Quiero dejar constancia de una tristeza extraña, que no procede de una pérdida personal o de una circunstancia privada. Puede, por tanto, manifestarse aquí sin atentar contra el pudor. Cada vez se entiende menos la posibilidad de un sufrimiento común porque vivimos en el tiempo de los hombres extraordinarios: soberbios detentadores de su señorío y capaces de vivir aislados. Queda, pese a todo, gente del común que vive de su esfuerzo cotidiano y comparte los elementos de la vida. Podemos entristecernos juntos por pérdidas compartidas.
Vivimos ocupados en un trabajo rutinario, atentos al prójimo, afanados en la familia, alegres de vez en cuando junto al amigo y sin recelos ante el extraño. Preocupaciones sin brillo, a los ojos de esos ejemplares indeterminados del género humano que se dicen ciudadanos del mundo. Compartimos una tristeza que es, sin embargo, el fundamento de toda mi esperanza, porque sólo puede fundarse alguna esperanza en el número impreciso de hombres ordinarios: lo que del pueblo ha ido quedando.
Y es que se nos informa de que van a desmantelar el país para unas reformas que lo van a dejar como nuevo. Será un tiempo para vivir como en un hotel de paso, luego volveremos a unas estancias mejor iluminadas, con cortinitas de colores y papel pintado, con suelos radiantes y tapicerías de seda. Será la nueva España, aunque acaso haya que buscarle un nombre más acorde con su futuro estado. No se rompe España, nos dicen, y si escuchamos golpes y ruidos mecánicos es sólo porque estará de obras un tiempo, más o menos largo.
Son tantos los que vieron, desde el 78, que la constitución escondía potencialidades amenazantes y avisaron de su paulatino desarrollo, una legislatura tras otra, que no podría hoy recapitularlos. La mayor parte no han vivido para ver el cumplimiento de su pronóstico. Agoreros, se nos dirá, que se niegan a la reforma como inquilinos viejos que se han apegado a las humedades y los daños infraestructurales de la casa de sus ancestros. Nos van a dejar un sitio precioso, pero que no será España sino una inhabitable república polícroma y rutilante que nos querrán obligar a hacer nuestra. Al fin y al cabo, en el reino virtual en que estamos instalados cada uno hace un mundo a su medida.
La tristeza por la pérdida del paisaje compartido, por la tradición habitada y la costumbre encarnada, es la tristeza por la realidad que nos nutrió y nos conformó como somos. Vana realidad – se nos ha dicho – un fantasma ideológico, una estructura opresora, una madrastra siniestra o, en el mejor de los casos, una madre dolorosa. Pese a todo le hemos cogido un cariño profundo porque los paisanos somos agradecidos y en su atmósfera nos alimentamos, crecimos y nos multiplicamos.
No será tan fácil, sin embargo, deshacer el mundo compartido de los españoles. En cualquiera de los escenarios previsibles el sufrimiento será enorme para la gran mayoría. Desde luego, para los que no creen que su condición se reduzca a un revestimientos vagamente disimulado, pero también lo será para esos desubstanciados cosmopolitas que viven en las altas esferas de la ensoñación y las finanzas, entre las estrellas fijas de la gran industria o del comercio global, porque no se producirá este alumbramiento de los montes sin sus correspondientes dolores de parto, aunque – como en la fábula – se alumbren ratones: micronaciones en la gran unidad global del género humano, que se quiere una sociedad universal no reducida a la vacía realidad de un mercado.
Hay quien espera de fuera la ayuda que nos permita preservar nuestra existencia, un contingente en auxilio que construya la defensa de la que no somos capaces. En torno al cuerpo herido de una madre cuyos hijos se ausentan, formarán un batallón de expertos, industriales, juristas, financieros… Una legión de burócratas de la nueva Europa que darían amparo a una España que se devora a sí misma una vez más. Me pregunto si esos esperanzados son ingenuos o, más bien, miserables. España ha drenado su sustancia política hacia arriba, por Europa, y hacia abajo – muy abajo – por sus naciones fragmentarias. No cabe esperar ayuda ni de arriba, ni de abajo, pero podemos implorar ayuda la más alta profundidad.
No conviene olvidar que estos procesos constituyentes supusieron siempre sufrimiento real: sangre, sudor y lágrimas. Se nos dice que la vivisección no será dolorosa, lo cual sólo puede ser cierto si se practica sobre un cadáver, que se habría mantenido en pie merced al exoesqueleto de una constitución de papel.
Siento, sin embargo, una gran tristeza en las calles y esa tristeza es, por común, la fuente de toda esperanza. ¿Quedarán españoles que sepan unirse sin ser convocados por los habitantes del hemiciclo, capaces de juntarse en las calles de la patria para gritar que no nos dejamos carear por los pastores que han vendido nuestra casa y la casa de nuestros padres?
¿Habrá que pensar en ir alzando una estatua al prócer de la mandíbula prieta y el gesto adusto, con risa impostada? Quedará bien en perfil berroqueño, con el granito ancestral de la sierra de Guadarrama. Pedro Sánchez, el libertador que nos echó de casa y tiró las llaves en el tremedal europeo, pero que habría logrado despertar a la gente del común de su sueño imposible de vivir en calma.