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Tirana, del negro al amarillo

viernes 31 de octubre de 2008, 21:09h
Si Enver Hoxha levantara la cabeza, sin duda sufriría un sincope al comprobar que Blloku, el típico barrio burgués donde estuvo su casa, es hoy el centro del ocio y de la vida nocturna de Tirana. En las aceras de este agradable barrio, que estuvo prohibido a todo aquel que no formase parte del gobierno o las élites comunistas, aparcan coches de gran cilindrada, propiedad de los jóvenes que ocupan los numerosos los cafés, pizzerías, cervecerías y terrazas de la zona. Unos jóvenes y unos establecimientos tan a la moda, tan a la última, tan de diseño, que no desmerecen de cualquiera de las capitales europeas.

Salir de noche se ha convertido en una religión para los jóvenes de Tirana. El antiguo hogar, desde el que Hoxha gobernó con mano de hierro durante 40 años Albania, es hoy un barrio bullicioso, alegre, lejos del tenebroso y oscuro pasado. Tirana no es una gran ciudad, pero tampoco un desastre como su tremenda y reciente historia puede hacer pensar. Se ha sacudido el lastre comunista y empieza a saborear un periodo de libertad y prosperidad ganado a duras penas. Vive un tiempo de cambios, de novedades. Tirana se ha reinventado a si misma y los artistas la han redecorado.

Tirana es la capital de un país desconocido para los europeos. Peor incluso. Un país del que los occidentales tenemos una imagen vinculada a pobreza, miseria, analfabetismo y atraso secular. El que ha sido durante décadas el país más pobre de Europa –hoy ese dudoso honor lo ostenta Moldavia– ha vivido de espaldas a Occidente. Pese a su situación geográfica tan cercana, a orillas del Mediterráneo, frente a Italia, a una hora de vuelo de Roma y a dos en coche de Dubrovnik, seis siglos de ocupación otomana y, en especial, 45 años de aislamiento comunista, han hecho que el pequeño país balcánico sea inexistente para los europeos.

Albania trata de levantar la cabeza y acercarse a la Europa occidental. Este hermoso país, de espléndida naturaleza, con altas montañas, grandes valles, caudalosos ríos, lagos enormes y 300 kilómetros de costa mediterránea todavía virgen, quiere olvidar su pasado, quiere enterrar para siempre a Hoxha, que hoy es ya un penoso recuerdo. Quiere olvidar aquel calamitoso periodo de un régimen que negó todas las libertades, quiere olvidar al paranoico dictador que construyo 700.000 bunkers todavía visibles en la costa y fronteras de Grecia, Macedonia, Serbia y Montenegro y quiere olvidar al más voluble de los líderes comunistas. Primero estalinista, más tarde maoista –adoptó la experiencia de la brutal revolución cultural china– para finalmente condenar y alejarse de ambos regimenes por revisionistas.

Atrás quedó el aislamiento, el país cerrado a cal y canto, misterioso y exótico que se distanció de Rusia para acercarse a Pekin. Hoy Albania es miembro de la OTAN, del Consejo de Europa, y espera algún día formar parte de la UE. Mira a occidente, tiene la voluntad decidida de ser y formar parte de una Europa libre y rica. Y Tirana, una ciudad sin grandes monumentos pero digna y agradable, es la avanzadilla.

Tirana fue fundada en 1614 por Suleiman Pasha y se convirtió en capital de Albania en 1920, ocho años después de haber conseguido la independencia del imperio Otomano. Crece en el interior, en una llanura fértil sombreada por altas montañas, a 35 kilómetros de la costa y en el mismo paralelo que Nápoles, Madrid y Estambul. El elegante centro de Tirana fue proyectado por Florestano de Fausto y Armando Brasini, arquitectos bien conocidos en Italia durante la época de Mussolini. El palacio nacional, el ayuntamiento, los ministerios, los centros administrativos, el Banco nacional son obras suyas.

El punto neurálgico de Tirana es la plaza Skanderberg, un gran espacio abierto en pleno corazón de la ciudad donde confluyen las principales avenidas y los amplios bulevares. Allí están la mezquita Et.hem Bey, la torre del reloj, ambos del siglo XIX, la casa de la Cultura, que alberga la ópera y cuya primera piedra colocó Nikita Khrushev en 1959, y el Museo Nacional de Historia, otro ejemplar arquitectónico típicamente soviética.

El bulevar principal, Dëshmoret e Kombit, construido en 1930, va desde la plaza Skandeberg hasta la Universidad. Atraviesa el río Lana y un gran parque. En torno a este elegante bulevar trascurren la vida administrativa y social de la ciudad. Además de los edificios oficiales, están los hoteles más importantes, los buenos restaurantes y las tiendas de moda. También en la zona crecen nuevas y lujosas casas de apartamentos, construidas en acero y cristal. Esta zona es ideal para pasear, para sentarse en un café a contemplar la mezcla entre pasado y presente, entre pobreza y riqueza, para observar las diferencias entre las jóvenes vestidas a la última moda y las mujeres de cierta edad, que caminan tras sus maridos o sus hijos, y que todavía visten los trajes típicos albaneses.

Tras la caída del comunismo, Tirana experimentó un gran crecimiento demográfico. Se llenó de edificios ilegales y de nuevos barrios sin ningún control urbanístico. Hoy tiene más de 600.000 habitantes, un tráfico caótico y toda clase de problemas, pero en 2000 llegó a la alcaldía todo un personaje, Edi Rama, que ha dado un vuelco a la ciudad. Ha mejorado sus infraestructuras, las carreteras de acceso, los espacios verdes, ha demolido edificios ilegales, pero si duda lo más sorprendente ha sido la iniciativa de pintar las fachadas de colores brillantes.

A falta de presupuesto para lavar la cara a la capital, imaginación, y frente al gris y la oscuridad, el color. A sí que Rama se puso manos a la obra, o mejor dicho a la brocha, e implicando a artistas, constructores, ciudadanos de pie, se puso a pintar la ciudad. En pocos años, Tirana ha pasado, como una metáfora, del negro al amarillo, del oscurantismo a la alegría, a la esperanza. En Tirana, los colores pasteles, los colores ácidos, los rosas, los naranjas, los amarillos, los rojos, los granates, en ocasiones utilizados en una gama estridente, cubren y embellecen como si de un lienzo se tratara las fachadas de Tirana. Es seguro que los colorines no terminan con los problemas de la ciudad, pero la hacen más atractiva, o al menos mejoran visualmente los mastodónticos bloques que se construyeron en época de Enver Hoxha siguiendo la estela de la arquitectura rusa.


Isabel Sagüés

Periodista

Isabel Sagüés es periodista y MBA en Administraciones Públicas y Master en Comunidades. Ha dirigido entre otras entidades culturales sin ánimo de lucro la Fundación Canalejas y la Fundación ICO

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