No hay exageración alguna si se dice que el libro de Hernán Sánchez-Martínez de Pinillos, Quevedo en el origen y el fin de la modernidad, es un libro extraordinario. Su autor, profesor muchos años de la Universidad de Maryland ha cuajado, sin excluir otros periodos, una sólida obra académica sobre la literatura española del Siglo de Oro en la que la atención a Quevedo ha sido constante. Su acercamiento al autor de Los sueños en este Quevedo y el origen y el fin de la modernidad muestra, junto a erudición, penetración analítica y sensibilidad crítica en forma tal que hace de su lectura un goce.
En resumen, necesariamente reduccionista ante la multiplicidad de matices que el libro presenta, su tesis es que en la obra de Quevedo, y en especial en su poética, se plasma la eclosión de la subjetividad, o de la conciencia de sí, propia de la modernidad. La juventud de Quevedo coincide en España con la consumación del humanismo clásico de raíz grecolatina y conformación italiana, mientras van asentándose los postulados filosóficos y estéticos, así como la sensibilidad, asociadas al sujeto moderno. Nada extraño, pues, que en su obra se adviertan venas diversas, en algún caso antitéticas, integradas de un modo propio, y algunas muy sobresalientes: la Biblia, el agustinismo, Séneca o el petrarquismo, y que la antropología quevedista, tan profundamente meditada, se revele al tiempo moderna y antimoderna. E igualmente en sus concepciones teológicas, de clara matriz tradicionalista, conjugadas con la asimilación de aspectos tan propios de la modernidad como la visión secularizadora del mundo. Así, en la adopción del léxico de lo sagrado para la expresión lírica del erotismo, que podría entroncar con el Modernismo literario dos siglos y medio posterior.
No es el único paralelismo de este tipo que se halla en el libro y todos sugestivos. Por ejemplo, la judeofobia de Quevedo, tan profunda como compleja, conjugando elementos de la tradición medieval con otros propios del antisemitismo moderno, coincide con el Céline del Viaje al fin de la noche en un común pesimismo y un diagnóstico análogo sobre la amenaza de una conjura judaica antinacional, amén de los recursos expresivos para plasmarlos. No menos sustanciosa resulta la visión de un Quevedo adelantado a Baudelaire en la poética de la decadencia física, del agostamiento corporal y de la enfermedad (de “la sangre desmayada // por la mucha edad” y “la boca, de los años saqueada”. Con razón insiste Sánchez-Martínez de Pinillos en que se ha de tener a Quevedo por el primer autor en hacer de la enfermedad experiencia poética, y en una visión que bien puede decirse moderna de la enfermedad, no como oportunidad de expiación purificadora, sino como condición vital; además de otra obvia concomitancia con la intelección patética de la muerte en la modernidad.
La visión de Quevedo como autor de esa modernidad se apuntala también en contraste con el arquetipo antropológico de la postmodernidad, con el sujeto de la digitalización desgajado del paradigma del libro impreso y el ejercicio humanístico de la lectura como ensimismamiento y, a la vez, comunicación, conversación privada con mentes esclarecidas que pueden no estar ya (“con pocos, pero doctos libros juntos // vivo en conversación con los difuntos”).
Nada que ver con usos lectores imperantes caracterizados por la dispersión, la fugacidad, la veleidad. Más allá de cualquier elegía a Gutenberg, son páginas espléndidas las que se dedican a la práctica quevedesca de la lectura. Como las que se ocupan de la recepción y proyección de Quevedo en la cultura europea, desenfocada y desvirtuada por su ausencia en el canon vigente y su desconocimiento fuera del círculo del hispanismo, pero muy presente, como otros autores españoles, en el siglo XVII y aún en el XVIII. Una “amnesia cultural europea” sobre el Siglo de Oro que ignora el papel de Gracián o del mismo Quevedo en la cimentación de la modernidad, no sólo por prejuicios anticatólicos y antiaustracistas sino por razones más profundas como el eclipse de la tradición neoplatónica.
La solidez argumental viene respaldada por un denso aparato crítico, con transcripción y traducción propia o autorizada de los textos originales, hebreos, griegos, latinos o de lenguas modernas a los que remite. Tres espléndidos apéndices sobre poesía moral y sobre la antropología subyacente al conocido soneto “Miré los muros de la patria mía” completan un volumen imprescindible para ahondar en la cultura española y europea del Barroco.