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ALICIA RUIZ MADRIDANO, MADRE DE UN CAPITÁN DEL EJÉRCITO DEL AIRE

“Mi hijo vive para el Ejército, pero con la Ley de la Carrera Militar se siente defraudado”

sábado 01 de noviembre de 2008, 16:46h
Mi hijo siempre ha querido ser militar. A los 14 años nos dijo a su padre y a mí que quería meterse en el Ejército. Le retuve hasta los 18. Quería que hiciera la selectividad y que después escogiera libremente su profesión. “¡Te prometo, hijo mío, que te dejo!”, le contesté. Eran los años más sangrientos del terrorismo de ETA. Esperó cuatro años, se esforzó en el instituto y obtuvo unas calificaciones brillantes. Ya, tan joven, se podía ver cómo era: un chico inteligente, pero también, trabajador.

Quería empezar desde abajo. Pretendía vivir lo mismo que su padre, número de la Guardia Civil. Entonces, ni siquiera les llamaban por su nombre. Opositó a las academias de suboficiales del Ejército de Tierra y del Aire. Obtuvo plaza en las dos, pero escogió Aire. Su padre y yo le llevamos al Talar (Lérida). Dos años después, ya era militar. Al cabo de unos años como suboficial vino a casa y me dijo: “Mamá, te prometí que sería de la Escala Superior y lo voy a ser”.

Reemprendió su camino, su esfuerzo: trabajo de día, estudio de noche. Su objetivo: ser un oficial superior. Primero debía opositar a la Escala Media (actual Escala de Oficiales). Aprobó, por supuesto, pero quitándose la vida en el estudio. Ingresó, por promoción interna, en la Academia General de San Javier y salió dos años más tarde como teniente. Había alcanzado su primera meta.




En cuanto pudo, luchó por llegar a la segunda. Buscaba cumplir un sueño y la promesa que me hizo a los 14 años. La historia se repite. De nuevo, a estudiar. Dos años después de ejercer como oficial de la Media, su espíritu de superación le llevó a otra dura época de insomnio, de esfuerzo en el estudio y dedicación en el trabajo. No había más que una plaza. No era fácil. Se le llegó incluso a caer la barba a trozos por culpa del estrés. Lo volvió a conseguir. Entró de nuevo en la Academia General del Ejército del Aire y, al cabo de otros dos años, acudimos a su entrega de despachos. Una vez más, me sentí muy orgullosa de él.

Mi hijo vive para el Ejército. Sin embargo, ahora, la Ley de la Carrera Militar va a tirar a la basura todo su esfuerzo. Con la unificación de escalas, será rebasado por 300 compañeros. De nada le habrán servido estos años de estudio, trabajo y esfuerzo. Es más, le perjudicarán. Como él, otros once compañeros del Ejército del Aire que también han pasado por las tres oposiciones. Son un gran ejemplo de servicio a la Patria y, en vez de ser condecorados, se les castiga. Tras años de superación, les arrebatarán la antigüedad adquirida con su esfuerzo.

Dicen que la Ley de la Carrera Militar promueve el mérito. No es cierto. Ni mérito, ni capacidad, ni nada. Que se lo digan a estos doce chicos. Después de perder su juventud en academias, ¿qué recompensa tienen? Ninguna. Es más, sus compañeros de la Escala de Oficiales pasarán por encima de ellos. Es una injusticia.

Por ellos, llevo más de diez meses peleando. Me he dirigido al jefe de la Casa Real, al coronel auditor jefe de Defensa, a la subsecretaria de Defensa, al defensor del Pueblo y al Cuartel General del Ejercito del Aire, entre otros. A todos ellos les he enviado una carta en la que denuncio la injusticia que padecen todos ellos. Pido la reparación de esta injusticia. Sólo exijo que se reconozca a estos doce chicos los cuatro años de antigüedad que la Ley pretende arrebatarles (dos de la Academia General y dos de ejercicio profesional como oficial de la antigua Escala Media).

Puesto que ellos no pueden hablar, lo hago yo. Mi hijo ni siquiera sabe lo que estoy haciendo. Si lo supiera todo, se enfadaría conmigo. Ahora está de misión en Afganistán. Se marchó el 24 de junio y no tiene fecha de regreso.

Y mientras recibo los acuse de recibo a mis cartas y mensajes de Defensa en los que me aseguran que están estudiando el problema, he conseguido entrevistarme personalmente con generales del Cuartel General del Aire y con políticos de la oposición (UPyD, PP, PNV, IU) que están muy interesados en este asunto.

Todos me dicen que tengo la razón pero sigo esperando a que me la den. Los jefes de mi hijo reconocen su esfuerzo y la injusticia que se está cometiendo con ellos, pero nada. Ellos al menos me reciben, no como la ministra o la subsecretaria de Defensa que no han parado de darme largas. ¡Tienen tanto que hacer!

Ahora, no me queda más remedio que ser la madre de estos doce capitanes del Ejército del Aire. Se sienten totalmente defraudados porque, después de dedicarse en cuerpo y alma al Ejército, van a ser relegados. Pero estoy cansada. Después de tantos meses luchando contra una injusticia sin ver solución, una se siente impotente.

Lo peor de todo es que, con esta historia, se está creando “un mal rollo” en el Ejército muy difícil de resolver.
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