Alfonso Guerra está donde siempre estuvo. Fue y es un socialista socialdemócrata que...
Alfonso Guerra está donde siempre estuvo. Fue y es un socialista socialdemócrata que contribuyó de forma decisiva a que cristalizara la España de la Constitución de 1978. Con Alfonso Guerra se puede coincidir. De él se puede discrepar. Pero es lamentable deformar la realidad acusándolo de derechización por no compartir los despropósitos de Pedro Sánchez.
Para el vicepresidente del Gobierno con Felipe González “no hay un nuevo PSOE, hay otro PSOE. No es una evolución, es otra cosa con otros criterios”. No le falta razón al veterano dirigente. El sanchismo poco tiene que ver con el PSOE histórico, engrandecido, sobre todo, en el largo periodo que Felipe González se mantuvo en el poder. Incluso un partido tradicionalmente republicano supo reconocer lo que había significado la Monarquía, al trasvasar España desde una dictadura de cuarenta años a una democracia pluralista plena.
En la espléndida entrevista que en el diario El Mundo le ha hecho Jorge Bustos, Alfonso Guerra afirma: “Es la única Monarquía que ha votado el pueblo. Los que están en contra, en realidad van contra la Constitución”. Rechaza el exvicepresidente la Ley de Amnistía porque sustancialmente convierte el procés, es decir el intento de golpe de Estado en Cataluña, en un acto democrático… Y afirma con la audacia que todavía mantiene. “Todos estos que se pasan el día conspirando con gente contraria a la Constitución no son de izquierdas”.
Ramón María del Valle-Inclán hubiera encabezado sus esperpentos con esa reunión del sanchismo en Suiza para reverenciar a un golpista y prófugo de la Justicia, Carlos Puigdemont, mediando en la negociación, como si de dos Estados se tratara, un verificador de El Salvador, instalado en el Foro de Puebla, heredero del de Sao Paulo, profundamente politizado hacia la extrema izquierda dictatorial.
Como Felipe González, como José Luis Corcuera, como Julio Anguita, como Nicolás Redondo, Alfonso Guerra es un socialista de verdad que contempla con estupor lo que está ocurriendo y se alarma ante la deriva de España hacia extremismos excluyentes. Es decir, lo contrario de lo que supuso la Transición que superó las dos Españas a garrotazos para convertirse en la España de la concordia y la conciliación.