujeto de Soberanía. Que es el asunto más delicado y principal, porque la exigencia nacionalista de un referéndum (más o menos, disimulado) presupone (sin haberse tramitado constitucionalmente ni votado por el conjunto de la ciudadanía) que el sujeto de soberanía ha dejado de pertenecer a todos los ciudadanos españoles, para trocearse en un número indeterminado de grupos y territorios. El principio de que la soberanía pertenece al conjunto de los ciudadanos españoles ("de ambos hemisferios", se leía en la Constitución de Cádiz) se arrastra y repite en todas las constituciones españolas de aliento democrático desde 1812, incluida la Constitución republicana de 1931 y la actual de 1978.

4) Redefinición del Sujeto de Soberanía. Por eso, la ruptura con el llamado régimen del 78, que es el objetivo estratégico del sanchismo y del nazional-populismo, no está realmente en una nueva propuesta constitucional, sino en la redefinición, como plurinacional, del sujeto de soberanía (lo único estable desde hace más de dos siglos): sujetos, (desde ahora en plural), que deberán articularse en una nueva Constitución Confederal. La oficialidad en el Congreso de otras lenguas, que sólo son cooficiales en determinados territorios, es una escenificación simbólica de esa Confederación. El resto, es pantomima.

5) Bloque Progresista. En general, y con independencia de lo discutible de la terminología (Isaiah Berlin tiene algunas páginas luminosas, en el sentido de definirlo como aquellas políticas que, al socializar intensamente, introducen rigideces de naturaleza conservadora), y pasando también de puntillas por el intento de meter con calzador al PNV y a Junts dentro de ese heterogéneo paquete, el uso alegre del término Progresista debería producir en la izquierda cierto rubor político, en la medida que la bandera del partido Progresista (y de sus herederos, monárquicos y republicanos) durante más de un siglo fue precisamente la Soberanía Nacional (la de todos los ciudadanos españoles). Proclamar su ruptura en la patria chica de Prim, Víctor Balaguer y Figueras es de una osadía considerable que requiere una explicación detallada.

6) El Pretexto. La denuncia por parte de la oposición de que antes con el indulto, la derogación de la sedición y la malversación, como hoy con la amnistía (y mañana con un referéndum disfrazado, si preciso fuera) no son sino pretextos para alcanzar y mantener el poder, es cierta. Pero, hipócrita. Me parece haberlo mencionado antes en estas mismas páginas: en ese rasgado de vestiduras, la oposición, cual cortesana ofendida, parece estar reinterpretando la escena del capitán Renault en Casablanca. Pues, la verdad, es que aquí, jugar al poder, juegan todos: porque, el texto de los políticos, desde Pisistrato, consiste precisamente en maximizar poder. Lo demás, son pretextos. Sin embargo, a los ciudadanos de a pie, tampoco debería importarnos mucho…siempre y cuando los pretextos funcionaran.

7) Apaciguamiento. El problema para el público de la gente (que dice el Corrido) es cuando esos pretextos no funcionan; o –aún peor- cuando producen efectos negativos, directos y colaterales, como es el caso. En este sentido, es un hecho que, a pesar de sus malos resultados electorales, los nazional-secesionistas tienen más poder y capacidad de chantaje que nunca. Además, no han cedido un milímetro y, a las concesiones, han respondido con mayores exigencias. Sin perjuicio, empero, de que el destrozo colateral, que no es menor, continúe hundiendo progresivamente al PSOE en una ciénaga ideológica de desigualdad y diferencia, cada vez más alejada de sus supuestos filosóficos social-demócratas. Parar el nacionalismo por medio de Concesiones, como predica el sanchismo, se conoce como política de “apaciguamiento”: un debate clásico que acumula bibliotecas desde los años treinta del siglo pasado en Munich; una postura que encontró su reverso en Churchill, entre mayo y junio de 1940, y que Truman, George Kennan y Marshall, desde el golpe comunista en Praga, a fines de la misma década, lo bautizaron como política de “contención”. Un debate que se reprodujo con el bloqueo de Berlín entre 1948-49, y el de Cuba con la crisis de los misiles en 1962. El asunto es que, desde que Hitler invadió el resto de Chequia en marzo de 1939, rompiendo el acuerdo de Munich de 1938, los partidarios de la “contención” consideran que, frente a movimientos nacionalistas identitarios, radicales y extremistas, la política de remunerar conductas socialmente agresivas y transgresoras no los inhibe; al contrario, los estimula: agresión y transgresión son conductas que se reproducen e incrementan cuando tales comportamientos obtienen premio (como creyeron haber demostrado Albert Bandura y Ross con el famoso experimento del “muñeco Bobo”). Desde mediados del siglo XX, es, así mismo, un lugar común entre antropólogos y especialistas en primates desarrollados. Hace décadas que, incluso aquellos que han redefinido -y disminuido- el papel del instinto en el comportamiento humano (p.e. S.A. Barnett), destacan la función de la imitación y aprendizaje en conductas que se ven socialmente remuneradas, por agresivas o transgresoras que sean. Naturalmente, que esta postura y toda esta literatura, se puede contestar, como lo hizo Walter Lippmann, enfrentándose abiertamente a las políticas de contención de Truman en los momentos más ásperos de la Guerra Fría. Se puede rebatir, en efecto, pero lo que no se debe es ignorar, como parece que ocurre con la casi totalidad de los comentaristas españoles.

