Cuando este artículo se haya publicado, uno tendrá veintinueve años. No es una cifra que merezca la importancia que suele atribuirse a otras más significativas, cuya redondez sí implica aires de seriedad, pero como los artículos de uno suelen tener ese aire serio y robusto, a veces rígido, está bien tener en cuenta la mención. Será éste uno más personal que los anteriores, pero en nada afecta a su relevancia, que no la tiene: simplemente ha ocurrido la llegada de esa fecha y ese número que ha de sumarse, siempre un sinónimo de vida.
Que el cumpleaños coincida con el último mes del año hace que de uno caigan los frutos madurados a lo largo del mismo, si uno se deja llevar por la tentación de los habituales recuentos que copan los medios periodísticos estos días, sea con las mejores películas, los mejores libros, lo más comentado de la actualidad en perpetuo recuerdo y olvido, etc.
A título personal, he sentido los veintiocho muy pesarosamente, con demasiados momentos bajos que se empeñaban en llevar la contraria a los buenos, que cuando han querido, lo han sido y mucho. Reencuentros amistosos, descubrimientos en ese mismo campo, manuscritos terminados, otros comenzados. Trabajo artístico por cuenta propia no me ha faltado, puesto que nada me cuesta inventar razones que me tengan ocupado meses. Trabajo alimenticio, ah, ¿dónde moras, dónde puede uno encontrarte? Los intentos no pasaban de entrevistas que no acababan de verbalizar un sí o un no, dejando una anécdota curiosa pero frustrante, echada al montón. En paralelo, haber tenido más tiempo para intentar medrar en supuestas oportunidades laborales dentro de lo artístico, no ha servido más que para constatar que el mundo, contrariamente a la frase célebre y polémica del poeta, no está bien hecho. Dinero hay a espuertas, para todo y para todos, como siempre, pero se interpone la excusa que da la vuelta a la tortilla, y el esfuerzo de uno, que nos dicen se valora y se tiene en consideración, no podría rubricarse con un sueldo porque no sería viable —argumento que, cada vez que uno lo ha escuchado, ha sentido el eco abovedado y las palomas alzando el vuelo de quien proclama una verdad divina e incontestable, dejándole a uno, insistente pecador con su hatillo artístico, en su lugar cabizbajo— y se te procura convencer de que ha de seguir siendo así para que todo funcione. Quienes están mejor posicionados, deben pensar que los que venimos detrás acabamos de caer del guindo. Antes no era así. Otros sí pudieron disfrutar de mejores economías referido a lo literario. ¿Cuándo cambió? O mejor: ¿por qué nadie pretende dejar que eso vuelva a cambiar? ¿Acaso no se dan cuenta de que todo marcharía con diferencia y el esfuerzo se vería compensado justamente? En la brecha seguimos.
Escribir con estos Rubicones que uno ha de cruzar a menudo se hace cuesta arriba en ocasiones. Te leen unos pocos, no se gana dinero... ¿Para qué continuar? Cuando esas dudas se hacen más lúgubres y sentimos la punzada en el cerebro y las entrañas, aquello en lo que ocupamos más tiempo se apiada y nos muestra algunas luces que debemos observar para confiarnos que estamos haciendo bien nuestra labor o, cuanto menos, sabernos apoyados por ese afán inquebrantable.
He acabado recientemente las Canciones de Alejandría, de Mijaíl Kuzmín, poeta ruso del que nada sabía hasta que el ejemplar me fue regalado por su traductor, el también poeta y escritor Dimas Prychyslyy. Es un libro decadente y orientalista, que posiblemente haya pasado desapercibido, pero que gana cuando nos pilla en la lectura inesperada y esta se vuelve atenta y minuciosa por lo que nos dice. Son poemas que en su época estaban fuera del mundo, y leídos con un siglo de diferencia más el hecho de que se hayan mantenido en su disidencia, hacen que uno disienta también de la realidad momentánea y gustosamente. Diciembre tiene una sensación parecida. Es el mes en el que salimos de nuestra órbita para dar un paseo entre los eventos que ocurrieron. Nos decimos hice esto, aquello y lo de más allá, y la perplejidad o el asombro o la alegría contagiarán dicho repaso. Pero uno prefiere regodearse en su presente y toparse con alguna respuesta que no se demore en replicarle o darle motivos de peso para seguir pensando de tal o cual modo. Unos versos tuvieron ese cometido, en uno de los poemas finales: ‘Sabemos/ que todo es impredecible,/ que solo al irnos no hay vuelta atrás./ Sabemos/ que todo es corruptible/ y que solo la veleidad no es veleidosa./ Sabemos/ que el cuerpo querido/ en polvo será convertido./ Eso es lo que sabemos,/ eso es lo que amamos,/ por la fragilidad/ tres besos lanzamos./ ¡Girad, girad!/ ¡Agarraos/ con más fuerza de las manos!/ Los sonidos/ de los agudos sistros vuelan, vuelan,/ en las arboledas resuenan y se esfuman.’
Espero que los veintinueve no le quiten a uno esas insistencias, igual de necias que vitales, hacia las que no puede dejar de sentir tanto apego como voluntad de mejora. ‘¿Acaso dejaré de amar/ estas delicadas cosas queridas/ por su fragilidad?’