Hay nombres orillados pero decisivos sin los cuales la cultura escrita, ese garabato feliz que emana de los literatos, no está completa. Por ejemplo el Cardenal Newman.
El inglés nacido en el seno del anglicanismo John Henry Newman (1801-1890), el San Pablo de Inglaterra, ejemplo de conversión influyente, magnífico docente y orador, está considerado como una de las figuras más importantes del pensamiento cristiano. Y, aunque es conocido por su novelesca e influyente conversión y por la bio-teología apologética derivada, es, paralelamente, acaso el teólogo moderno que mejor ha pensado la relación entre el conocimiento natural y el conocimiento revelado.
Y su huella hoy nos desbroza buena parte del camino. Fue un clérigo anglicano, intelectual en Oxford, cuyo estudio de la Historia de la Iglesia le acabó llevando al catolicismo en una época en la cual hacerse católico en Inglaterra significaba formar parte de una minoría mirada con desdén, sospecha y ciertas limitaciones legales. Fue ordenado sacerdote católico en 1847, y luego, en 1879, con 78 años, el Papa León XIII lo creó cardenal a pesar de no ser obispo.
Pero antes había fundado el Oratorio de San Felipe Neri de Birmingham (junto a su entrañable amigo Ambrose St. John), y la Universidad Católica de Dublín, y había llevado a cabo una labor intelectual impresionante que incluyó un estudio evolutivo de su conversión, la cual supuso un paulatino y trabajado proceso que incluyó la gracia, el corazón, y en gran medida el intelecto (como bien analizó él mismo en APOLOGÍA PRO VITA SUA. HISTORIA DE MIS IDEAS RELIGIOSAS HASTA EL AÑO 1833, DE 1833 A 1839, DE 1839 A 1841, DE 1841 A 1845, Y DESDE 1845, un texto tan revelador como influyente que le llevó a ser el alma mater del Movimiento de Oxford, y le convirtió en una figura inspiradora que entronca con las de Tomas Moro y el Obispo Fisher, personajes clave que de modo audaz se opusieron con rectitud a las autárquicas pretensiones del rey Enrique VIII).
Los libros, textos, cartas y diarios del cardenal Newman sobre el «desarrollo de la doctrina», sobre las relaciones entre la escritura y la tradición y sobre la capacidad de la Iglesia para entender mejor las doctrinas de fe, todos ellos repletos de hondura, magnetismo, matices y hallazgos aforísticos (del tipo “el cristianismo toca madera ante lo adverso: la madera de la cruz”), han tenido y tendrán una gran influencia (de hecho sin su ejemplo pionero no se pueden entender en Inglaterra figuras capitales posteriores como Coventry Patmore, G. M. Hopkins, Robert H. Benson, Ronald Knox, G. Chesterton, E. Waugh, S. Sasson, C. S. Lewis, J. R. Tolkien y G. Green). Y por eso su ejemplo en vida, y sus escritos tras su muerte, han acompañado a muchos anglicanos y protestantes a hacerse católicos, y también les han acercado a la Virgen María.
El mismo Newman realizó un camino largo de acercamiento a María, como explicó en su momento el cardenal Francis George, analizando la devoción mariana del santo intelectual Newman (la cual atravesó distintas fases, al igual que la evolución de su fe).
Asimismo los escritos del Cardenal Newman revitalizaron la importancia de la teología dentro de la cultura, al hacernos entender así, de inmejorable e inmarchitable modo, que si en la literatura narrativa hay relato y mensaje, en la filosofía prima el mensaje, desarrollado éste con profundidad correlacional y destreza analítica. E igualmente si en la Sagrada Escritura hay relato y mensaje, la teología se centra en el mensaje así, con diversidad de tonos, estilos y géneros, pero con las altísimas exigencias de erudición, profundidad, exactitud, elegancia y sofisticada calidad interpretativa que supone la escritura filosófica.
Pero Newman siempre será recordado especialmente por sus brillantes homilías y conferencias, las cuales criticaron con hondura la ruptura anglicana, fijaron teológicamente la mirada en Cristo como primer católico, pusieron en el centro de su conversión y en la de todos nosotros –en el centro de toda conversión entendida como camino interior y exterior continuos- la figura de la Virgen María.
Del mismo modo John Henry Newman realizó un titánico esfuerzo teológico tanto en el área doctrinal como en la apologética y la escatológica durante toda su vida (véase a tal efecto por ejemplo el libro BUSCANDO A CRISTO, una buena selección de homilías pronunciadas ante universitarios e intelectuales en el Colegio Santa María, las cuales inspiraron la conformación del Movimiento de Oxford: personalmente he de decir que la descripción que en algunas partes de este libro se hace sobre la vida después de la muerte y sobre el más allá me parecen de un realismo visionario y de una credibilidad tan impresionantes como inolvidables).
Destacan también, en cuanto a lo doctrinal, las aportaciones definitivas del santo inglés sobre la doctrina de la justificación, las cuales se apoyan históricamente en las realizadas por San Agustín, y que desde luego superan a las procuradas por Lutero, para incardinar en su justa medida la justificación en el corpus teológico católico.
Y, desde luego, sobresalen en lo apologético sus actualísimas reflexiones sobre política y catolicismo (las cuales incluyen una defensa de la fe cuya fundamentación opera en el ámbito de la excelencia, y que está recogida por ejemplo en la respuesta epistolar a un político señero de su tiempo, y que ha sido publicada con el título de CARTA AL DUQUE DE FORFOLK: un libro en el que el autor demuestra ser un maestro de la retórica y de la estilística, pero también un maestro de la estética).
Aunque especialmente recomendables, ahora que dentro de las tergiversaciones de nuestra época destaca ésa de que la cultura comienza en la Ilustración de el Siglo de las Luces, son sus conferencias repletas de docta argumentación sobre lo que es y no es la cultura, la educación, el saber y la universidad (fueron conferencias justificatorias impartidas cuando se iba a crear, a espejo de la de Lovaina, la Universidad de Dublín, y están recogidas en conjunto con el título de DISCURSOS SOBRE EL FIN Y LA NATURALEZA DE LA EDUCACIÓN UNIVERSITARIA… Pocas veces, antes de la publicación del bello y docto y actualísimo libro de Hans Urs Von Balthassar EL PROBLEMA DE DIOS EN EL HOMBRE ACTUAL, y del libro que en este tema lo complementa y, en ciertos aspectos, supera, EL DRAMA DEL HUMANISMO ATEO de Henry de Lubac, se ha hablado de forma tan brillante sobre por qué el cristianismo católico es la base de la cultura occidental y negar eso supone cortocircuitar la cultura, y que las ciencias exactas, las ciencias empíricas y las ciencias del espíritu que se imparten en las universidades y foros intelectuales siempre tendrán un cariz parcial e incompleto si no incluyen además a la ciencia de Dios, esto es, la teología, la cual es parte medular de la filosofía, de la cultura, y del saber en sí mismo).
Se trata de un moderno a doctor de la iglesia que escribe con espíritu de misión, pero oda la obra filosófico-teológica de este sabio y santo inglés puede leerse también como un intenso trabajo intelectual en pro de una necesaria revisión erudita del paradigma de la dominante cultura materialista antropocéntrica.
¿Qué pensaría el Cardenal Newman si supiera que hoy no solo en las universidades, sino ya ni en las homilías se habla apenas de esa ciencia de Dios que es la teología, ni se explica el cristianismo como fundamento medular de lo que se entiende por cultura?
(Dedicado a mi erudito amigo Maciej Jurczyk)