8) Mesa de negociación. En nuestro caso, el continente es casi tan importante, y tan lleno de implicaciones y consecuencias, como el contenido. Como nos está ocurriendo con tantas cosas, nos estamos acostumbrando a hablar de la “Mesa” como si fuera algo evidente y normal. Pero, no lo es. En absoluto. ¿De qué “Mesa” hablamos? La única “Mesa” que conocemos en historia europea se llamaba Parlamento, Estados Generales o Cortes y viene del siglo XII. Por lo que hace a la España contemporánea, desde 1812, no admitimos otra representación que la que salga de las Cortes, como expresión de la soberanía nacional (la de todos los ciudadanos españoles, se entiende). ¿Cómo es posible que, para negociar temas que atañen a la parte pétrea de la Constitución (como le llaman los juristas), se nombre a dedo, directamente por el ejecutivo y sin intervención parlamentaria, una soi-disant “Mesa” en que el primer partido del Congreso y del Senado ni siquiera está representado? Se trata, además, de una reunión doblemente sui generis, en la medida que tampoco se ajusta a los cauces legalmente establecidos para las relaciones entre las autonomías y el gobierno central. Así pues, esa mesa gobierno-nacionalistas no es un formato neutral ni casual: es un formato cargado de intención, porque pretende precisamente marginar a las Cortes Generales. Por otra parte, una deriva, contraria al sistema de controles, que viene arrastrándose penosamente desde hace años con el uso y abuso del decreto-ley (Ignacio Astarloa dixit), y que tiene su lamentable expresión en estos días en el cerrojazo de la Presidenta Armengol al control del Gobierno por parte del Congreso, tanto más grave cuanto que se trata de un gobierno en funciones.

9) Propósito de enmienda. Sino fuera porque se trata de un ejercicio de prensa y propaganda dirigido a propios más que a extraños, la insistencia del gobierno en que los nazionalistas, presas de esa neurosis identitaria que les tiene poseídos desde Herder y Fichte, renuncien a volverlo a hacer, resultaría de una ingenuidad casi conmovedora. Naturalmente, que lo volverán a intentar, a la menor oportunidad. Aunque firmen lo contrario. Al fin, no van a ser los únicos en carecer del derecho a cambiar de opinión. En todo caso, seamos conscientes que lo que los funcionarios firman como acuerdos, los nazionalistas lo declinan como “etapas”. Así pues, ningún problema en comerse la palabra.

10) ¿Hay Solución? fuera de la que propone el sanchismo: que, como sabemos, consiste en seguir pagando arras a ese matrimonio morganático y contra natura entre socialistas y nazional-secesionistas. Por supuesto que la hay: bastaría con un pacto -aunque se tratara de un entendimiento limitado al tema territorial- entre los dos grandes partidos constitucionalistas (suponiendo, claro, que el PSOE quiera continuar siéndolo). Comprendo que, viniendo de una mujer guapa, marquesa, con acento argentino, más inteligente que la media y título Oxbridge, lo que diga tiene mala acogida en Envidiolandia. Pero, lo cierto es que Cayetana Álvarez de Toledo tiene toda la razón: a) hay que empezar por cumplir y hacer cumplir la ley (en la inteligencia que el imperio de la ley no se equipara a la violencia de quebrarla); b) que el Estado esté presente en todo el territorio nacional, empezando por Cataluña; c) hay que apoyar a la mayoría constitucionalista en Cataluña; d) y hay que meter dinero, dinero y más dinero en operaciones democráticas españolas sin vergüenzas ni complejos

José Varela Ortega

Editor de EL IMPARCIAL

José Varela Ortega es editor de EL IMPARCIAL e historiador

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