Supongo que tiene su público y Alfaguara lo sabe, porque acaba de publicarle la primera novela al jovencísimo escritor y músico valenciano Alexandre Escrivà, quien se estrena literariamente con una novela negra, fundamentalmente policíaca, que juega con la presencia de la narración en primera persona de diferentes personajes.
Un asesino en serie, un inspector avezado en estas lides y una historia traumática que ha provocado su retirada temporal se unen a la historia que desde Tavernes de Valldigna (localidad natal del autor) ha llevado al joven periodista Fernando Fons a San Francisco, donde se sitúa la acción. De manera que tenemos varias intrigas que coexisten y se alternan, con asesinos a los que hay que desentrañar y un equipo de investigadores policiales en los que sobresale la bondad y que se atreven a hacer juicios morales de lo que se traen entre manos.
Los policías sí pueden ser buenos; malparado queda el periodismo, en cambio: «No me gusta la forma en que los periodistas plasman una noticia excitante en un texto sin vida ni alma», es lo que manifiesta el periodista de esta novela, quien se define a sí mismo: «Creo que tengo un estilo personal. Diría que la historia, la verdad y la sensación son los tres pilares que lo sustentan a partes iguales».
No puedo negar que no haya intriga, y que esta se entreteje haciéndonos presuponer diferentes resoluciones para la trama y sus casos subyacentes, y aunque resulta una novela entretenida, me cuesta aceptar muchas situaciones que no resultan verosímiles, desde la decapitación como elemento fundamental en los asesinatos, que se presenta como una tarea sencilla (y casi limpia) realizada a cuchillo y con una pulcritud de carnicero, como si ni siquiera hubiera huesos.
Lo más interesante es el salto de tiempos y personajes, y sus narraciones en primera persona o desde el narrador omnisciente, en que los personajes principales actúan y reflexionan a la par, haciéndonos partícipes de ello. Las notas en la Moleskine y las reflexiones del protagonista William Parker asumen importancia, aunque algunas sean como «el porqué siempre es lo más importante. También lo más complicado de averiguar».
Esta novela proviene de un curso realizado con Susana Martín Gijón, quien consta en los agradecimientos, y parece responder a una estructura muy analizada de cómo ir repartiendo las informaciones que recibimos los lectores y cómo realizar su encaje final, porque ya lo dice nuestro apesadumbrado periodista, «la verdad se muestra como la pieza que completa el puzle». Y digo apesadumbrado porque las caracterizaciones psicológicas de los personajes resultan simplonas, como la definición, de nuevo, de este chaval: «Fernando es una persona inteligente, pero ha pasado por situaciones traumáticas como la separación de sus padres, en la que se vio directamente implicado, o varios desamores posteriores. Ha buscado el amor con uñas y dientes, pero no ha encontrado más que dolor y tristeza, hasta verse obligado a buscar ese afecto en el trabajo».
La escritura aparece también como ejercicio, porque el policía a quien se acude para la resolución del caso, retirado temporalmente, se ha dedicado precisamente a eso, a escribir una novela. Aunque la moraleja incluye una gracieta final sobre el propio autor, Alexandre Escrivà, quien alterna la escritura con su actividad como intérprete de clarinete en conjuntos orquestales: «Lo intenté, pero me di cuenta de que eso no era lo mío. Yo soy policía, Jennifer. Es como si un músico escribiera una novela. No tendría sentido».
La realidad es que este tipo de historias tiene su público, y parece que en ventas se está produciendo el éxito que tanto el escritor Alexandre Escrivà como la editorial Alfaguara pretenden.