Si nos dejamos llevar por los diferentes cánones de la belleza, hasta algo roto puede ser profundamente bello. Un castillo en ruinas guarda el extracto de una vida pasada que nos expande melancolía, pero también nos aproxima con la imaginación al brillo de su historia. La propia estética nos marca el concepto de lo que es agradable y de lo que no, pero lo individual hace que las cosas se subleven convirtiendo lo sublime en una cuestión menor. De ello mucho tienen que ver las modas o tendencias de cada momento.
Hoy toca la parte frugal de un día cualquiera. Tres chicas jóvenes viajaban en el autobús de la EMT de Madrid. Una a mi lado y las otras dos sentadas frente a mí. Las tres lucían sendos pantalones vaqueros con rotos asimétricos repartidos por buena parte de la prenda. Aunque tuvieran aspecto de serlo, les aseguro que no eran viejos ni andrajosos. Limpios y puede que fueran de marca, ya saben, esa moda cara que se impone y se paga por ser lo que se lleva. Otra cosa es la sensación que produce a primera vista.
Mi pabellón auditivo me ha perdido el respeto y cuando esto sucede casi siempre te encuentras a merced de la curiosidad. Las chicas alardeaban de su interés por lo más cool de la juventud actual. Comprendo que disimulé lo que pude leyendo a Rabindranath Tagore, pero este tipo de lectura no combina bien en el transporte público y menos cuando uno está rodeado de ardorosas voces sobre pantalones vaqueros. –Fíjate Yoli, ayer me probé unos Skinny de flipar-. –A mí me van más los Straight o los Crop Flare, pero los que son más cortos- ¡Qué pasada! ¿Y qué me decís de los Wideleg de pierna ancha? –Pues a mí me sientan mejor los Sculpt de tiro medio, pero no he ahorrado lo suficiente.
La moda, que no es otra cosa que ir bien para sentirte mejor, guarda para sí el trámite de la belleza en sus diferentes formas. De ahí lo que apuntaba al inicio respecto de lo sublime como algo menor si lo comparamos con el primer brillo capaz de deslumbrarnos. En esencia, lo bello se caracteriza por ser agradable, bonito e incluso alegre. Mientras que lo sublime es algo profundo, relevante e incluso enigmático. Me parece que me estoy yendo por las ramas, pero hay veces que viajar en transporte público resulta de lo más rentable. De hecho me está permitiendo elaborar este artículo.
Por eso, al contemplar a estas chicas tan alegres y llenas de juventud en nada cabe juzgar por sus maneras de vestir, entre otras porque de antaño ya se aplicaba aquello de que el hábito no hace al monje. Resulta gratificante pues, descubrir que la belleza, aun estando rota, como los pantalones de estas jóvenes, nos invite a no hacer juicios porque algo nos resulte desagradable a primera vista. Conviene recordar que lo perfecto no existe y el mundo que nos rodea lo refleja por todas partes.
De manera súbita las tres chicas, esas mismas que vestían pantalones vaqueros llenos de rotos, se levantaron para ceder su asiento a una mujer de edad avanzada, quien agradecida aceptó aquél gesto de cortesía. -¡Para que luego digan de los jóvenes! – exclamó la buena señora.
–Pero hijas, ¿Cómo lleváis los pantalones tan rotos? En mis tiempos no se podía salir de casa así, de esa manera. Bastaba un simple enganchón para que mi madre lo cosiera si yo quería bajar a la calle a jugar-. Las chicas sonrieron como si tal cosa. Es posible que ellas vieran en aquella mujer de edad avanzada el brillo de los años.
Por eso digo que lo bello puede ser también pequeño. Un gesto, una actitud generosa ante los demás, puede convertir un trayecto en autobús en una moda de respeto al margen de ser alto o bajo, negro o blanco, creyente o impío, de esta o aquella condición social o sexual; lo cierto es que lo único que se nos exige es observar los pequeños detalles que nos rodean. Ya les digo que hay mucho teatro en eso de la perfección. Ahora les dejo. Me bajo en la siguiente parada.