Sir Roger Scruton, filósofo conservador británico fallecido en 2020, describió en su libro “Las bondades del pesimismo: y el peligro de la falsa esperanza”, el origen del mito de la “caja de Pandora” en los siguientes términos:
“Zeus creó la primera mujer, a quien entregó en matrimonio al hermano de Prometeo. Su nombre era Pandora la que lo da todo, y como regalo de matrimonio Zeus le entregó una caja con una instrucción: no debía abrirla nunca. Ella finalmente cedió a su curiosidad y la abrió, liberando sobre el mundo la muerte, la enfermedad, la desesperación, la malicia, la vejez, el odio, la violencia, la guerra y el resto de maldades que conocemos. Pandora cerró la caja y un regalo se quedó dentro: la esperanza, el único remedio, pero también el flagelo final”.
No era optimista precisamente Scruton, para quien la esperanza que conservaba la caja de Pandora era un “flagelo”. Yo prefiero apuntarme a la ilusión.
El pasado martes 31 de octubre no lucía el sol en este húmedo y gris otoño de Madrid que nos está deparando la climatología. Pero había un brillo de juventud que se unía a la tradición, en uno de esos pares -que se dirían más bien propios de un oxímoron- en el momento de la jura de la Constitución que la Princesa de Asturias prestó ante la representación del pueblo soberano. Una Carta Magna que fue escrita y aprobada para todos los españoles, y que parece estorbar a algunos de sus representantes. No importa que no estuvieran presentes todos los ministros, diputados o senadores; la historia no se detiene porque existan quienes olvidan sus obligaciones institucionales y las ahogan en un charco de republicanismo que nunca han sabido explicar en qué consiste, si en la tormentosa Primera República del “¡Viva Cartagena libre!”; en la no menos atribulada Segunda, la de 1931, que terminó en un baño de sangre; una República centralista; o más bien en unas repúblicas confederadas, unidas apenas con un trazo débil que nos permita una ficción de unidad para seguir formando parte, siquiera formalmente, de la Unión Europea.
Su ausencia es, por lo tanto, una anécdota, el relato de una impostada valentía, de la cobardía más bien, de quienes atacan a quien no puede defenderse, precisamente por el respeto a la Constitución y a las instituciones que ellos desprecian, jugando, por ejemplo, al regate corto de las elecciones catalanas o vascas, como si un puñado de votos fuera suficiente argumento para desentenderse de las formas, que son elemento sustantivo de la democracia.
La jura de la Princesa se ha efectuado en medio de la escenificación de una vergüenza, la de un pacto que ya parece urdido después de semanas de opacidad y de silencio. Un pacto que vendrá precedido por el registro en el Congreso de una proposición de ley de amnistía, que ya parece que será bautizada así, sin eufemismos, quizás porque el independentismo catalán no acepta ya subterfugios para el rédito electoral que pretende y que augura un retorno triunfal del prófugo que fue desleal con su base soberanista y con sus socios, que tuvieron que sentarse -éstos sí- en el banquillo de los acusados.
Se diría abierta la caja de Pandora sobre el futuro de España. Vienen tiempos difíciles para nuestra nación, tiempos de desazón y de tristeza que descompondrán aún más la siempre difícil unidad de los españoles en un propósito común; tiempos en los que la polarización política, instalada ya lamentablemente en nuestro país, se verá recrudecida. Tiempos también en los que la desafección de las grandes empresas con el gobierno vendrá acompañada de la reducción y el pago de los fondos europeos, el decrecimiento progresivo del PIB, la caída de las ayudas públicas tan pródigamente prometidas y algunas de ellas entregadas, algunas, no todas, que la Administración española no es apenas más que un edificio que sólo exhibe su fachada y que está por dentro vacío de personal y eficacia.
Quizás sea entonces, cuando no haya más agujeros para apretar en el cinturón; cuando ya el fin de mes de las familias se consiga con la ayuda de los pensionistas, como ya ocurrió no hace tantos años; cuando la munificencia gubernativa se torne en austeridad ciudadana, y sólo se creen puestos de trabajo en las administraciones públicas, y los autónomos y las pymes no sean capaces de subsistir, cuando la clase media sufra un nuevo golpe -otro más, por si fueran pocos-, será el momento en el que las buenas gentes de nuestro país descubran que su voto puede cambiar las cosas, a condición siempre de que la alternativa política a este modo de gestión impúdica se encuentre a sí misma, y en lugar de hablar de respeto a un evadido de la justicia o de necesidad de encajar a Cataluña en España, sepa -la oposición- por fin cuál es el mal mayor y cuál el menor, y elija el menos dañino de los caminos, ya que buena ruta no queda ninguna.
Entretanto, en esa caja que abrió Pandora, en contra de la advertencia divina, desatados los desastres más funestos y los que seguramente vendrán, nos queda la esperanza, depositada aún en la caja, de una Princesa de Asturias que nos dice que cumplirá y hará cumplir la Constitución de 1978, como lo está haciendo su padre, y como -es necesario recordarlo- impulsó su abuelo.
Es la institución la que avanza, pese a quien se empeñe en desamortizarla. Avanza en la actitud serena de una joven y en la reflexiva y consciente acción de su padre. Un gran día para los españoles, para todos, incluidos los que no quieren serlo o quieren que la forma de estado sea otra. Porque es la monarquía parlamentaria sometida a la soberanía popular, es la ley y el estado de derecho, y lo contrario es el retorno a la barbarie.
Por todo eso, que no nos maten la esperanza.